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¿También en la ópera el físico es lo único que importa?

lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Actualizado el: 07/08/2015 09:33h
Los llamados tabloides británicos se han ganado a pulso su fama de despiadados. Amarillos como ningún otro periódico del mundo, suelen despedazar a sus víctimas porque su negocio consiste, precisamente, en explotar el escándalo, ridiculizando en lo posible al objetivo. Cuanto más sensacionalista sea la noticia, mejor. Sus incalificables fotografías son famosas no sólo en aquel país y, en definitiva, su existencia se ha convertido en uno de esos indiscutibles puntales sobre los que se sustenta la tradicional sociedad británica, tan alérgica a los cambios. Pero, si de los tabloides uno puede esperarse casi cualquier cosa, los periódicos serios, como el Financial Times, The Telegraph, The Independent o The Guardian, se han venido caracterizando siempre por todo lo contrario. Su lenguaje de corte erudito marca, incluso, las diferencias entre los lectores. O lo que es igual, en la propia sociedad británica. Y, sin embargo, hace unos días estos periódicos pretendidamente intelectuales conmocionaron, de repente y sin venir a cuento, al mundo de la ópera y de la cultura en general.

La mezzo soprano Tara Erraught debutaba en el prestigioso Festival de Glyndebourne – uno de esos acontecimientos relacionados, también por tradición, con quienes suelen frecuentar Ascot - el papel de Octavia en la obra de Richard Strauss, El caballero de la rosa. Todo salió, en principio, como tenía que salir. Solo faltaba esperar al día siguiente para leer las críticas en los más prestigiosos periódicos – no parece probable que los tabloides se interesen por un mundo que continúa siendo algo pequeño – y comprobar que la carrera artística de Tara, considerada como una de las estrellas emergentes del género, seguía escalando los correspondientes peldaños. Sin embargo, nadie, mucho menos la mezzo irlandesa, podía imaginarse lo que los críticos de ópera de los citados periódicos habían escrito sobre ella. En primer lugar, porque las críticas no se centraban en lo que de verdad importa: la calidad de su voz y su interpretación a nivel actoral, sino que hacían referencia, sobre todo, a su físico. Y en segundo, porque esos mismos críticos, cuando, por fin, se dignaban a calificar el aspecto profesional de Erraught coincidían en ensalzar su valía artística. El único problema, aseguraban como si se hubieran puesto de acuerdo en alguna especie de surrealista apuesta, era que a la cantante le sobraban algunos kilos. Y dicho así, que así ya les adelanto que no lo dijeron, aunque resulte por completo censurable, al menos no habría caído en un despiadado insulto, en una inconcebible descalificación personal.

Precisamente en nuestra época, cuando en la mayor parte del mundo se impone la norma de medir y pesar a las modelos para intentar atajar graves problemas psicológicos como la anorexia, el crítico del Financial Times, Andrew Clark, se quedaba tan ancho escribiendo en su crítica que “Tara es un envoltorio regordete de grasa de cachorro, más apta para el papel de Mariandel que el de Octavia”. Eso sí, calificaba su voz de gloriosa. Por su parte, tampoco el crítico de The Telegraph ponía en tela de juicio la calidad profesional de la mezzo, de quien dijo que cantó con una “seguridad vibrante” y demostrando tener una gran vis cómica, pero a continuación añadía, con una crueldad gratuita e incomprensible, que consideraba su “físico sin remedio”. Por si fuera poco, su colega en The Times aseguraba en sus líneas que la joven cantante era “poco creíble, fea y nada atractiva”, a la vez que The Independent la llamaba “regordeta” y The Guardian asestaba la estocada final con un “rechoncha”, cuyas letras habría que hacerle tragar, una a una, al crítico que lo escribió.

Parece imposible mayor grado de superficialidad, a pesar de que la moda del culto al cuerpo lleve ya muchos años planeando sobre cualquier tipo de actividad social y, cómo no, también profesional. Incluida la ópera. Hace décadas que aquellas divas de antaño sólo viven ya a través del personaje de Bianca Castafiore en las inmortales aventuras de Tintín, o en las funciones del musical El fantasma de la ópera. En la actualidad, cualquier prima donna tiene asumido desde que empieza que allí quien maneja el cotarro es el director de escena y que alguna vez le tocará cantar mientras chapotea en el barro o desde lo alto de una oscilante pasarela. Y es cierto que las cantantes son cada vez más delgadas, aunque sea bien sabido que para los cantantes de este género, hombres y mujeres, resulte más indicado que haya algún kilo de más, en vez de alguno de menos. Siempre que no se trate de algo exagerado y, desde luego, en el caso de Tara Erraught no lo es.

Desde el entorno de la cantante nacida en Dundalk se ha preferido no entrar a valorar las críticas, limitándose a declarar que Tara “está centrada en la música y preparando sus próximas actuaciones”. Pero no es difícil imaginar lo que tan repugnantes comentarios habrán podido afectar a una artista que, además, se encuentra en sus comienzos, a pesar de haber cosechado éxitos importantes a nivel internacional con óperas como El niño y los sortilegios, de Maurice Ravel. Han sido, sobre todo, sus compañeros de profesión los que han querido salir en su defensa a través de sus perfiles en las redes sociales o, como en el caso del bajo-barítono canadiense Trevor Eliot Bowes, mediante una carta pública dirigida a Tara. “No puedo resistirme”, escribe Bowes, “a darte las gracias por tu verdadera honestidad, que es algo muy raro y muy especial en un mundo cada vez más superficial”. Personalmente, me hubiera gustado añadir la mítica frase que dirige Don Quijote a Sancho Panza: “Ladran, luego cabalgamos”.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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