El señor de las moscas
sábado 20 de junio de 2009, 16:51h
Desde un punto de vista doctrinal, si tiene sentido emplear esta expresión en una columna donde sólo se abordan temas sin importancia, que el presidente Obama se haya revelado como un mortífero cazador de moscas resulta ser un acontecimiento de primera magnitud. Cualquier otra persona que ocupara su tiempo con tales inanidades no habría llamado obviamente nuestra atención, pero tratándose del primer mandatario mundial, el despachurramiento urbi et orbi de un insecto constituye un símbolo valiosísimo, además de pintoresco, claro.
La afición venatoria de los caudillos no es nueva. Se remonta a la prehistoria. Sociólogos evolucionistas afirman que los primeros reyes fueron elegidos precisamente por su competencia cazadora. Los pueblos prefieren ser tutelados por hombres capaces de garantizarles la digestión. De entonces a acá las cosas han cambiado poco. Basta una visita al museo para comprobarlo. Raro es el monarca que no ha sido retratado encima de un caballo, con un arma entre las manos, rodeado de perros nerviosos, camino de una montería. Obama es el primer estadista de la historia inmortalizado durante una batida de caza menor, si me permiten incluir bajo esta fórmula el acecho y derribo de dípteros y similares.
Matar moscas quizás no sea como cazar leones, pero tiene también su dificultad, especialmente cuando el cazador debe ejecutar los movimientos pertinentes sin perder la compostura. Esto es lo verdaderamente meritorio. La majestad con la que el presidente americano liquidó ante las cámaras al bicho cojonero ha producido una gran impresión y, en ciertos sectores, torvos escalofríos. Ignoro si la señora Pajín tendrá observaciones que hacer al respecto, pero corren rumores de que la exhibición del sosías de su jefe se le ha atragantado como un mal resultado electoral.
A Obama hay que disculparle la rudeza. Se trata de un hombre sin antepasados, un precursor. Los precursores no tienen nada que desentrañar. Van como flechas camino del blanco. En esto radica su fuerza. Antaño, cuando se premiaban los grandes servicios históricos con blasones nobiliarios, el escudo de los Obama habría sido enriquecido con las alas transparentes de un insecto. Los Doria, señores del Mediterráneo, exhibían el delfín, símbolo de su dominio sobre los mares. La mosca podría encarnar la ascendencia sobre las masas.
De lo que no hay duda es de que el presidente americano sabe cómo defenderse. No parece dispuesto a permitir que nada se interponga en su camino. Confía tanto en su autoridad que no vacila en romper las convenciones más arraigadas. Todo el mundo ha soportado alguna vez la presencia inoportuna de una mosca, pero ninguno hasta ahora se había atrevido a despanzurrarla en público. Esto se reservaba a niños y a necios. Obama ha acabado también con este prejuicio reaccionario.
Lo mejor, sin embargo, ha sido el cuerpo a cuerpo. No crean que es tan sencillo matar un insecto a la vista del mundo. Esperar, apuntar, golpear; cada paso encierra su dificultad. Pero: ¿y una vez perpetrado el mosquicidio?, ¿qué hacer entonces con la mano pecadora, la misma mano que en unas malas podría activar el botón de la guerra nuclear? Vuelvan a ver la escena (si son jóvenes y modernos, visiónenla), y observarán que el presidente la escatima astutamente para obligar a las cámaras a enfocar el cadáver de la mosca libando como quien dice las flores de la alfombra. Cuando, tras este haiku accidental, la televisión retorna a él, no sólo ha recuperado la compostura, sino que da la impresión de ser Poncio Pilatos después de lavarse las manos. Los puños de su camisa desprenden una luminosidad inmaculada. Se diría que no ha sucedido nada. Si Obama, con su cara reseca de mandarín, hubiera llevado una vestimenta menos convencional, una túnica china de colorines, por ejemplo, y hubiera acompañado su gesto con algunas fórmulas difíciles de comprender, estoy seguro de que su popularidad habría bajado alarmantemente. Ahora, en cambio, todo el mundo se alegra de que el hombre que nos gobierna se comporte en público como cualquiera de nosotros en privado.
Sólo en claves nacionales la lectura del suceso es menos halagüeña. El gesto de Obama parece haber roto el hilo de semejanza que condujo a la señora Pajín a declarar que el presidente de Estados Unidos y el presidente español compartían un destino en lo universal. Nadie puede imaginar al preclaro mandatario español dando un zurriagazo de progreso a una mosca. Y no porque Zapatero no tenga redaños para eso y para más, sino porque, en España, desde que él gobierna, ya no hay moscas sueltas, las ha sujetado a todas por el rabo.