Tres mujeres portuguesas
martes 05 de enero de 2010, 22:05h
Vuelvo de un viaje de invierno por el centro de Portugal destinado a visitar las tumbas de Inés de Castro y Pedro I. Más de una vez vi la obra de Alejandro Casona, Corona de amor y muerte, y en Coimbra, a orillas del Mondego, contemplé la Quinta de las Lágrimas, llamada antaño Quinta del Narciso, donde vivía Inés con sus hijos. Llegó la malhadada a esta ciudad de esplendor y saudade en calidad de dama de doña Constanza, princesa de Castilla prometida al rey portugués desde su nacimiento por razones de Estado. Y Pedro quedó fascinado por su atractivo.
Los sepulcros del rey portugués y su amante gallega, en mármol blanco labrado con finura, están con los pies enfrentados, a ambos lados del crucero de la iglesia de la Abadía cisterciense de Alcobaça. Así, cuando despierten y se yergan, se encontrarán con el rostro del amado, tal como dispuso el desesperado Pedro tras el asesinato de Inés, a quien coronó ya muerta.
Conocí la romántica y truculenta historia por relatos familiares, y en mi recuerdo se une al romance de Vélez de Guevara: “Pastores de Manzanares, yo me muero por Inés, cortesana en el aseo, labradora en guardar fe”.
Recorriendo luego las tierras del Alto Alentejo, hermosas y arriscadas, me hablaron de otras dos mujeres. Una es Brites de Almeida, panadera de Aljubarrota, también del siglo XIV como Inés cuello de garza, pero afamada ella por su fiereza y fealdad. Algunos cuentan que tenía seis dedos en cada mano y ojos muy pequeños. El historiador Herculano duda incluso de que sea un personaje real, aunque resalta su condición de leyenda efectiva y de símbolo del orgullo de un pueblo en su lucha contra el invasor. La hazaña de Brites consistió en encender el horno al percatarse de que allí se hallaban siete soldados castellanos después de perder la muy recordada batalla de Aljubarrota frente a las tropas portuguesas apoyadas por arqueros ingleses. Tal proceder le valió una estatua y un panel de azulejo conmemorativo en el pueblo homónimo, donde tenía su obrador.
Ni un amor mortífero ni la iracundia distinguieron, en cambio, a la pintora barroca Josefa Ayala o de Óbidos, como acabó llamándose por la villa amurallada y blanca de donde procedía su familia paterna.
Los lazos entre los países ibéricos son sobre todo culturales y con frecuencia se trenzan en la región conímbriga. De madre española y padre luso, fue diestra en el claroscuro tenebrista y sus óleos, entre los que sobresale El casamiento místico de santa Catalina, se disponen en un recogimiento curvo de las figuras hacia un punto central, tal como ocurre en las miniaturas, género que cultivó al igual que el grabado. Asentada en Coimbra, no siguió la carrera religiosa pese a residir en el convento agustino de Santa Catalina.