Víctor Morales Lezcano
VÍCTOR MORALES LEZCANO es Profesor Emérito (UNED-Madrid)
Al sur de Tarifa, al norte de Espartel
Más sobre la memoria histórica
Elogio del recuerdo, necesidad del olvido
El 14 de enero pasado se presentó en el Ateneo de Madrid el primer Cuaderno de la UNED (2008) consagrado a fuentes orales y a su utilidad para el historiador. El título del Cuaderno es, Voces del pasado: la élite cultural de España (Jimena Menéndez Pidal; Pilar Primo de Rivera; Pedro Sáinz Rodríguez; José Prat García).
Aunque esta aportación bibliográfica no pretende abordar en sus páginas el debate que de poco tiempo a estas calendas se conoce y visibiliza con el rótulo de Memoria Histórica, las páginas del Cuaderno no han podido hacer menos que colocar sobre el tapete la importancia histórica del recuerdo (subjetivo, naturalmente), y también, en contrapartida, la que posee el olvido. Así lo ha formulado González Alcantud en el sugestivo número (30) de la revista Historia, Antropología y Fuentes Orales (Barcelona, 2003): "No es posible vivir bajo el peso de la memoria omnipotente. La sociedad reclama el olvido tanto o más que la memoria".
Frente a las prácticas de "amnesia condicionada" ejercida por los responsables de no pocos delitos de lesa humanidad, habría que oponer el derecho al recuerdo y a la reconstrucción de otro pasado que el políticamente correcto. Incluso aunque ese otro pasado esté expuesto también a la alteración que el informante introduce, nolens volens, en el relato de la situación.
Ahora bien, ante la desmesura y la reiteración del ejercicio memoralista (permítasenos la licencia), habría de imponerse una economía de intención y sopesamiento reflexivo de la necesidad -caso por caso, episodio por episodio- de revisar el pasado a la luz de la fuentes orales no escuchadas. Como Paul Ricoeur comentó en una famosa entrevista: "... en cuanto al deber de memoria, hay abusos de este deber... pero el deber de memoria no es un abuso".
Finalmente, y a título de telón de fondo al asunto prioritario para nosotros en estas columnas del Imparcial, cual es el de la Memoria Histórica en el Magreb nos preguntamos si habrá que volver a recordar aquí que las sociedades europeas del siglo XX son crucificables en cuanto se desempolva el desván de su pasado contemporáneo. ¿La Federación Rusa de nuestros días, sería capaz de desencadenar ahora un proceso de recuperación memorialista de su historia a lo largo del paréntesis soviético que transcurrió entre 1917 y 1990?. ¿Es que ha llevado a cabo la Alemania reunificada a partir de la caída del Muro de Berlín, un ejercicio de indagación serena no sólo sobre la era nazi (1933-1945), sino una inmersión en la etapa contemporánea de las dos Alemanias (1947-1989)?.
En España se ha desatado el proceso memorialista sin que quepa alegar nada contra su cumplimiento, en tanto en cuanto el período de transición del franquismo al establecimiento de la democracia ¿no pudo?, ¿no quiso? enfrentarse a una revisión justiciera de las prácticas nocivas que proliferaron a partir del 1 de abril de 1939 en todo el territorio del país.
En fin, si hay deber de memoria en España -y lo hay- evítense los abusos en el cumplimiento de tal deber, puesto que no sería política sana oponerse con el rodillo memorialista a las prácticas humillantes de la amnesia represiva que se dio en tiempos de un ayer todavía próximo, por execrables que hayan sido aquéllas. Lo aconseja la sensatez del espíritu. Lo recomienda el conocimiento de la historia. Viene avalado por el aforismo latino de in medio, virtus. A retener, incluso cuando suena la hora del desquite.
Pasemos a continuación al panorama que se divisa en el horizonte geográfico más cercano a España desde Punta Tarifa. O sea, al asunto de la Memoria Histórica, tal y como empieza ésta a enseñar la cresta en los países del Magreb.
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El Magreb a la luz de las candilejas
Hace tiempo que Argelia, Marruecos, y en menor medida, Túnez copan noticias en los medios impresos, referidas al pasado colonial con que la Europa meridional (latina) marcó a las sociedades norteafricanas hasta el final de la dominación.
Coincidiendo en el tiempo con el proceso de signo culpabilista que desató la posguerra a partir de los años 50 del siglo XX -especialmente en Alemania en torno al Holocausto-, en Francia se fue abriendo paso la voluntad de revisar la presencia colonial en Argelia. Incluso, a finales de los 90, se abrió camino la revisión del status y derechos de los harkis y pieds-noirs en el Hexágono, asuntos vidriosos donde los haya.
