El desprestigio de la política
martes 19 de mayo de 2009, 17:19h
A veces los políticos parecen no ser conscientes de que tienen en sus manos, administran, un capital que no les pertenece, del que sólo son gestores. Este capital es la democracia: con sus instituciones, sus principios, sus valores, sus usos jurídicos y sociales... No es lo de menos la administración responsable del dinero público, pero desde luego es mucho más importante para el buen funcionamiento del sistema político la gestión de otros elementos que podemos denominar como capital simbólico. Es éste difícilmente cuantificable, pues no se puede medir única y exclusivamente en términos monetarios ni siquiera sólo en términos cuantitativos. ¿Cuánto vale el buen funcionamiento de las instituciones? ¿Cuánto? Nadie podría dar una cifra exacta.
Este capital es de todos, de todos los ciudadanos, y como las sociedades no son construcciones abstractas, sino que tienen un pasado, este capital es histórico en el sentido de que el hombre siempre está en un momento de la historia, nunca es el primer hombre. El contrapunto de lo histórico es el futuro y éste depende de cómo se administre el capital de la democracia.
Los últimos meses y muy especialmente las últimas semanas nos han dejado muestras de la irresponsable gestión de algunos políticos respecto a este capital simbólico. Pondré algunos ejemplos:
El carpetazo con el que el Partido Popular ha cerrado la comisión sobre la supuesta trama de espionaje en la Comunidad de Madrid sin que se haya permitido que los supuestamente espiados pudiesen aclarar su posición (no olvidemos que eran miembros del propio PP) es un síntoma del más absoluto desprecio hacia los derechos fundamentales consagrados en la Constitución, que podrían haberse visto vulnerados.
Se impone una mayoría parlamentaria contra toda razón, mientras algunos de los supuestamente espiados dejan abierta la vía judicial, es decir, que no comparten la resolución de la comisión de investigación. El tema está en manos de los tribunales y sería muy conveniente que en cuestiones que afectan al fondo de la democracia éstos actuasen rápida y eficazmente, para que la sociedad pueda reclamar responsabilidades políticas cuanto antes.
Otro ejemplo lo encontramos en el debate del estado de la nación, donde el presidente del Gobierno propuso una serie de medidas contra la crisis económica que se ha mostrado de inmediato que apenas habían sido reflexionadas no ya a fondo, sino ni siquiera en los aspectos más pragmáticos como su puesta en práctica. Ahí está el caos que se ha montado con las ayudas por la compra de coches, que sin llegarse a aprobar se ha lanzado al sector el mensaje de que se otorguen y confíen de buena fe en que el Ejecutivo las llevará al BOE y se aplicarán retroactivamente. De no haberse hecho esto, la venta de automóviles se podría haber paralizado durante varias semanas y el resultado hubiera sido, cuanto menos temporalmente, justo el contrario del que se buscaba.
Claro que las improvisaciones de Zapatero no son elemento suficiente para que el líder de la oposición, ese señor normal de provincias como gusta definirse Rajoy, les dijera a los diputados socialistas que no se enteraban porque no sabían leer y que no les preocupaba lo más mínimo los cuatro millones de parados. Esos tópicos instalados en la derecha para denigrar en su conjunto a la izquierda y esa política de brocha gorda cuyas simplezas uno oye repetir en ciertas reuniones privadas son sólo equiparables a los comentarios referidos a la derecha en su conjunto que escucha en otras reuniones. Si dichos tópicos y dicha política de brocha gorda ya son absurdos en esas reuniones privadas, desde luego son absolutamente irresponsables si se lanzan en público.
Sobre el nivel de nuestros políticos hay mucho que decir, de los buenos y de los malos políticos, que de todo hay. No estoy convencido, a pesar de que se va convirtiendo en un lugar común, de que en la política haya peores profesionales que en la banca o que en la industria del automóvil o que en la enseñanza, y más bien creo que la vida política refleja el nivel social de cada país. Se ha criticado en los últimos tiempos que haya políticos que sólo hayan hecho política, es decir, que no tengan una profesión más allá de la política, pero no creo que a priori la dedicación profesional a la política sea negativa e incluso es contradictorio que reclamemos la profesionalización como norma general y para la política pensemos que son mejores otros patrones, aunque sí es cierto que hay determinados políticos -no creo que los más- que difícilmente podrían ganarse un sueldo tan sustancial fuera de la política, al igual que hay políticos que podrían ganar mucho más dinero ejerciendo profesiones privadas.
Tampoco me parece que los males que aquejan a la vida política sean peculiares de España. Miren ustedes el jaleo que se ha montado en la Cámara de los Comunes a propósito del uso de los fondos públicos por parte de los diputados.
Todo esto no hace sino contribuir al desprestigio de la política y, quién sabe, si lanzar a las masas de incrédulos (políticos) hacia nuevas ideologías totalitarias. Es digno de reflexión que numerosas manifestaciones, incluso las lúdicas, acaben con enfrentamientos buscados contra las fuerzas de orden público.
Los políticos deberían hacer un esfuerzo para gestionar más prudentemente el capital simbólico que los ciudadanos ponemos en sus manos.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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