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La victoria de la OTAN

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 09 de septiembre de 2011, 20:28h
La logística germanoitaliana y sus impresionantes recursos bélicos fueron decisivos en la victoria de Franco en la Guerra Civil. Los bombardeos sistemáticos de la OTAN y los EEUU sobre todo lo que se movía en Libia que tuviese el marchamo o marbete de Gadafi han conseguido la victoria de los rebeldes, de unos rebeldes bastantes indefinidos y fantasmales, desde monárquicos-republicanos liberales a integristas-demócratas musulmanes e incluso islamistas vinculados al terror del 11-M y del 11-S, de quienes la gestión de la victoria irá dibujando su exacta silueta y clarificándolos.

En todo caso, sin el agente externo ( la OTAN, sus enormes recursos bélicos y una tecnología puntera ) la victoria sobre el régimen gadafista, y el colapso y descalabro de su ejército hubiesen sido impensables de todo punto ( apenas 14.000 rebeldes – gran parte de ellos muy bien pagados y algunos satélites de la órbita de Al Quaeda, por cierto - contra un ejército nacional de 60.000 soldados, de entre los que existían dos divisiones acorazadas con un total de 450 tanques ). Aunque a nadie se le puede impedir pensar que los rebeldes, demócratas-islamistas, persiguiendo hasta la aniquilación a los gadafistas, han logrado, con un inexperto y pequeño número de soldados, pero con la poderosa ayuda de Alá, una victoria gloriosísima y digna casi de ser antepuesta a todas las glorias de los antepasados, incluyendo las de los emperadores romanos de la dinastía de los Severos, oriundos de la ciudad tripolitana de Leptis. La brutal e implacable represión franquista tras la guerra civil hizo innecesarias ulteriores ayudas extranjeras que la IIª Guerra Mundial hubiera hecho imposibles para el bando ganador.

Si la OTAN y EEUU abandonan el terreno libio, si no tutorizan la victoria de los rebeldes, sólo una monstruosa aniquilación de las reliquias del viejo régimen pueden estabilizar la victoria presente. Teóricamente, al menos, se considera que el bando ganador en una guerra civil es aquél que cuenta con más apoyos internos y que, por lo tanto, vendría a ser un referéndum de la violencia. Pero esto se oscurece cuando los ataques desde el exterior han sido más decisivos que la presión de los rebeldes en el caso de Libia, cuando agentes externos al juego pueden alterar su resultado. La ofensiva creciente de la OTAN desde el aire y desde el mar ha dejado el camino expedito hasta Trípoli a muchos islamistas de difícil encaje en la Declaración Universal de Derechos Humanos.

No obstante, deseamos aún en contra de su objetivo perfil que los sucesores de Gadafi, ahora objetivo prioritario de la Interpol, sean a diferencia de éste benéficos gobernantes, amigos de la libertad y del máximo bienestar social del pueblo. Si eso fuese así, la guerra quedaría justificada. Y esperemos que las potencias occidentales que han hecho posible la victoria de los rebeldes lo hayan hecho sólo en nombre de la solidaridad humana y de la siempre hermosa pero inerme Declaración Universal de Derechos Humanos, y no por codicias neocolonizadoras. Lo que pasa es que tenemos ciertas dudas cuando ese interés por la libertad y los derechos que tiene Europa no se ha traducido en otras medidas violentas contra el régimen sirio vigente, infinitamente más brutal, masacrador y vesánico que el gadafista.

Se dice que los gadafistas podrían retirarse a través del Fezzán hacia Níger, y atravesando el Río Níger por Niamey o Gao refugiarse en los países del Golfo de Guinea, el Golfo más inestable del mundo, en donde encontramos buenos ejemplos de estados fracasados, a pesar de la cultura francesa y la Universidad Charles De Gaulle. Un gadafismo rencoroso y ultraafricanista vinculado a un seku-turismo rabiosamente antioccidental podría crear una nueva zona conflictiva en un Continente lleno de buenos argumentos para odiar a Europa.

Pero hasta el momento soñemos con que Libia va a ser un reino de libertad y progreso social bajo las luengas barbas de los islamistas. Y en absoluto debemos ser pesimistas. Tras Gadafi vendrá un dirigente libio más pacífico y honrado que Antonino Pío.

Cuando pensamos que el siniestro “terrorista Gadafi”, hoy en busca y captura de la Interpol – eso pasa cuando los criminales dejan de ser Jefes de Estado, que hasta les puede molestar la policía -, fue tratado casi como un amigo íntimo y exquisito en los elegantes salones de Europa, nos volvemos a entristecer un poco sobre nuestra condición humana. Ya San Agustín nos había avisado que la honorabilidad o falta de honorabilidad de la criminalidad suele depender del poder de hacer violencia de los asesinos; a mayor poder de hacer daño, gracias a los recursos de los aparatos estatales, menos posibilidades tienes de que la Interpol se meta contigo. Pero ¡ay del criminal de poco pelo! Mas le valiera… Se supone, sin embargo, que los dirigentes de Europa están muy bien informados y saben bien lo que hacen. Y que uno, pobre hombre del pueblo llano que sólo lee los periódicos y un poco de Historia Contemporánea, debe confiar ciegamente siempre en esos receptáculos hegelianos de saber viviente que son los estados. Ellos sabrán, sin duda.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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