Boston, ¿En el nombre de Alá?
miércoles 24 de abril de 2013, 20:44h
Tras el atentado de Boston, se impuso la prudencia a la hora de buscar una motivación a semejante barbaridad. Ha sido uno de los propios terroristas quien ha acabado por desvelarla, ratificando así lo que muchos sospechaban: fundamentalismo islámico, y no necesariamente Al Qaeda. El resultado, 3 muertos y casi 200 heridos, cuyo “delito” fue querer pasar una mañana en familia mientras veían la maratón.
En Canadá, el “delito” de los pasajeros del tren que une Toronto con Nueva York dependería de las razones que tuviesen para viajar. Poco importaba, en todo caso, para los dos terroristas que pretendían volarlo y que, por fortuna, fueron detenidos hace unos días por la Policía Montada. De este país era el asesino que en 2012 mató a 6 turistas israelíes en Bulgaria. Hablamos, por tanto, de personas con nacionalidad “occidental” y que, sin embargo, intentan acabar con el entorno que les rodea y al que le deben todo. Eran ingleses los que atentaron contra el metro de Londres en 2005, era francés Mohamed Merah, que mató a 7 personas a sangre fría, y era holandés el asesino del cineasta Theo van Gogh.
La lista es tan larga como dramática. Y más que puede llegar a serlo. La dictadura de lo políticamente correcto impide a muchos llamar las cosas por su nombre. ¿Cuál es el nexo común? Ellos mismos lo dicen: el Islam. Quizá sería más apropiado decir una visión torticera y tergiversada del Islam, pero el hecho es el que es, y es irrefutable. No representan a esa inmensa mayoría de musulmanes que abominan de la violencia. Les ciegan el odio y la ignorancia, esos que les impiden calibrar datos como, por ejemplo, las 9.000 muertes violentas que ha habido en Pakistán de unos musulmanes a manos de otros; sin que Occidente tuviera nada que ver.
Todo lo anterior hace que debamos reflexionar sobre el enorme fracaso que ha supuesto el multiculturalismo. Hace pocas semanas, el alcalde de la localidad francesa de Antibes se negaba a retirar la carne de cerdo de los comedores escolares. En una carta abierta donde alababa las virtudes que han hecho grande a Europa -igualdad, tolerancia, respeto- contestaba a la comunidad musulmana con este argumento: “preguntaos sólo una vez: ¿Porqué se está mejor en Francia que en lugar de donde venís? La opción de que vuestros hijos pueden elegir entre comer carne de cerdo o no forma parte de la respuesta”. Y además, en Europa ni se lapida ni se prohíbe conducir a las mujeres.
Fuera de Occidente, las cosas tampoco son fáciles. El último ataque de los islamistas nigerianos de Boko Haram se ha saldado con la muerte de 185 personas. El integrismo islámico avanza con fuerza en el Sahel, y más soterradamente en zonas como la “moderna” Turquía, donde el número de mujeres con hiyab -velo islámico- aumenta cada día. La situación de los cristianos en países como Egipto, Irak o Pakistán es realmente dura, y peor que será. ¿Hay esperanza? Claro que la hay. Pasa por que destacadas personalidades del Islam desautoricen públicamente todo esto. Por un simple dibujo se echan a la calle millones de musulmanes en todo el mundo, y otros tantos colapsan las redes sociales con sus soflamas. El día que hagan lo propio por romper los lazos con quienes dicen representarles y se integren de una vez por todas en la sociedad que les ha dado todo lo que tienen en lugar de mirarla con resquemor, la batalla contra el terror se habrá empezado a ganar. Pero son ellos quienes han de mover ficha.
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Abogado
ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset
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