El lago Victoria, uno de los parajes tropicales más bellos del mundo y de una extensión similar a la de Irlanda, vive uno de los conflictos diplomáticos más rocambolescos del mundo. Tanto el gobierno keniata como el ugandés, países que tienen orilla en el lago, se disputan los derechos sobre la isla Migingo, una pequeña formación rocosa de apenas cuatro hectáreas y situada justo sobre la frontera entre ambos países, que podría desembocar, si no llegan a un acuerdo, en una guerra que desestabilizaría toda África oriental.
Los orígenes del conflicto de Migingo se remontan a los años 20. Durante esa década, el
colonialismo fraccionaba África a base de kilométricas fronteras dibujadas en despachos más que sobre el terreno. De esta manera, al observar el mapa del continente se ve como muchas de sus fronteras son líneas rectas que separaron territorios, comunidades y etnias enteras.
El gran dilema al que tuvieron que enfrentarse los colonos a la hora de repartir África oriental fue el trazar las fronteras que
Uganda, Kenia y Tanzania comparten sobre el lago Victoria puesto que, en aquellos años, los sistemas de medición geográfica eran muy rudimentarios. De este modo, los mapas que se elaboraron no siempre coinciden con exactitud. Es, en medio de este limbo geográfico, donde reside el conflicto.
Migingo, la isla más pequeña de las tres que conforman el archipiélago del mismo nombre, es un promontorio rocoso de
apenas 4.000 metros cuadrados, repleto de chabolas, sin ningún valor geográfico y situado a 25 kilómetros al oeste de la costa keniata. Habitada por un heterogéneo reducto de pescadores, prostitutas y policías, la isla sirve de puerto de atraque para las pequeñas flotas que se ganan la vida con la pesca de la perca del Nilo, un pez que puede alcanzar los cien dólares por pieza en el mercado, el triple del sueldo mensual de un habitante medio de la región.

La tensión en la isla es máxima. Los pescadores keniatas y ugandeses conviven a duras penas hacinados en chabolas. La presencia constante de la policía ugandesa hace que los roces estén al orden del día y que los keniatas, a pesar de representar el
80 por ciento de los isleños, se sientan discriminados. De hecho, la bandera tricolor de Uganda ondea habitualmente en Migingo, así como la de la policía que, curiosamente, se asemeja mucho a la de la enseña pirata.
Mientras Kenia alega razones históricas, geográficas y jurídicas en favor de su soberanía sobre el promontorio, Uganda rechaza las fronteras coloniales defendiendo que la isla se encuentra en su jurisdicción. Si bien es cierto que ambos países reclaman Migingo para sí, el hecho es que, lo que de verdad está en juego, son las aguas colindantes. La
perca del Nilo sólo se encuentra en aguas muy profundas como las que rodean a Migingo. Si uno de los dos países lograra hacerse con la isla, conseguiría la explotación de sus inmediaciones, lo que supondría una fuerte inyección económica para la población local beneficiaria.
Robos, secuestros y torturasA pesar de que la presencia de los primeros habitantes de la isla se remonta a 1991, Migingo ha sido considerada siempre como territorio keniata. No fue hasta comienzos del siglo XXI, al empezar a correrse la voz acerca de la abundancia de la pesca en las inmediaciones de la isla, cuando una avalancha de pescadores, en su mayoría keniatas, arribaron al archipiélago. Uganda, que ya reclamó la isla en la década de los 70 bajo el régimen del dictador
Idi Amin, envió a la zona patrullas policiales para, según Kampala, mantener la ley y el orden, si bien los residentes de Migingo las acusan de robar, extorsionar, detener y torturar a los pescadores, además de izar ilegítimamente la bandera ugandesa. Hasta tal punto ha llegado la autoridad policial en la isla que los agentes exigen a los marineros keniatas y tanzanos el pago de 5.000 shillings (unos 45 euros) como impuesto para faenar en Migingo.
Si bien es cierto que a ninguno de los dos bandos le conviene iniciar una guerra, algo que choca con lo promulgado desde los medios de comunicación a sendos lados de la frontera que esgrimen que,
en cuestión de soberanía, el tamaño no importa, la solución diplomática parece estancada y el nerviosismo va en aumento. Los disturbios en Kibera, el mayor suburbio de África situado a las afueras de Nairobi, que incluyen el sabotaje de la línea ferroviaria que une ambas capitales, un nexo comercial vital en la región, son muy habituales. Estas revueltas han provocado que Kampala tenga que buscar alternativas más costosas para el transporte de petróleo y alimentos con los que abastecerse y se haya planteado, incluso, llevar la disputa ante el
Tribunal Internacional de Justicia de La Haya. 
Por su parte, los pescadores keniatas de Migingo reclaman una actuación rápida y eficaz de Nairobi que no acaba de materializarse por los intereses que median entre ambos países, miembros los dos de la
Comunidad del Este de África (EAC). Ya desde el inicio, esta organización aduanera de los países africanos orientales se desmarcó del conflicto al sostener que es una cuestión entre dos de sus miembros y que carece de jurisdicción sobre este tipo de asuntos.
A pesar de las reticencias iniciales de ambos países por iniciar un conflicto armado, las voces belicistas en el seno del gobierno de coalición keniata van en aumento. Una guerra con Uganda por la soberanía de Migingo silenciaría las críticas al régimen del presidente Mwai Kibaki, que lidia, desde hace meses, con las acusaciones de
abuso de poder, fraude y corrupción agravadas por la crisis económica, la hambruna que azota el país y las sequías que arruinan al campesinado. Si bien el apoyo popular a una respuesta militar ante las injerencias soberanistas de Kampala es muy alto, tanto Kibaki, como el primer ministro, Raila Odinga, son muy cautos a la hora de hacer declaraciones al respecto, sabedores de que una guerra podría llevar a la ruina definitiva al país.
Intereses cruzadosLa dependencia entre ambos países es máxima. La salida más directa que tienen las exportaciones ugandesas al Índico es a través de los puertos keniatas por lo que un conflicto armado conllevaría una importante limitación del comercio del que depende Kampala cortando, de esta manera, la red de suministros que abastece al país. Por su parte, Kenia necesita mantener una relación amistosa con su vecino occidental ya que Uganda es el principal destinatario de sus exportaciones por lo que, de verse clausurado este mercado, los ingresos de Nairobi se verían muy mermados. En medio de este conflicto de intereses se encuentran los demás países de la EAC (Tanzania, Ruanda y Burundi), así como Sudán, Etiopía, Somalia o la República Democrática del Congo (RDC), de una gran inestabilidad política, social y económica, a los que un enfrentamiento bélico en la región afectaría de manera directa.

