Inconsecuencias peligrosas
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 13 de septiembre de 2013, 17:21h
A través de la confidencia de un amigo cabal, llegan al cronista noticias de que un círculo cultural integrado por notarios, afamados médicos y altos funcionarios de la Administración de una Comunidad Autónoma mostró, ha poco, sus reservas de que un acreditado conferenciante interviniese en una de sus sesiones debido a sus ideas “demasiado conservadoras…”.
El lance, anecdótico sin duda, es, sin embargo, en extremo revelador del clima mental en que se ha desenvuelto desde hace casi dos siglos la vida intelectual y política de Occidente; nota o característica que en nuestro país se descubren, además, en los últimos decenios con patencia y vigor muy superiores de ordinario a los de los países de su entorno. La causa principal de fenómeno sociológico y doctrinal tan importante se debe probablemente al revival experimentado en dicho periodo por la memoria de la excruciante guerra civil de 1936. Mas al margen de los motivos de su origen, lo importante del hecho reside en su poder modelador de una realidad social que, en muchas de sus facetas, semeja muy alejada de los tiempos en que los grandes relatos ideológicos dividían maniqueamente lo blanco de lo negro, lo justo de lo injusto. Pasan a toda velocidad por el escenario de la historia modas y modelos del pensamiento, estereotipos y axiologías, pero permanece roborante, a prueba de multiculturalismos y relativismos, de escatologías y postmodernismos, la división bipolar de progresistas y retrógrados, reaccionarios y avanzados.
Naturalmente, cuando en un marco social que tiene al cambio –a menudo, el cambio acelerado- como motor y eje vertebrador de su dinámica, la categoría antedicha goza de toda vigencia en los usos comunitarios, sus raíces han de estar a fortiori muy arraigadas en el inconsciente colectivo y en la conciencia identitaria de una nación o pueblo. La controversia entre antiguos y modernos, novadores y conservadores, viene en la Europa moderna, como es bien sabido, de longue date y se incluye en el envidiable acervo de sus tradiciones y referencias culturales. Siempre habrá partidarios del movimiento y otros inclinados por el ritmo lento y el paso mesurado. Sin embargo, lo sorprendente de nuestra época estriba en el elevado grado de inconsecuencia que acompaña a la aceptación –sedicente o efectiva- de la mentalidad progresista del lado de hombres y mujeres de posición económica y social situada en la cúspide del poder en sus diversas manifestaciones. El desarrollo educativo, la amplitud de horizontes de una comunidad cualquiera del Viejo Continente en el inicio de su travesía por el tercer milenio de su rica historia, la reflexión mínimamente exigible a sus elites, determinan una atmósfera en la que no siempre resulta comprensible (aunque sí respetable) su conformista e inercial actitud frente a divisiones y vocabularios infirmes cuando no yermos.
En corto y rasero vuelo, el articulista y su amigo concordaron en que los miembros de la referida tertulia evidenciaron, en todo caso, su invidencia al no invitar a hablarles a alguien que, en el peor de los supuestos y de cumplirse su apriorística apreciación, hubiera defendido las ideas y postulados sobre los que, en último término, se basaba su estatus y, en definitiva, su misma existencia a nivel individual y colectivo. Homines tamen…