David Felipe Arranz

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David Felipe Arranz es filólogo, periodista y profesor asociado de la Facultad de Humanidades, Comunicación y Documentación de la Universidad Carlos III de Madrid. Es director de "El Marcapáginas" de Radio Inter.

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escrito al raso

El gabinete de prensa de Carlos V

18-04-2011

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Los gabinetes de prensa de los gobernantes, fontaneros extraoficiales de las chapuzas y escapes de credibilidad del Ejecutivo, no constituyen un invento actual. Sacudirse los sambenitos que la opinión pública cuelga a los presidentes, la mayor parte de las veces de manera justificada, es su especialidad y torear a los chicos de las prensa su tarea diaria. Con mucho más arte y estilo y menos desvergüenza que ahora, se venía haciendo desde tiempos del emperador Carlos V, en plena ebullición renacentista del “noticierismo” y las guerras informativas contra los scrittori d’avvisi que tuvieron lugar en Europa a finales del siglo XV.

Para comprender mejor el origen de los lobbies y grupos de presión del Poder, hemos de acudir a la extraordinaria Biblioteca Castro, editorial que ha publicado la obra completa de los hermanos erasmistas Alfonso y Juan de Valdés, editada por Ángel Alcalá. Formados en el siglo XV, los hermanos Valdés se hicieron eco en la centuria siguiente del feroz combate contra el libelismo —generalmente ejercido por el contrapoder— y vivieron en primera persona las intrigas y la génesis de opiniones favorables o desfavorables hacia los mandatarios de su tiempo, en especial Alfonso. A diferencia de los deslucidos jefes de gabinete de hoy, estos conquenses fueron capaces de transformar una noticia en un diálogo, una nota de prensa en una obra literaria, una carta en un texto de filosofía política.

Los monarcas empezaron a institucionalizar y a lanzar sus propios “gabinetes de prensa” para controlar la opinión pública, sujeta ya al movimiento iniciado en Roma con los rapportisti y los gazzetanti, tan peligrosos para el Poder que en 1587 el papa Sixto V hizo que a uno de ellos, Aníbal Capello, le fuera cortada primero una mano, después la lengua y finalmente lo ahorcaran por difundir noticias “falsas”, como aviso para navegantes de la información. El dramaturgo inglés Ben Jonson llegó incluso a representar la primera obra de ficción metaperiodística, El comercio de noticias (1626), una deliciosa mascarada sobre el newsmaking barroco que ninguno medianamente interesado en nuestra profesión debería dejar de leer.

Qué duda cabe de que la correspondencia fue el medio de comunicación de noticias, sucesos y comentarios por excelencia; preludio del aviso, la epístola contenía todo lo que deseaba un hombre principal para estar bien informado de los asuntos políticos del momento; de hecho, el lombardo Pedro Mártir de Anglería, maestro de Alfonso de Valdés, fue un experto escribidor de cartas informativas —de él decía Menéndez Pelayo que “podía pasar sin esfuerzo de un asunto a otro y dictar la cartas mientras le preparaban el almuerzo”. En este contexto, Alfonso de Valdés, secretario oficial de cartas latinas de Carlos V —el emperador no sabía leer ni escribir en latín, entonces la lengua oficial de intercambio internacional— hace evolucionar las cartas intercambiadas en palacio hacia el diálogo renacentista, género propagandístico que en sus manos tomó el signo de pro imperator y antipapal.

La Biblioteca Castro y Ángel Alcalá nos descubren la obra completa de este apasionante laico con grandes conocimientos teológicos, que fue denunciado por luteranismo a la Inquisición pero sin éxito alguno por sus antagonistas: Baltasar de Castiglione, Navaggero, Jean Lallemand y hasta el propio confesor imperial, el hipócrita fray García de Loaisa, que lo avisaba continuamente para que se previniera de sus enemigos… sólo que omitía que él estaba entre ellos. Su Diálogo en que particularmente se tratan las cosas acaecidas en Roma y el Diálogo de Mercurio y Carón dan testimonio vivo de esta mezcla de información y opinión, de historia y ficción, convertida en una pieza fundamental del canon literario hispánico. Y es que los autores del XVI eran verdaderos comunicantes y recurrían al diálogo mucho antes de que la comedia terminara siendo el medio informativo de carácter multitudinario.

El afán informativo hizo incluso que se creara una gaceta noticiera adjunta a las cartas a la que se iban incorporando los sucesos que se producían durante el trayecto del correo “porque así se excusan los particulares de escribir teniendo las gacetas impresas y reguladas”, que a fin de cuentas se trataba de controlar la información. Y qué mejor forma de hacerlo que a través de la imprenta. Si el emperador pudo disponer de sus secretarios propagandísticos, su hijo no le fue a la zaga: Felipe II nombró oficialmente a Cabrera de Córdoba “gacetero” oficial del reino, reforzando el periodismo de gabinete frente a la otra corriente más libertaria, la que corría entre tertulias, academias, corrales, cofradías y bandos literarios, y ésta no puede entenderse sin aquélla.

La facción del periodismo aventurero —practicada por Jerónimo de Barrionuevo y José de Pellicer con sus avisos en un sistema impregnado de política absoluta— nos recuerda, a la vista de la actualidad, qué poco han cambiado las cosas: “En Madrid muere gente por ayuno forzoso” o “El rey se ha comprado una góndola dorada de coste de 30.000 ducados”. A buen seguro que estos titulares gustaron tan poco al Poder de entonces como gusta el de ahora, pero… es lo que tiene contar la verdad.







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