Con el objetivo de zanjar esta disputa, Kampala y Nairobi organizaron el año pasado una
ronda de negociaciones para dirimir qué país tenía razón. Tras intensas reuniones, las consultas acabaron en fracaso entre acusaciones de falta de rigor en las propuestas y de que cada delegación anteponía los intereses nacionales a una solución amistosa. Mientras que esta comisión no logró alcanzar ninguna solución, la comunidad internacional, de la mano de
Estados Unidos, da la razón al Gobierno de Kibaki situando Migingo dentro de territorio keniata en base a mapas de 1926.
Si bien la tecnología ha avanzado mucho, las mediciones siguen siendo motivo de discusión. Incluso ‘Google maps’ ha sido duramente criticado por ambos litigantes que no están de acuerdo con la localización proporcionada por su sistema. En consecuencia, la multinacional ha optado por ‘borrar’ la isla de sus mapas hasta lograr situarla con precisión.
Al borde del colapsoMigingo no es el primer caso en la zona. Uganda ya protagonizó un episodio similar con la República Democrática del Congo. Kampala se enfrentó a la RDC por los derechos de la
isla Rukwanzi, en el lago Alberto, después de que se descubriera que, debajo de ésta, existía un yacimiento petrolífero. Tras una tensa escalada militar, Uganda desistió y admitió la soberanía congoleña sobre la isla. Los defensores de la postura keniata en Migingo ven en este antecedente la excusa perfecta para denunciar el supuesto afán expansionista del presidente ugandés,
Yoweri Moseveni, que, según la prensa oficialista de Nairobi, pretende ampliar su dominio a las regiones limítrofes con Tanzania y Sudán.

Pero, además de la crisis diplomática, el lago Victoria, del que dependen
30 millones de personas, también acoge un drama medio ambiental que podría encender de igual manera la mecha del conflicto. La sobreexplotación de sus recursos, el descenso del nivel de sus aguas debido al calentamiento global, medio metro cada año, y la contaminación industrial están provocando que el lago muera poco a poco. La perca del Nilo ha visto reducida su población en un 70 por ciento en apenas dos décadas debido a la pesca sin control. Se calcula que, sólo en Migingo, se capturan entre tres y cinco toneladas de pescado al día.
Las organizaciones ecologistas han denunciado la crítica situación del lago Victoria y están intentando sensibilizar a la población local explicándoles que, de seguir a este ritmo de explotación, el lago,
su principal medio de subsistencia, podría desaparecer en 20 ó 30 años. Además, la crisis ecológica podría involucrar en el conflicto a otros países dependientes del lago como los miembros de la EAC, Egipto, Djibouti, Eritrea o la República Centroafricana.