Los disidentes chinos y la Carta 77
miércoles 06 de enero de 2010, 18:04h
Un juez oriental, más concretamente chino, decidió el día de Navidad, la referencia religiosa y cultural más importante de Occidente, que señala el origen de nuestra forma de contar el tiempo, y por tanto de interpretar la historia, decidió, condenar a Liu Xiaobo a once años de cárcel por el improbable motivo de “incitar a la subversión del Estado”. En realidad Xiaobo es un disidente que se resiste a aceptar que el Estado chino, a pesar de las libertades concedidas en materia económica, siga siendo una dictadura del partido comunista que no reconoce los más elementales derechos de sus ciudadanos. De ahí que decidiera crear, junto con otros disidentes, la Carta 08 para luchar por el reconocimiento de los derechos civiles tales como la libertad de expresión, de reunión, de asociación, de credo religioso, etc. Y lo hicieron inspirándose en la iniciativa de los intelectuales checos que crearon la Carta 77 para protestar por idénticos motivos en una situación semejante, aunque quizá más desesperada. La República Checoslovaca había sido invadida pocos años antes por un ejercito de ocupación que les reimpuso la dictadura. Contra ella lanzaron aquel trozo de papel, apenas abrigado por tres portavoces y respaldado por un puñado de firmas. Aunque es difícil que la historia se repita, al conocer la dura condena impuesta en nombre de una ideología política tan exquisitamente occidental como la Navidad, el profesor Liu puede animarse recordando la historia Václav Havel, el principal portavoz de la Carta 77, que en poco tiempo pasó de las cárceles del régimen a la presidencia de la nueva República. Y no es una esperanza vana.
Que los resistentes chinos al sistema comunista hayan adoptado la estrategia de disidencia, creada en Rusia después del deshielo estalinista y recreada con éxito a lo largo de los setenta y ochenta en la mayoría de los países de la Europa del Este sometidos al control soviético, y destacadamente en Polonia y Checoslovaquia, no debe extrañar. La disidencia ha terminado por revelarse como la forma de hacer política que corresponde a un Estado que ciega todas las vías normales de oposición o disenso y que no admite la más mínima diferencia de criterio u opinión. Esa exigencia de coherencia absoluta que caracteriza a un sistema totalitario, se convierte en su máxima debilidad, como supo ver Havel al comprender que la simple realidad, en la medida en que desmente los eslóganes y las declaraciones del Comité Central, se convierte en una amenaza a la ficción ideológica de un régimen que se presenta ante sus ciudadanos como el paraíso de la satisfacción de las necesidades, la igualdad y la justicia. Ese fue el acierto de la Carta 77, lanzada en el momento en que los gobiernos de la Europa del Este junto con la URSS acababan de firmar el Acta de Helsinki sobre derechos humanos.
Acaba de terminar el año en que Occidente celebró el vigésimo aniversario de la caída del muro de Berlín, símbolo del hundimiento del sistema comunista en Occidente, con la condena de un disidente chino por los mismos cargos por los que fueron enviados a prisión tantos disidentes, desde Sajarov, Solyenitzin, Brodski, etc., por decir la verdad.
Se abre un interrogante que los observadores políticos deberían examinar. ¿Es el comunismo chino una variante del comunismo occidental o su injerto en la cultura china y en la formas orientales de entender y practicar el poder lo ha transformado en una estructura política sui generis? La existencia de disidentes que creen eficaz imitar el gesto de la Carta 77 mueve a optimismo. El comunismo, una vez que su proyecto político ha quedado desenmascarado por los acontecimientos, depende para su sostén de la represión y de la propaganda. No podrá soportar la presión que la libertad, concedida a, o ganada por la sociedad civil en el campo económico y de la vida cotidiana del consumo y del deseo, ejercerá sobre el aparato del Estado. Será, en el mejor de los casos como una riada contra los cimientos podridos de un viejo muro y en el peor, como una lluvia fina que termina empapándolo todo. Los disidentes tendrán la crucial función de recordar a la sociedad, encandilada aún con las novedades del consumo, que más bien pronto que tarde han de sentir otras necesidades menos materiales pero no por ello menos perentorias, por ejemplo la posibilidad de decidir quien les gobierna, qué han de leer, donde fijar su residencia, el número de hijos que pueden tener o qué páginas web quieren consultar.
Es muy difícil predecir la influencia que tendrá en este proceso el tamaño geográfico y demográfico de China. Los grandes números pueden introducir un factor inesperado en un proceso de recomposición o descomposición política, de tal modo que lo que es factible en un cuerpo político pequeño no pueda darse en otro de proporciones casi inabarcables por la imaginación. Mientras tanto, Occidente no debe olvidar a los disidentes que sacrifican su vida para dar testimonio de la injusticia que vive el país. El sacrificio es una de las figuras más puras de la libertad. El disidente no tiene más arma que el eco de admiración y reconocimiento que despierta en aquellos que están en condiciones de presionar a su gobierno. Afortunadamente, EEUU y la UE han reaccionado con energía pidiendo la liberación inmediata de Liu Xiaobo y de los demás perseguidos por expresar sus ideas.
Ahora que España inicia la dirección política de la UE, debería mostrar mayor sensibilidad a la muy escasa que el gobierno de Zapatero suele tener para este tipo de asuntos, como se ha visto en numerosas ocasiones con los disidentes cubanos.
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Doctor en Filosofía
José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.
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