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Assad o el crepúsculo de los dictadores

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
miércoles 08 de febrero de 2012, 22:17h
El contagio de la libertad se está manifestando de manera tan poderosa como sangrienta en Siria, de forma similar, aunque no siempre fuera tan trágica, a como antes ocurriera en Libia, Egipto y Túnez, en ese catálogo de reclamaciones libertarias cuyo cómputo no está todavía cerrado y que en un giro tan poético como inexacto se ha venido en llamar la “primavera árabe”. Nadie contaba con ese desencadenamiento de movimientos populares en las sociedades árabes, masivamente islamizadas, en la fachada sur oriental del Mediterráneo y desde hace decenios situadas bajo la rígida férula de sátrapas que, con diversos ropajes, ofrecían laicismo y estabilidad. Tal era la fuerza del espejismo que la fórmula había sido comprada sin mayores reparos por el mundo occidental, habituado a buscar acomodos aparentemente razonables bajo los cuales esconder la evidente y dolorosa carencia democrática que el escenario ofrecía. Una vez más, y aunque sea de manera paradójica, la historia viene a demostrar que no hay nada más inestable y efímero que las dictaduras, ni nada mas potencialmente explosivo que la violación sistemática de los derechos humanos. No es esta una reflexión cortoplacista, aunque muchos desearíamos que su eficacia fuera más contundente y rápida que lo habitual, pero si una posible lectura positiva –y tantas quedan como negativas- del siglo XX como enterrador de tiranos. Es esta primera mitad del siglo XXI la que parece haber inaugurado el turno de los supervivientes de tan lamentable especie. Aunque quepa constatar que la maduración del principio suele acarrear más tiempo y sufrimiento de lo que exigiría la dignidad del género humano. Y la nómina de los mandarines dista todavía de ser escasa.

Coincidió el comienzo de la revuelta siria con el desarrollo y final de la que en Libia acabó con el pintoresco y criminal bufón que respondía al nombre de Gadafi y tras las dudas que en la comunidad internacional suscitaba el posible tratamiento de la orgia de represión a la que el infausto coronel se había entregado. Todavía con guerras en Irak y en Afganistán, agobiados unos y otros bajo el recuerdo de las fracturas inducidas en la vida internacional por ambos conflictos, cansados los americanos de aventuras bélicas, impotentes los europeos para llevarlas a cabo en solitario, alarmados rusos y chinos por el renacimiento de lo que equivocadamente interpretaron como una voluntad neoimpoerialista dirigida desde Washington, harto trabajo costó poner en movimiento una coalición que autorizada en principio a responder a las urgencias humanitarias sobre el terreno acabó por cobrarse la cabeza de la serpiente y así acabar con su régimen. Varios son los novedosos factores que permitieron ese inesperado resultado: la Liga Árabe, tradicionalmente conocida por cerrar las filas en defensa de cualquiera de sus integrantes, y seguramente influenciada por lo que ya venía ocurriendo en las vecindades, pronto decidió exigir la retirada de Gadafi, dotando al movimiento de una inesperada y bienvenida legitimidad; los europeos, siempre tan pacatos ellos en las aventuras guerreras, decidieron seguir la decidida apuesta francesa a favor de una intervención militar; y los Estados Unidos, reticentes a situarse en la primera fila de la batalla, acabaron por prestar los elementos técnicos y logísticos sin los que la aventura hubiera sido imposible. El paquete se completó con ayudas tan discretas como evidentes a los opositores al gadafismo, pronto reconocidos diplomáticamente y sin mucho tardar recipiendarios de una significativa ayuda económica y militar. Como es bien sabido y siempre recordado, las guerras las gana la infantería, en este caso integrada por ciudadanos libios.

Pero si arduo fue deshacerse de la memoria de Irak para emprenderla con Libia no menos complicado está resultando olvidar lo ocurrido con Gadafi para decidir si a la postre no será inevitable hacer lo mismo con Assad. Pareciera más bien como si después de la violenta desaparición del coronel la doctrina fuera muy otra: no es posible intervenir en Siria, Assad no es Gadafi, ni el ejército sirio el libio, ni las poblaciones admiten comparación, y los estrategas de café ofrecerán más de una teórica explicando porque una intervención militar en el país sería una catástrofe. En lo cual seguramente no les faltará algo de razón. Ocurre, con todo, que los mismos elementos que en su momento se dieron para optar por una decisión de fuerza comienzan a darse cita al evaluar lo que ocurre en Siria: una significativa parte de la población ha decidido levantarse en armas para acabar con el régimen de Assad; la cruel respuesta de Damasco está alcanzando proporciones dantescas; la Liga Árabe, como ya hiciera con Gadafi, ha pedido que el presidente sirio abandone pacíficamente el poder. Y la comunidad internacional, en donde venturosamente suman fuerzas americanos, europeos y árabes, no puede obtener del Consejo de Seguridad una resolución de condena porque China y Rusia oponen su veto. Algo insólito desde los mejores tiempos de la Guerra Fría. Con un cambio significativo: entonces los votos árabes hubiera estado del lado de Moscú y Pekín. ¿Hasta cuándo podrá seguir Assad asesinando impunemente a sus conciudadanos sin que alguien comience a pensar que es necesario tomar medidas para acabar con la hecatombe?

Claro que sería mejor que el sirio se atuviera a razones y buscara un dorado exilio, que seguramente rusos y chinos se prestarían a facilitar, pero el desarrollo de los acontecimientos está cobrando proporciones de una inevitabilidad que, salvando las distancias, trae a la memoria las figuras de Macbeth o del Rey Lear. A la postre, y aunque lo hagan tardíamente y no siempre ni en todas las ocasiones, las sociedades occidentales no pueden tolerar indefinidamente el pisoteo de los derechos humanos y tienden a reaccionar en su defensa, sin atender demasiado a consideraciones geoestratégicas de equilibrio o influencia. Justamente lo contrario de lo que practican sociedades todavía en gran parte cerradas, como son la rusa y la china. Desgraciadamente no es desorbitado pensar que estamos asistiendo a una repetición de la Guerra Fría y al consiguiente alineamiento de los bloques. No es razón para felicitarse, pero tampoco pero asustarse: ya sabemos quién fue el ganador de la contienda. Y para esta coyuntura los árabes han cambiado de lado.

Cuanto antes comprenda Assad que la hora del crepúsculo ha caído definitivamente sobre él y su régimen tanto mayor será el sufrimiento ahorrado al pueblo sirio. Ya sabemos que con ello no habrán acabado las tribulaciones de la ciudadanía. El cambio del régimen, como en Egipto, Túnez, Libia, Yemen y en algún otro que terminará también cayendo, es sólo el final del principio. Quizás nunca como antes la constelación internacional favorezca que sea además el comienzo de la esperanza. Una muy simple: la de que el pueblo árabe viva en libertad.

Javier Ruperez
Embajador de España

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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