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Andalucía y su régimen (psoísta)

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 01 de febrero de 2010, 19:11h
En las tierras del Mediodía peninsular –en puridad, en casi todo el Sur de la nación- se ha instalado un Régimen, con vocación si no de eviternidad sí, desde luego, de eternidad. Desde el comienzo de la restauración democrática los andaluces no han conocido otro gobierno regional y autonómico que el del partido fundado por Pablo Iglesias ha ya más de un siglo atrás. Y en un Estado de Derecho y en un sistema de libertades más de un cuarto de siglo de permanencia en el poder equivale, en efecto, a un periodo inacabable en la percepción de la opinión pública más sensible y responsable, haciendo, de otra parte, albergar en la fuerza dirigente una lógica aspiración a la permanencia ilimitada en su situación al contar, elección tras elección, con la confianza de gran parte de la ciudadanía. Si a ello se añade que la rectoría socialista andaluza se proyecta sobre un pueblo estragado de antiguo por todos males del caciquismo se completará el panorama que contextualiza muy adecuadamente el llamativo fenómeno que nos ocupa.

Por la propia dinámica del Establishment andaluz éste ha alcanzado unas cotas desconocidas de eficacia en el funcionamiento de su maquinaria y en la consecución de objetivos y metas muy superiores a los logrados por otros partidos españoles de dilatado usufructo del poder autonómico, a la manera, entre otros, del PNV, Convergencia o el PP gallego. Todos los cuales desplegaron su prolongado gobierno contra una oposición de mayor fortaleza y presencia que la del PSOE andaluz y, muy salientemente, en el marco de sociedades más activas y poderosas. El contrapeso visualizado por el errático e incoherente Partido Andalucista y por un PP heredero, malgré lui a las veces, de no pocas de las lacras del conservadurismo más miope y troglodita del país, ha sido en casi todos los aspectos auténtica quantité negligeable frente a un adversario convertido en verdadero virtuoso en las artes menos recomendables de la vida pública. Las leyes de la gravitación rigen también el universo de la política, y los resultados de tal paisaje institucional y parlamentario han sido los frutos cedizos que yerman la convivencia meridional hasta un extremo que no se calibra de ordinario con justeza al otro lado de Despeñaperros. Durante las presidencias de R. Escudero y J. Rodríguez de la Borbolla, es decir, en la penúltima década del siglo pasado y primera del autogobierno regional, ora por la personalidad de ambos abogados sevillanos, ora por el todavía poroso terreno que comenzaba a roturarse meticulosa y hondamente por la esteva socialista, los brotes verdes que aquí y allá podían aún detectarse alimentaron la esperanza de un porvenir hormado por el espíritu y la praxis democráticos. Vana ilusión. El forzado desembarco hispalense del ministro de Trabajo M. Chaves fue, ante la sorpresa general, la inauguración de una etapa de férreo y puntilloso control de la existencia pública andaluza, sin parangón con otros episodios se semejante jaez, según se indicara más arriba.

La vida entera española no se tonificará mínimamente mientras en la porción más extensa y poblada de la nación no se derribe la inmensa fortaleza de nepotismo y discrecionalidad edificada con todo pormenor en el Mediodía por el partido de D. Julián Besteiro y D. Fernando de los Ríos. Tal caída podría realizarse a través de la reforma interna o de la alternancia. Aunque las dos vías semejan, a la fecha, muy obliteradas, apostemos, en un rapto de optimismo, por la primera, siquiera sea por cortesía al flamante presidente Griñán, portador quizá de otro talante que su predecesor. (Continuará, y tal vez en muchas entregas sucesivas…).
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