Víctor Morales Lezcano
VÍCTOR MORALES LEZCANO es Profesor Emérito (UNED-Madrid)
Al sur de Tarifa, al norte de Espartel
Hemos de acabar con el ciclo de la sospecha y la discordia
Con esta sentencia vino a resumir Barack Obama la alocución que pronunció en el hall de la Universidad de El Cairo (Al- Azahar), el pasado 4 de junio.
Como se ha reconocido -tanto en diferentes audiencias árabe-islámicas, como en los círculos más avanzados de la opinión internacionalista-, la alocución del presidente de los Estados Unidos de América ha constituido una “sacudida” al estado de maleamiento que ha inundado la percepción estadounidense del mundo islámico, al tiempo que ha sido una “advertencia” a los países del área religioso-cultural islámicos con regímenes autocráticos, y también a Israel entero, desde Netanyahu al más virulento islamófobo de aquel Estado.
Colocada en esta doble dimensión proyectiva, la intervención de Obama en El Cairo, ciudad crucial del Oriente musulmán, ha actuado de rompehielo entre dos civilizaciones diferentes -y diferenciadas históricamente donde las haya-.
Ahora bien, como ha señalado Rami G. Khoury, destacado analista de la American University en Beirut, no obstante la función descompresiva que ha jugado el presidente americano, no ha abordado, sin embargo, todos los aspectos del triple contencioso inter-árabe-islámico, islamo-israelí y americano-oriental. Según Khoury, es detectable en el inventario de los conflictos abiertos, o latentes, entre las partes en juego, algo más que un desencuentro entre términos religiosos -las tres religiones del Libro-. Hay, y a la luz está, un intrincado complejo de pretensiones contradictorias entre Israel e Irán; una inclinación fratricida de varios de los grupos políticos armados que actúan constantemente en el Oriente Próximo y Medio -caso de Al-Qaeda, del radical Hamás y del pro-sirio de Hezbolá-. Y hay, last but not the least, la herencia envenenada que han sembrado en la zona de marras tanto la Casa Blanca como el Departamento de Estado, durante la anterior administración republicana.
Hace algunos años publiqué un breve ensayo que titulé “Diplomacia y diplomáticos “arabistas”. El precedente británico y el escenario americano (1945-1991)” (Actas de la Jornada sobre Orientalismo, ayer y hoy (entrecruce de percepciones).UNED ed., 2006). En sus páginas me refería, precisamente, al legado espinoso que han recibido los círculos arabófilos inmersos en la práctica diplomática de los Estados Unidos de América. Nunca serán plenamente apreciados; frecuentemente resultarán sospechosos.
La islamofobia occidental -un tema de todos los tiempos- adquirió en América, durante las décadas de 1950 y 1960, una difusión creciente. El capítulo Jomeini y la revolución clerical que se desató en Irán a partir de 1979, vino a reforzar la percepción negativa del Oriente musulmán, que gustaba decir Edward Said. Por ello, puede afirmarse que llovió sobre mojado, sobre suelo resbaladizo al máximo, cuando sucedieron los atentados del 11-S de 2001 en Nueva York y Washington DC.
El proceso de extrañamiento mutuo entre la Potencia americana y el complejo mundo del Islam, inmerso éste último desde hace más de medio siglo en las aguas de una travesía hacia la actualización de su legado, puede ser paliado -e incluso invertido-; por Obama y todos aquéllos que, arabófilos o no, estén dispuestos a cargar sobre sus hombros con el pesado fardo de más de medio siglo de desentendimiento entre Estados Unidos y los países integrantes de la geopolítica religiosa del Islam.
Desatar los nudos que se han ido formando en más de medio siglo, con la finalidad
de generar mayor entendimiento entre las partes, es el ideal-conductor que anima la propuesta del Presidente: “hemos de acabar con el ciclo de la sospecha y la discordia”. Porque mañana podría ser demasiado tarde.
En la concretización minuciosa de los males que afligen al tándem árabe-americano, residirá la clave maestra de la nueva orientación con que el Presidente busca salir del atolladero musulmán que le han legado sus predecesores en la Casa Blanca; especialmente uno de ellos.




