Freeze!
jueves 05 de diciembre de 2013, 20:31h
Hace una década más o menos, mientras yo vivía en Japón, ocurrió una triste desgracia. Un estudiante japonés que estaba estudiando en una universidad norteamericana fue asesinado el día de Halloween. Aparentemente, se había unido al “trick or treat” nacional, e irrumpió en la casa equivocada el día equivocado. La casa era de un caucásico joven (caucásico es como se llama a los blancos en los EEUU) de algún estado armado (no recuerdo si Colorado o Texas), que tenía problemas con su novia, y que pensó que el joven japonés vestido de fantasma era el amante de su novia en busca de bronca. El caucásico abrió la puerta con un revólver, y le gritó “Freeze!” al joven japonés. El japonés intentó explicarse y el caucásico, celoso, abrió fuego. Lo mató en el acto.
En Japón se inició poco a poco un debate nacional sobre la brutalidad de la sociedad estadounidense y sobre su tendencia al uso de armas de fuego. En poco tiempo, aquella muerte se convirtió en un asunto nacional y político. Los japoneses son así, lentamente, sin estridencias pero sin pausa, van presentando su caso a las más altas instancias. Los yankees se defendieron. Según ellos, la culpa, desgraciadamente, no era del caucásico de dedos rápidos, sino del pobre japonés quien seguramente no conocía el significado de la palabra “Freeze!”. Allí pillaron a los japoneses a contrapié. En realidad todo se debía a que aquel estudiante no había estudiado inglés demasiado bien. Aquello era todo un uppercut dirigido al mentón del orgullo japonés, país de estudiosos donde los haya.
Según las autoridades norteamericanas, el caucásico gritó “Freeze!” para que el japonés se estuviera quieto y, en todo caso, levantara dócilmente las manos, no para que se revolviera e intentara decirle o hacer algo diferente. El japonés, aparentemente, había intentado sacar algo de un bolsillo, o así lo creía el caucásico. Además, estaba en su casa, había invadido su propiedad, algo cierto de acuerdo a las leyes. Los japoneses, en buena lógica, no comprendían cómo podía haber una fiesta en la que niños iban de casa en casa, si al hacerlo invadían la propiedad de otros y podían, por tanto, servir de diana.
Los programas de televisión japoneses se llenaron de expertos nipones y norteamericanos analizando el método de enseñanza del inglés. En una actitud de autoflagelación casi española, la gran mayoría convino en que la enseñanza del inglés en Japón era una porquería. Que se enseñaban muchas expresiones totalmente inútiles como “What’s your name?” o “Have a nice day”, pero nada realmente útil, como “Freeze!” Resultó que prácticamente ningún japonés sabía que “Freeze!” significaba algo así como “¡Quieto!”, mientras que todos los norteamericanos que aparecían en los programas lo conocían perfectamente. En los programas, incluso se podían ver a presentadores practicando la expresión con jóvenes actores que movían la cabeza lentamente en señal de duda y desconocimiento. “Freeze!” había que saber “Freeze!” como fuera. Su significado, su forma de uso, la reacción adecuada. Japón no podía resignarse a ser un país de segunda, que pretendía formar parte del club de las naciones avanzadas, si al mismo tiempo desconocía el significado y el uso de “Freeze!”. Era la expresión del momento.
A mí me costaba reconocer que la culpa de su muerte fuera del joven japonés, incapaz de saber el significado de una expresión. El adagio de que “el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento” siempre me ha parecido de una injusticia pasmosa. Si un estado puede instaurar leyes y aplicarlas sin cuidarse antes de que sus ciudadanos (o el que pase por ahí), las conozcan, está servida la arbitrariedad y el abuso de poder por parte de ese estado. Sé que es un asunto complejo, ya que el desconocimiento se puede aducir como descargo en casos no reales, pero incluso sabiendo que pueden existir estos casos el sistema no me convence. Y menos me convenció aquel darle la vuelta a la tortilla. De víctima, el joven estudiante pasó, por arte de birlibirloque diplomático, a casi auto-verdugo, ya que el verdadero culpable era él y su desconocimiento. La sociedad japonesa, se había apresurado a tomar parte de la culpa, a declarar que sí, que era cierto, que su enseñanza de inglés era terrible, que muy pocos profesores japoneses de esa lengua la hablaban correctamente y menos de forma natural. Pero ni aún así me convencía. Para mí, el culpable había sido aquel joven caucasiano y poco más.
Esto mismo pensé el otro día cuando leí en un periódico que la deuda por familia española ha llegado a los 58.000 euros. ¿Y si lo que refleja este dato es algo que lleva ocurriendo estos últimos diez años? ¿Y si en España lo que se está dando es un proceso similar al que se dio en Japón con el caso del estudiante japonés asesinado en los EEUU, aunque con deuda, no con culpa? Es decir, que la deuda del estado, de ciertas compañías y de las instituciones financieras está siendo traspasada a las familias españolas. De ser así, este trasvase se está cumpliendo con mucho éxito: las tertulias y los periódicos hablan del pobre desahuciado, pero en el fondo lo culpan de su falta de responsabilidad o, al menos, de su ignorancia. Pobrecito, no conocía el significado de “Freeze!”. Y así, “freezeando”, poco a poco, las familias españolas, incluso las ahorradoras o las que están formadas por un individuo, van acumulando una deuda cada vez mayor. Es el milagro económico de la post-transición. “Freeze!”.