Alicia Huerta

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ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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entre adoquines

Amanda Knox, de verdugo a víctima

05-10-2011

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Lo primero que llama la atención en el caso del asesinato de la joven británica Meredith Kercher la noche de Halloween de 2007 en la ciudad italiana de Perugia, es que el mismo no se conozca por el nombre de la víctima, como suele ser habitual, sino por el de quien hasta ahora había sido la principal acusada, la norteamericana Amanda Knox. Su carismático porte de mirada inteligente, el dulce rostro con el que se ganó el apodo de “cara de ángel” y su exquisita educación se convirtieron desde el principio en las mejores armas que la estudiante de Seattle podía esgrimir para quitar a todos de la cabeza la imagen de ella misma esgrimiendo otro arma, un cuchillo de cocina que la policía encontró en casa de Rafaelle Sollecito, el por entonces novio italiano de Amanda, también acusado entonces y ahora puesto en libertad tras la sentencia del pasado lunes.

En el mango de ese cuchillo se hallaron rastros del ADN de Amanda y en el filo, mínimas muestras de la sangre de Meredidh, de acuerdo con los análisis realizados por la policía científica. Sin embargo, después de constituir una de las principales pruebas del juicio en primera instancia que la condenó a 26 años de prisión, la prueba quedó por completo invalidada a través de una nueva pericial que, en cambio, aseguraba que las correspondencias de ADN eran dudosas. Al tratarse de muestras infinitamente pequeñas, menos de 100 picogramos, los resultados tenían muy poca fiabilidad, ya que no es posible evitar la contaminación biológica cuando se trabaja con picogramos. Empezaba así, por el arma del crimen, el desmoronamiento de las pruebas que habían sostenido la primera sentencia dictada en el caso.

Inmediatamente después se desmontaba otra valiosa prueba material, el cierre de un sujetador perteneciente a la víctima en el que los análisis habían revelado un vestigio microscópico de ADN que correspondía a Raffaele. Los abogados del joven italiano, encabezados por Giulia Buongiorno, famosa por defender con gran éxito a Giulio Andreotti en dos causas por asociación mafiosa, encargaron a sus peritos un nuevo análisis que reveló el ADN de por lo menos otras tres personas no identificadas en el citado cierre y se apoyaron en el video grabado por la propia policía en el que se veía a los investigadores tocando sin precaución el objeto antes de meterlo en la correspondiente bolsa, aumentando la probabilidad de contaminación y, en todo caso, invalidando la prueba.

Poco a poco, las pruebas físicas contra Knox y Sollecito se iban esfumando y los escasos testigos que los situaban en las inmediaciones de la casa que Amanda y Meredith compartían, tampoco tardaron en quedar desacreditados: un ciudadano albanés con problemas de alcohol que la defensa “destrozó” durante los interrogatorios, una mujer que no vio nada pero sí escuchó gritos y otros dos testigos que tardaron un año en presentarse y que enseguida incurrieron en contradicciones. A pesar de todo, la apelación seguía sin aparecer tan favorable para los condenados y los fiscales de Perugia pidieron incluso cadena perpetua para ellos. Aún disponían de elementos tan importantes como sus propias declaraciones, que empezaban asegurando que toda aquella noche la habían pasado juntos en casa de Raffaelle y que horas más tarde habían cambiado: él para asegurar que ella se ausentó durante varias horas; ella, para describir una especie de visión que había tenido de sí misma tapándose los oídos para no escuchar los gritos mientras un hombre llamado Lumumba estaba en el cuarto de Meredith, situándose de ese modo en la casa que decía no haber pisado aquella noche.

Tampoco se explica por qué Amanda habló entonces de Lumumba, propietario de un bar de reggae, a quien, después de permanecer dos semanas en la cárcel, hubo que dejar en libertad gracias a que disponía de una indestructible coartada. Lo cierto es que la policía había encontrado en la mano de la víctima un cabello perteneciente a un varón de raza negra, Lumumba lo era, y, por lo tanto, ya buscaba a un tercer participante en los hechos. Semanas más tarde, se detuvo en Alemania al marfileño Rudy Ghedé, de quien se había encontrado una huella manchada con la sangre de Meredith, y que fue condenado a 16 años de cárcel después de que sus abogados, probablemente no tan avezados ni tan caros como los de Amanda y Raffaele, llegaran a un acuerdo con la Fiscalía para evitar el juicio y que ya han anunciado que pedirán una eventual revisión del proceso porque sí algo quedó manifiestamente acreditado fue que él no había cometido el crimen en solitario.

En todo caso, Amanda Knox ya descansa en su país, donde se le esperaba con un recibimiento digno de heroína. Atrás quedan cuatro años de reclusión y por delante, ya se vislumbran las citas más inminentes: conceder una entrevista en exclusiva por la que pelean a base de millones las principales cadenas, NBC, ABC o CNN, y empezar a escribir un libro de memorias para el que Amanda ha recogido apuntes como los que los periódicos italianos mostraban en sus ediciones de ayer. Frases manuscritas en las que declara que ella no es “el monstruo de Perugia” o que “no hay justicia para Meredith en el hecho de perpetuar la injusticia contra mí” y que se dedicó a tomar durante las sesiones del mediático proceso que ha conmocionado y dividido al mundo, especialmente a los tres países directamente implicados: Estados Unidos, Gran Bretaña y, por supuesto, Italia, donde los políticos no han tardado en utilizar la sentencia para atacarse y que ha visto tremendamente dañada la imagen de su policía y de su justicia, a pesar de que muchos quieran ver sólo, también con bastante razón, lo ventajoso que puede resultar tener un determinado pasaporte y contar con unos determinados medios diplomáticos, políticos, económicos y sociales a la hora de enfrentarse a la justicia.

En Estados Unidos la prensa lo tuvo claro desde el principio cerrando filas en torno a su compatriota y apoyando a la familia de Knox, que ha gastado más de un millón de dólares en contratar a los mejores abogados y asesores de imagen. “El caso contra Knox tiene tantas deficiencias y está tan ligado a la carrera de un poderoso fiscal italiano acusado de mala conducta profesional, que cualquier jurado justo hubiera repudiado el caso hace meses”, escribía por ejemplo el periodista ganador de un Pulitzer Timothy Egan en The New York Times. Por eso, allí el regreso de Amanda ha sido una especie de triunfo colectivo. Por su parte, en Gran Bretaña, David Cameron se preguntaba qué iba a pasar ahora después de que la familia Kercher haya vuelto a quedarse sin respuestas sobre los culpables de la brutal violación y asesinato de Meredith y en Italia todavía se escuchan los ecos de las exclamaciones de “vergogna, vergogna”, “vergüenza, vergüenza”, que brotaron espontáneas de las gargantas de los vecinos de Perugia congregados a las puertas del juzgado del que salió Amanda la noche del pasado lunes rumbo al primer avión que la sacara del país transalpino al que parece más que improbable que regrese jamás, por mucho que el Tribunal Supremo la cite para la tercera y definitiva instancia. ¿Culpable? ¿Inocente? Habrá que enterarse en el cine.







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