La bomba (nuclear) iraní
Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
jueves 10 de noviembre de 2011, 21:17h
El último informe de la Agencia Internacional de la Energía Atómica remacha un clavo más en la verdad sobre las pretensiones nucleares del régimen iraní. Va ya para una década que el mundo comenzó a conocer las intenciones armamentísticas de los “ayatolás” y nadie que no estuviera alterado en el juicio o sometido a los intereses de Teherán tenían ninguna duda sobre los últimos propósitos del intento: dotarse de una arma nuclear que sirviera a la vez para amenazar a Israel y sentar las bases de la hegemonía persa sobre la región. Según la AIEA hoy está más cerca de conseguirlo. Debatirán las agencias de inteligencia sobre el tiempo que falta o sobre las características del sistema pero ya no sobre la realidad del mismo. A corto plazo Irán podría entrar en el catálogo tan informal como conocido de las potencias que despreciando los mandatos del Tratado de No Proliferación han decidido dotarse de armamento atómico. Allí estarán en la compañía de la India, Pakistán, Corea del Norte e Israel.
Han sido precisamente los israelíes, y por razones perfectamente comprensibles, los que más han levantado la voz de alarma, indicando incluso la posibilidad de una intervención militar para abortar las pretensiones de los “mullahs”. Y por supuesto Washington, en donde se recuerdan con sarcasmo las buenas intenciones del Presidente Obama para entablar con Teherán una diplomacia que acabara con la carrera nuclear iraní, ha vuelto a reiterar su preocupación y condena, aun mostrándose extremadamente cauto sobre las posibilidades de cualquier acción militar preventiva. En efecto, casaría mal que a un año de las elecciones presidenciales, con un presidente corto de aliento que confía en la retirada de tropas de Irak y Afganistán para revitalizar sus decaídos blasones y al menos retener a los fieles que le votaron, se decidiera el comienzo de una nueva aventura militar por demás compleja, costosa y de resultados harto inciertos. Ni qué decir tiene que del resto de los principales actores en el tablero internacional nada que suene a belicismo encontraría otra cosa que no fuera un sonoro rechazo. Si todavía cabe el Consejo de Seguridad por un lado y los Estados Unidos por otro ensayarán nuevas y reforzadas sanciones. Pero la AIEA viene a recordarnos que las ya existentes poco han podido hacer para detener el proceso.
Un Irán nuclear aumentará el sentimiento de inseguridad de Israel y despertara temores y ambiciones en el entorno de países que no quieren ser menos. ¿Porqué, si la adquiere Teherán, no habrían de tenerla Ankara, Cairo o Riad? Teniendo siempre presente la capacidad desestabilizadora desplegada por los iraníes desde que la revolución islámica se hiciera con el poder en el país: ese es un régimen que no duda en recurrir a los procedimientos más expeditivos para deshacerse de sus enemigos y conseguir sus fines expansionistas. La historia de los últimos treinta años está plagada, desde Argentina al Líbano pasando por Alemania e Inglaterra y acabando de momento en Irak y Afganistán, de ejemplos patentes y documentados de la vesania bélica que anima a los rectores del régimen islamista. Quizás no sea todavía llegado el tiempo del susto pero si el del aviso. Lo que ahora nos cuenta la AIEA, lloviendo sobre mojado, no augura nada nuevo ni para el Oriente Medio ni para el mundo. Bastaría para escuchar a Ahmadijenad para saber cuáles son sus propósitos. ¿O es que, como ya ocurriera con el “Mein Kampf” de Hitler, pocos lo habían leído y los que lo habían hecho no se lo creyeron?
Javier Rupérez
Politico y Diplomático
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Embajador de España
JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
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