Con las limitaciones archivísticas de rigor, Vincennes y Aix-en-Provence iniciaron un proceso de “liberalización” documental precioso para penetrar en el drama colonial que supuso la Guerra de Argelia. Las resistencias, empero, fueron -y siguen siendo- muchas y poderosas en Francia entera. Algo se ha hecho, pero queda camino por andar.
El espíritu que animó el proceso revisionista al que se ha aludido antes data en Europa de los años bisagra 1989-1991, gozne temporal crítico que se hace fácilmente visible porque señala el final del Muro en Berlín, del Imperio Soviético y de la (s) Guerra (s) Fría (s).
La proyección de la voluntad revisionista histórica de los pueblos del centro-este europeos -a partir de 1989- a otros ámbitos del escenario mundial, nos conduce de la mano al libro-testimonio que editó Marc Ferro con el título de Le livre noir du colonialisme. XVIe-XXIe siècle: de l'extermination à la repentance (2003).
En sus páginas se evidencia el proceso de revisión de la expansión colonial europea a partir de un reconocimiento de errores, cuando no de crímenes y violación grave de los derechos del hombre. Así como se evidencia también la invitación al arrepentimiento por la comisión de aquéllos; con, o sin, compensaciones materiales mediante las que saldar una sedicente deuda histórica de las ex-metrópolis con sus antiguas colonias.
El Magreb para Francia, a partir del mandato del general De Gaulle ha sido una cruz de mucha gravidez por la pérdida de combatientes franceses y musulmanes que se registró en el norte de África a lo largo de los años 50 del siglo pasado. Esta coincidencia ha hecho exclamar a más de un ciudadano en ambas orillas del Mediterráneo: “On ne se guérit pas de la guerre d´Algérie”.
Aunque el escenario colonial y descolonizador en Marruecos fuera menos dramático que el de Argelia, el hecho del establecimiento de una diarquía colonial (hispano-francesa) en el Finisterre marroquí, enrareció el diálogo entre Francia y España durante el Protectorado; y actualmente (secuela del colonialismo), entre Marruecos y España.
Si nos atenemos estrictamente a la zona norte de Marruecos a lo largo del itinerario territorial que delimitan Larache al oeste, y Nador, al este, no es menos cierto aquí que -como en toda la “Argelia útil” (Orán-Argel-Constantina) y sin remontarnos al siglo XIX- la Memoria Histórica se puede deslizar con ligereza por paisajes bélicos a partir de la Guerra del Rif, y más próxima a nosotros que ésta, la participación de tropas marroquíes en la Guerra Civil española.
No cabe duda de que una revisión de las guerras coloniales que emprendieron Francia, España e Italia en el norte de África, constituye un capítulo de suficiente entidad como para encender las candilejas que alumbren el escenario de marras; para que se haga la luz finalmente, y con el noble fin de sacar de una vez por todas las percepciones históricas y presentes que prevalecen en los pueblos de la comunidad ribereña del túnel sombrío en que permanecen agazapadas.
Sería un craso error no hacerlo. Ítem más, peor que un crimen sería un error. De su realización depende en alguna medida el mejor entendimiento hispano-marroquí, por ejemplo.
Ahora bien, en este tramo del camino que se inicia ahora, lo que procede evitar es que se estreche el camino y que inevitable sea el choque -cual versa el conocido verso-.
Ello es un riesgo a evitar poniendo a contribución en la maniobra de revisión todo el tacto posible, porque el uso de la Memoria Histórica en un solo sentido tiende a convertirse en proceso de revisión inculpatorio de los derrotados y humillados de ayer, frente a los culpables presuntos que en su momento protagonizaron el papel de los crueles, cuando no el de verdugos.
Se trata de una dinámica difícil de sortear; que exigirá mucho tacto a los responsables de ensayos esclarecedores, que se hagan dentro del campo de la opinión y conciencia públicas internacionales sobre la cuestión de las responsabilidades históricas que figuran en el activo -o pasivo- de cada uno de los actores en juego.
Si seguimos siempre expuestos a la luz de las candilejas, es entonces cuando adquiere valor de advertencia sobria, la puntualización del filósofo Derrida: “...en el mundo que habitamos, desgarrado por tantas enemistades interminables, insistir sólo en el poder curativo de la memoria (histórica), sería una frivolidad. La memoria es una fuerza ambivalente: puede inspirar fidelidad y resistencia, u odio e intolerancia ciega. La memoria es un pharmakon, como dijo Platón, de la escritura; medicina y veneno al mismo tiempo”.
Creo que ha sonado la hora precisa para que en nuestro “arrabal” franco-hispano-magrebí, afrontemos la complejidad del pasado que nos corresponde; luego, habría que intentar metabolizarlo; para lograr instalarnos finalmente en una correlación de vecindad hecha de respecto y valoración recíprocos.




