Andrea Donofrio
ANDREA DONOFRIO es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset
Los subterráneos
La tradición del belén
Celebramos las fiestas navideñas con su clima invernal y festivo, con sus tradiciones católicas y consumistas, con las calles llenas de gente y las tiendas abarrotadas de compradores, mientras todos siguen quejándose por la crisis. En Italia igual que en España: cada año el mismo guión, los niños ilusionados y los mayores menos. Pero bueno, la columna no quiere ser una crítica al consumismo posmoderno, a la crisis de la identidad religiosa, a la mercatificación de las fiestas. No, respetando las tradiciones y dando tregua a un Berlusconi convaleciente (y mesiánico), escribimos de belén (obviamente, no de Belén Esteban), es decir la representación del nacimiento de Jesús por medio de figuritas, del que ya hablamos el año pasado, contando su origen, su gran auge en la Nápoles del siglo XVIII y la importación a España por parte del rey Carlos III.
En el belén, se narran tres episodios evangélicos: el nacimiento de Cristo en la cueva, en las ruinas de un templo, alegoría de la caída del paganismo, la anunciación a María por parte de los ángeles y, por último, la escena de la taberna. A todo eso, se fueron añadiendo episodios y personajes de inspiración popular y pueblerina. Paisajes que se identifican con paisanajes. Originariamente, el belén napolitano se caracterizaba por un aparato escénico muy sencillo: una roca, que albergaba el Misterio, la presencia de algunos elementos distintivos locales, como el perfil del Vesubio, la torre sarracena y el campo con algunos pastores. Sin embargo, con el tiempo (y la fantasía napolitana) se han ido añadiendo varios elementos que reproducían escenas de la vida cotidiana de Nápoles y que, arquitectónicamente, se alejan por completo de la época historia de Belén: en primer lugar, el variopinto mercado, con sus bancos de toda clase de géneros alimentarios (se reproducen a la perfección quesos, embutidos y toda clase de pescados), abundantes y cuantiosos de formas y colores, una especie de “desquite” del pueblo, la abundancia frente al hambre cotidiana de la pobre Nápoles, el saciarse misivamente al menos una vez al año; la taberna, indicando el local que negó el alojamiento a María y José, reúne todas las clases sociales, diferenciadas por su vestimenta, representadas mientras beben, juegan a las cartas, se riñen; los Reyes Magos, cuyo exotismo oriental es evidente en los belenes napolitanos por las vestiduras y el turbante, los animales (además del caballo, montan sobre un elefante y un camello), representado la aceptación por parte de los tres continentes hasta entonces conocido de la divinidad de Cristo; la fuente, la aguadora y los pozos, símbolos asociados a María, ya que en la ciudad existen numerosas iglesias de la Virgen del pozo; y, finalmente, la multitud napolitana, que se amontona entorno a la escena, en una mezcla de colores e imágenes, como si se tratase de una foto de la época, con los desocupados amasados fuera de la taberna, las mujeres asomadas a las terrazas, los mendigos, la representación de las distintas clases y la aparición de tipos grotescos (enanos con monos con correa, leones en jaulas, músicos con instrumentos dorados). Escenas antiguas pero, de una cierta manera, aún actuales en una Nápoles en crisis de identidad, de una pobreza socio-económica e íntimo malestar enmascarados en la anarquía ciudadana y en la cotidianeidad de su gente.
Después de una crisis debida a la introducción del árbol de Navidad y a la proliferación de los Papá Noel filo-cocacolianos, la producción de figurillas y de todas clases de accesorios parece nuevamente en auge. Las casas se han llenado de figuritas y los niños se divierten en preparar sus belenes innovadores: hechos de playmobil, de lego, con una Barbie a lado de San José, un Hello Kitty en la taberna, soldaditos de plomo con divisas nazis a defender el castillo de Herodes, una bratz haciendo de prostituta, un muñequito de Homer Simpsons jugando con la baraja napolitana con algunos ladrones. Todo está permitido: el belén, con su encanto, es un evento familiar, parte de nuestra cultura, el sacro que se mezcla con el profano, naturaleza y mito, fantasía y realidad, tradición y modernidad. Y cada año se renueva.
PS. Haciéndome eco de una frase de Fini, me pregunto si los votantes de la Lega, el partido xenófobo racista italiano, respetarán la tradición y colocarán a los Reyes Magos en sus belenes: al fin y al cabo, se trata de inmigrantes y, encima, uno de ellos es negro. En su hipocresía y mediocridad cotidiana, probablemente les pondrán: ¡sí pero el 6 de enero, fuera a patadas!




