La restauración de Aznar
viernes 31 de mayo de 2013, 20:30h
Estos últimos días ha levantado mucho revuelo la vuelta a la actualidad política del ex Presidente del Gobierno José María Aznar. En la entrevista concedida a Antena 3 se dijeron algunas cosas y algunas otras se dieron a entender. Todas ellas, al igual que las motivaciones de fondo que puedan esconderse tras la reaparición de Aznar, han sido y seguirán siendo, a buen seguro, comentadas y analizadas. Sin embargo, yo querría detenerme hoy aquí en otro aspecto de esta reaparición o, mejor dicho, en otra reaparición. Porque, unos días después de la famosa entrevista, José María Aznar volvía a hacer acto de presencia, esta vez en el Congreso de los Diputados, con motivo de la presentación de la colección de biografías políticas que FAES inauguraba dedicando sendos volúmenes a tres figuras del liberalismo conservador español: Antonio Cánovas del Castillo, Francisco Silvela y Antonio Maura.
Más allá de si Aznar le lee la cartilla a Rajoy y más allá de si el ex Presidente nos recuerda o no que sigue allí, siempre presto para salvar a su patria, algunos de los elementos que se esconden en esta segunda reaparición –menor, desde luego, en presencia informativa– me parecen, no obstante, muy dignos de ser tenidos en cuenta y de no ser echados en saco roto.
El asunto enlaza con cierta operación llevada a cabo cuando José María Aznar ocupaba la Presidencia del Gobierno, dirigida a la revalorización histórico-política de Cánovas del Castillo; un proceso que podría ser calificado –y ahora sí que nunca mejor dicho– de “restauración” de la persona y la obra del historiador y político malagueño. Con Aznar, Antonio Cánovas fue elevado a la condición de referente político para el partido del centro-derecha español, pero no está de más recordar algunas de las características del que fue su proyecto de Restauración borbónica, que marcó la pauta de la política española del último cuarto del siglo XIX y cuyo estertor vendría representado por la Dictadura de Primo de Rivera, ya muy entrado el siglo XX. Las más importantes características de este período –concretadas algunas en el producto jurídico-político por excelencia del canovismo: la Constitución Española de 1876– fueron el rechazo del principio de la soberanía nacional en favor de la vieja noción de la “Constitución interna”, por la que la soberanía era compartida por la Corona y las Cortes; la indefinición en lo relativo a la extensión del sufragio, que no siempre, y desde luego no como principio básico, fue universal (masculino) y el sistemático falseamiento electoral que sirvió para mantener el tinglado del turnismo entre el Partido Conservador y el Partido Liberal. Se trata de “una era –en palabras de Madariaga tiempo después– de tramoya y bastidores, de máscaras y barbas postizas, de teatro en sí, además de ser teatral; una era que pretendía ser lo que no era y simulaba creer lo que decía, a sabiendas de que no era lo que aparentaba ser ni creía en lo que decía”. En definitiva, una farsa. “Farsa el sufragio, farsa el Gobierno, farsa el Parlamento, farsa la libertad, farsa la Patria”, tal y como denunció Joaquín Costa en Oligarquía y caciquismo.
Todo esto permitió que este período durase mucho tiempo, pero la obra de la Restauración estaba fundada sobre una gran mentira. Esto parece no ser motivo suficiente para que el Partido Popular –o, al menos, cierto sector de él– no ceje en reivindicar, más allá del análisis histórico, esta época nefasta. Ciertamente, es tarea difícil el hallar en la historia de la derecha española un precedente que pueda ser defendido hoy en día, pero ello no debe llevar a torcer la realidad como lo hizo el diputado Ignacio Astarloa, Director del Área de Constitución e Instituciones de FAES, al llegar a afirmar en la presentación de estas biografías que “Cánovas es nada menos que el gran artífice del tiempo más duradero de democracia en la historia de España, el de la Restauración, solo hoy superado por el que ahora afortunadamente disfrutamos desde 1978”.
Astarloa es aquí el portavoz encargado de difundir una falsedad interesada, como es la de calificar de democrática a la Restauración canovista. Ni Cánovas, ni Silvela, ni Maura, ni la obra entera de la Restauración pueden incluirse bajo la etiqueta de “democracia”. El tema remite a la distinción entre liberalismo y democracia. El sistema y sus protagonistas fueron liberales, pero nunca fueron demócratas. Fueron liberales, en todo caso, al modo en el que se era liberal en la Europa de finales del siglo XIX, no como se había sido antes, ni como se sería después.
Es famosa aquella frase terrible en la que Antonio Cánovas del Castillo afirmaba: “Soy enemigo del sufragio universal; pero su manejo práctico no me asusta”. Curiosa forma, la que algunos tienen, de entender la democracia.