José Manuel Cuenca Toribio
JOSÉ MANUEL CUENCA TORIBIO es Catedrático de Historia de la Universidad de Córdoba.
Tribuna
Amar la justicia
Cuenta en dos de los pasajes más brillantes de sus recuerdos un hombre de Iglesia que ha conocido en sus reconditeces las relaciones entre ésta y el Estado español en el franquismo y la transición cómo su madre honraba la memoria de su esposo aludiendo a la relativa impopularidad que concitara su labor como alcalde rural “por haber amado la justicia”. Grande y envidiable legado sin duda a la hora de iniciar la aventura de la vida y de moldear conductas. Entre los eclesiásticos y en todo el universo de la Iglesia es muy frecuente encontrar móviles de justicia en los razonamientos y metas, y algo menos habitual detectarlos en el nunc et hic y en los comportamientos diarios, más De internis necque Ecclesiae…
Naturalmente, no se encierra ni exclusiviza el afán de justicia en el marco de lo religioso, lato sensu. Su veta fluye anchurosamente por todos los terrenos y estratos. Y hay un encomiable linaje de hombres y mujeres que consagran su existencia a la pureza de sus fueros. Todas las profesiones ejercidas abnegadamente suscitan un aplauso, pero debe reconocerse que muy pocas como las del derecho provocan una simpatía más espontánea. A todo o así todo se resignan los habitantes del planeta Tierra, menos a abdicar de sus derechos. Se comprende o malentiende que la enfermedad sea en última instancia invencible y la muerte inexorable, pese al saber de los médicos; más nunca nos avendremos a que el haragán se adelante al trabajador, el delincuente sea ensalzado y el honesto agraviado, bien sea a causa de un deformado código de valores o por favoritismo de los principios de este mundo. La rebeldía ante la injusticia —supuesta o real- es en muchas vidas humildes el único patrimonio y la sola voz de los sin voz.
De ahí que en una nación quizás no por casualidad patria del Quijote, sea hoy tanto el revuelo y la desesperanza a que da lugar la ofensiva general que parece desencadenarse contra la justicia, ante la impotencia de sus mejores custodios y servidores. Es innegable, pues lo refrenda la observación más superficial, que la justicia funciona en España, es decir, que jueces y magistrados cumplen en su gran mayoría con meticulosidad sus trascendentes responsabilidades, a despecho de sombras e insuficiencias, por lo demás, comprensibles, sobre todo, en un país aún lindante con el tercermundismo en muchos aspectos. En el mismo orden de cosas y a pesar del nuevo boom de los estudios de Derecho, es de presumir la vocación en su ingreso y, por ende, el clima de respeto a la ley que los más jóvenes de entre nuestros abogados expandirán en torno a sí en despachos y empresas.
Más tan manifiesto como todo lo afirmado resulta ser en la convivencia de la España de la Expo, la Olimpiada y Maastrich la abundancia tábido y la dimisión creciente de cumplimientos y deberes. Aunque los medios informativos busquen títulos sensacionalistas y se muestren coprófilos por mor de sus feroces luchas por el mercado, no es en modo alguno artificial la reluctancia provocada en el ciudadano corriente por la sucesión de escándalos políticos, financieros y de toda laya engarzados como las cuentas de los antiguos rosarios.
Así, es claro, no se hallarán muchas posibilidades de cohesionar al país frente a grandes trabajos colectivos. Sin historia no cabe concebir la existencia de una nación; pero tampoco sin un ilusionado proyecto de futuro. Si la justicia volviera por sus fueros como en otros períodos de nuestro pasado de recuerdo estimulante, no habría por qué desterrar a la esperanza.




