RESEÑA
Susanna Tamaro: Para siempre
domingo 06 de mayo de 2012, 13:24h
Susanna Tamaro: Para siempre. Traducción de Guadalupe Ramírez. Seix Barral. Barcelona, 2012. 192 páginas. 17 €
Para siempre es una novela de tesis, en la línea de la producción de Susanna Tamaro (Trieste, 1957), autora de títulos tan exitosos como Anima Mundi y Donde el corazón te lleve, entre otros. La tesis en cuestión es la siguiente: el mundo es un lugar bajo el que subyace una corriente de fuerza secreta que le da sentido. Vivir de acuerdo con dicha fuerza secreta lleva a la felicidad y la armonía existencial. Vivir al margen de ella solo puede llevar a la amoralidad y la desgracia. No se explican las razones para esto. Simplemente, es así.
El protagonista de la novela es Matteo. Matteo está casado con Nora, quien posee una especie de sabiduría misteriosa, que le permite actuar de forma condescendiente y que Matteo no se llega a explicar, pero que acepta con docilidad. Parece que esta misteriosa sabiduría de Nora tiene que ver con el hecho de que posee la certeza de esa fuerza secreta, ordenadora, lo cual le permite actuar de forma críptica y misteriosa, muy henchida de razón. También le permite actuar de una forma que es muy difícil distinguir del desprecio hacia el resto de la raza humana, incluido Matteo. No obstante, los dos se quieren y Matteo accede en todo momento a que Nora termine las discusiones con sonrisas de superioridad, muy henchidas de razón. Un día Nora se despeña con su coche cuando pasa por un viaducto con el hijo de ambos como pasajero. Matteo es incapaz de aceptar la posibilidad de que su mujer se haya suicidado. Emprende un vagabundeo físico y espiritual. Nada ni nadie es capaz de consolarlo de su dolor. Un sacerdote le dice: “No existe consuelo humano para lo que usted ha sufrido. Sería como poner una tirita en la catástrofe sufrida por un bazooka” (sic).
En el colmo de su desconcierto, Matteo llega a intentar contactar con su mujer utilizando una médium. Sin embargo, es profundamente escéptico en todo lo que se refiere a la espiritualidad. Matteo, que es cardiólogo, sufre mucho del corazón -lo cual, obviamente, es una ironía-. Después de su visita a la médium, su vagabundeo físico y espiritual degenera en autodestrucción física y espiritual. Empieza a beber. Empieza a acostarse con mujeres con las que no desea ningún tipo de relación (cosa que todas le reprochan mucho, porque resulta que todas esas mujeres están deseando algún tipo de relación con él). Luego seduce a otra mujer, esta mucho más joven que él. Cuando la chica se queda embarazada la engaña para que aborte.
Como Matteo ya no puede ir mucho más allá en su degradación, al menos sin afiliarse a algún tipo de organización paramilitar, es el mundo el que sigue empeorando. Su padre se muere y le deja una carta en la que le recrimina el rumbo que ha tomado su vida desde la muerte de Nora. Matteo emprende un viaje de peregrinación. Poco a poco su razón se va iluminando. Esa luz es la que le permitirá pensar de forma ordenada y así es como se da cuenta de la razón -médica– por la que el coche de Nora giró súbitamente al pasar por el viaducto. Nora había sufrido un aneurisma. Su madre había fallecido por la misma razón. A Matteo, que es médico y desde el principio rechazó la tesis del suicidio, no se le había ocurrido pensar en esta posibilidad después de años de reflexionar sobre las razones por la que el coche de Nora había girado misteriosamente hasta que estuvo a la distancia adecuada de Dios. Después, ya más tranquilo, se retira a vivir en el campo.
La novela, en realidad, es una larga carta retrospectiva dirigida a Nora. El recuerdo de la existencia de Matteo está salpicado por algunas anécdotas de su vida en el retiro. De vez en cuando pasa por allí algún viajero. Hay periodistas que van a entrevistarlo, porque les fascina el hecho de que haya un hombre viviendo solo en las montañas. En una ocasión lo visita también una estudiante de psicología que le pregunta si no cree que podría ser más útil para la sociedad ejerciendo su labor como médico. Matteo sonríe misteriosamente, muy henchido de razón.
Por Miguel Carreira