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EDITORIAL

Ibarreche de espaldas a la realidad

11-05-2008

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Hace ya siete años que el plan Ibarreche forma parte de manera cíclica e intermitente de la realidad política española. Siete años en los que el PNV ha visto como su caudal de votos ha ido disminuyendo de forma inversamente proporcional a sus exigencias independentistas. La fórmula no falla. Cuanto más se radicalizan sus posiciones, menos apoyos consigue en las urnas. Las cifras son claras y, aunque existen voces en su seno que empiezan a señalar este hecho y a pedir un viraje en su política, como hiciera hace algunas semanas el diputado general en Vizcaya, José Luis Bilbao, que reconoció el “fracaso” de Lizarra y el tripartito y abogó por un posible pacto de gobierno con el PSE, el lehendakari Ibarreche y el Gobierno vasco en general parecen vivir de espaldas a la realidad y, lo que es más grave, a la sociedad a la que gobiernan.

A dos semanas de la reunión que mantendrán en La Moncloa Ibarreche y José Luis Rodríguez Zapatero, ayer se hacía pública la propuesta que el líder nacionalista le hará al presidente del Gobierno. Como quien oye llover, Ibarreche insiste en reivindicar el ilusorio “derecho a decidir de los vascos”. En principio, nada que objetar. Pero tal pretensión lleva un trámite: habrá que cambiar la Constitución de 1978 para redactar y aprobar otra confederal. Hasta Ibarreche puede comprender que, en nuestro ordenamiento jurídico supremo, la soberanía reside en el pueblo español, entendiendo por tal el conjunto de todos los ciudadanos libres e iguales. De modo y manera que a todos nos compete decidir sobre una propuesta de tal trascendencia. Además, el Presidente del gobierno vasco parece olvidar que los ciudadanos vascos viven en un sistema democrático que les permite expresarse libremente en las urnas cada cuatro años, como mínimo -sistema que, además, es el que le legitima como lehendakari-. De hecho, la única opresión que impide a los vascos ejercer su “derecho a decidir” en plena libertad viene por parte de ETA.

Al lehendakari se le llena la boca hablando de derechos y libertades, pero no se atreve a apoyar con todas las de la ley a quienes necesitan escolta para caminar por las calles de su pueblo, a quienes tienen que soportar amenazas y coacciones o a quienes han perdido a un ser querido por la barbarie terrorista. Tan cegado está en su afán por conseguir que el “pueblo vasco” decida su futuro, que no se ha dado cuenta de que él es el único que parece echar en falta esa quimera. Si algo tienen en común ETA e Ibarreche es que ambos, cada uno a su manera, aseguran luchar por un pueblo al que se niegan a escuchar.







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