No derechos individuales, ni libertades públicas
Peligra la democracia en la primavera árabe por el extremismo salafista
lunes 23 de enero de 2012, 10:51h
El proceso de cambios y transformaciones en el mundo árabe abierto con la Revolución tunecina del jazmín, ha permitido salir a la luz del día las fuerzas más conservadoras del Islam político. Desde Mauritania hasta Egipto, pasando por Marruecos, Argelia, Túnez y Libia, los grupos salafistas han irrumpido en la arena política y ponen en peligro las aspiraciones democráticas de la población.
Todos ellos se reclaman defensores de lo que fueron los primeros años del Islam. No aceptan ni la democracia, ni los derechos individuales, ni las libertades públicas entendidas como logros de los Derechos Humanos universales. Tampoco aceptan lo que en Occidente y en buena parte del mundo se consideran como derechos de la mujer, la igualdad de géneros y la igualdad de oportunidades. Y en general desconfían de la política, que consideran como una invención occidental que pervierte la relación entre el Hombre y Dios.
Los resultados electorales en Egipto están suponiendo un mazazo a la esperanza de que la primavera árabe fuese un camino de rosas en la transición entre la dictadura militar del general Hosni Mubarak, y el Estado de derecho basado en la democracia y las libertades fundamentales. El partido salafista An Nour (La luz), que se sitúa a la derecha de la cofradía de los Hermanos Musulmanes mayoritaria en el país, ha conseguido apropiarse de los símbolos del cambio y ha obtenido en las recientes elecciones a la Asamblea entre un 25% y un 30% de los votos. El portavoz de An Nour, Ibrahim Abdul Rahman, considera que los únicos defensores del islam en Egipto son ellos, y aboga por aplicar la Charia “lo más rápido posible”. De hecho considera a sus rivales, los Hermanos Musulmanes del Partido de la Libertad y la Justicia, como un partido “igual que los otros”, dedicado a las alianzas políticas, pero de ninguna manera “el partido de Dios”.
La sorpresa de la irrupción de An Nour en la arena política, ha dejado absortos a los partidarios del islam político de los Hermanos Musulmanes, que ven peligrar su objetivo principal, que es que el Ejército vuelva a los cuarteles y entregue el poder a los civiles.
Otro tanto ha ocurrido en Túnez, cuna de la actual revolución árabe, donde la tendencia salafista arremete contra los principios del laicismo y los derechos de la mujer. Las primeras escaramuzas entre salafistas y “nahdistas”, seguidores del partido Enahda que obtuvo la mayoría en las Elecciones a la asamblea Constituyente y gobierna hoy en Túnez, ya se han producido. Grupos de islamistas salafistas han entrado a la universidad de la Manuba para reclamar el acceso a los recintos académicos con la indumentaria que les caracteriza y el niqab para las mujeres.
La página tunecina de Facebook del Hizb ua Tahrir, el partido salafista internacional que dirige el emir palestino Ata Jalil Abu Rechta, congrega a 18 mil internautas. Aún suponiendo que no todos se reclamen del salafismo, es una cifra escalofriante. La mezquita Al Fatah, situada en el centro de la capital tunecina, se ha transformado en el cuartel general desde el que se inician las marchas de los extremistas islámicos. El nuevo gobierno quiere evitar a toda costa un enfrentamiento con los salafistas, y hasta el momento se limita a impedir los excesos. Pero la situación en la capital es cada día mas tensa. Sadok Churu, un veterano islamista que pasó veinte años en las prisiones de Ben Ali, hace de mediador entre la dirección de Enahda y los grupos salafistas, pero nadie puede predecir hasta cuando durará la tregua.
En Marruecos, los salafistas también han levantado la cabeza y se atreven a salir a cara descubierta y enfrentarse a la opinión pública. Un nutrido grupo de presos condenados por pertenecer a la “salafiya yihadia” han venido protagonizando movimientos de protesta en las cárceles marroquíes, incluida una huelga de hambre. Además, en las manifestaciones del movimiento 20 de Febrero, han aparecido grupos salafistas enarbolando sus banderas negras en las que únicamente se lee: “Alá, y Mahoma su profeta”. Los presos piden que se revisen sus procesos, a menudo tachados de numerosas irregularidades según los abogados defensores de los acusados. Precisamente uno de sus más mediáticos abogados, Mustafá Ramid, es hoy ministro de Justicia en el gobierno del islamista Abdelilah Benkiran. Los salafistas esperan que el nuevo titular de Justicia escuche sus dolencias.
Por el momento los salafistas marroquíes no parecen tener un programa y una visión claras de sus objetivos. Algunos no dudan en reclamarse seguidores de Al Qaeda del Magreb Islámico, mientras que otros simplemente piden que se haga “una purificación” en la práctica del Islam en el país.
Otro tanto ocurre en Mauritania y Libia, donde los grupos salafistas se hacen fuertes. Aunque en ambos países los salafistas son mas proclives a reclamarse de la tendencia yihadista, es decir partidarios del uso de la violencia para combatir a los apóstatas y descreídos.
La marea salafista esconde de hecho diferentes tendencias en su interior: desde los predicadores que piden “la vuelta a los orígenes” del Islam, a “la pureza de los primeros años” del Califato, hasta los que se reclaman dl yihadismo por considerar que no se puede purgar el Islam de sus desviaciones simplemente con la palabra y que hay que utilizar la fuerza.
El principal apoyo, abierto o tácito, del que gozan los grupos salafistas proviene de Arabia saudita, un estado teocrático que por su esencia e historia es la cuna misma del salafismo moderno. Si bien la doctrina oficial wahabita condena el extremismo yihadista de los salafistas. El argelino grupo Salafista de Predicación y Combate, nunca ha recibido la bendición de la jerarquía religiosa saudí. Y el carismático líder espiritual Yusef el Qaradaui, que no duda en sostener la resistencia en Iraq, en Palestina y en Líbano, ha condenado los actos terroristas que el GSPC ha cometido en Argelia, calificando a los comandos autores de los mismos como “terroristas”.
La irrupción de los salafistas en la primavera árabe ha supuesto un choque para los grupos laicos y democráticos por su oposición frontal a los derechos democráticos y a las libertades, pero también para los seguidores del Islam político recién llegados al Poder y que quieren mostrar sus mejores galas frente a un Occidente vigilante.