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Los aforados desaforados

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Actualizado el: 07/08/2015 09:52h
Resulta enternecedor ver que un amplio grupo de diputados convenientemente aforados se ha opuesto, o se ha puesto de perfil con la abstención, al aforamiento del anterior Jefe del Estado, el Rey Juan Carlos.

No es fácil entender qué es lo que tales diputados, de grupos como el PSOE, CiU, PNV, Izquierda Unida, UPyD y otros, pretendían al oponerse al aforamiento del anterior Rey. De algunos, es presumible. Lo que les encantaría, por ejemplo a los comunistas, es que el que fue Rey (con asentimiento parlamentario durante cuarenta años de los antes citados) terminara ahora en el banquillo de los acusados o, mejor, tomando un barco para Roma hacia el exilio, como su abuelo. Sería una forma de ganar su particular guerra con la Historia. Claro que exiliar a un Rey abdicado es como matar a Franco en la cama, un éxito bastante descriptible.

Pero ésos que quiere ganar cada día la malhadada Guerra Civil de sus abuelos no son todos. Entre los abstencionistas sobre el aforamiento está el PSOE, un partido sistémico desde la recuperación democrática y desde el propio Rey, un partido de poder o de gobierno en España. ¿Qué ha pretendido con su abstención? ¿Que el anterior jefe del Estado que tanto les cuidó, porque mucho les atendió, quede a merced del incontable número de frikis, de oportunistas, de peculiares abogados ambiciosos o de jueces estrella que pueblan nuestro suelo?

Porque, ¿piensa el PSOE que esto del aforamiento, es decir, la atribución al más alto Tribunal colegiado, el Supremo, de la capacidad de entender judicialmente los asuntos del anterior Rey, es un capricho o una arbitrariedad? En nada aciertan si lo creen. Porque se trata de una medida de defensa propia, del Estado y de sus instituciones, frente al oportunismo y al populismo.

El pasado Rey tiene al menos el mismo derecho a depositar su suerte judicial en el Alto Tribunal frente a previsibles acometidas como la tienen los jueces españoles (razonablemente aforados) o incontables políticos nacionales y autonómicos (igualmente protegido por condiciones especiales frente a las denuncias o querellas).

La igualdad de todos los españoles ante la Ley se basa en la igualdad entre iguales. Y los hay más vulnerables por su exposición pública (entendiendo lo público con lo relacionado con el Estado) y los hay menos relevantes, que son menores objetivos para las ambiciones económicas o políticas.

En el caso del anterior Rey, es probable que, si fuera el caso, encontrara a mucha gente en España encantada por tener su minuto de gloria en la televisión con alguna denuncia particular o general. Y, aunque muy pocos, algún juez podría cursar cualquier acusación, porque a él también le correspondería el protagonismo público. ¿Pero no lo ha hecho un juez español intentado encausar ni más ni menos que al expresidente de China? Por lo que se podría entrar perfectamente en un escenario procesal absurdo y degradante, no para el denunciado, sino para el Estado entero que ha mantenido sin rechistar al Rey durante cuarenta años.

Por reducción al absurdo, una querella contra el anterior Rey sería una querella contra todos los diputados, gobiernos, instituciones civiles e incluso judiciales que no han tenido reparo alguno en permitir, sostener, jalear o alabar al Rey durante cuatro décadas. Por eso, una denuncia al Rey es una denuncia a todo el sistema político con el que ha convivido. Incluidos ahí los presumibles denunciantes.

Una total locura. A la que, insistamos, increíblemente se ha prestado el PSOE, incluso contra la opinión de Felipe González, que, aún a la desesperada con su petición de apoyo al aforamiento, no ha impedido la errática abstención de los ahora desconcertados socialistas, ya sin líder y acomplejados por el miedo a su izquierda.

Respecto a la abstención y oposición de los nacionalistas catalanes y vascos al aforamiento, el asunto también tiene delito, y nunca mejor dicho. ¿Ha renunciado al fuero (vía dimisión, obviamente) alguno de ellos, implicado por cierto en conspicuos casos de corrupción como en Cataluña? O bien ¿piensan que debilitar la posición judicial del Rey es una ventaja táctica en su combate con España?

Tiempo éste de miserias políticas, de efervescencia localista y de desconcierto ideológico. Porque mientras los diputados aforados de la oposición gritan desaforadameente contra el anterior Rey, a la vez buena parte de ellos, y algunos importantes opinadores, piden al nuevo Rey, Felipe, que intervenga en los asuntos nacionales, especialmente ante las pulsiones separatistas.

Pero ¿en qué quedamos? ¿En vulgarizar al ciudadano Rey (anterior) sin fuero que lo proteja, o sacralizar al Rey (nuevo) para que resuelva los problemas de España?

Ambas cosas demostrarían un enorme fracaso del sistema democrático español. Ni éste puede dejar a su anterior Jefe del Estado al albur de los oportunismos, ni puede reclamar a un Monarca constitucional que suplante la acción de las instituciones democráticas en sus poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

Debilitar al Rey anterior para, a la vez, sobredimensionar al Rey entrante, son las caras de una misma moneda cortesana. Como si una parte de los políticos españoles quisieran correrse de bando desde el Rey depuesto (autodepuesto) al Rey nuevo, como para ganarse la gracia de un Soberano que hace años que cedió su soberanía al pueblo.

En todo caso, el asunto del aforamiento se puede considerar anécdota, aunque significativa a la hora de observar los comportamiento de la izquierda española y de los nacionalismos. Lo verdaderamente grave, sin embargo, es oír cómo se reclama desde instancias influyentes que venga el nuevo Rey a arreglar los problemas políticos de España y, en especial, el desafío separatista.

Los Reyes de España, asumiendo la Monarquía parlamentaria, han renunciado a su poder, con toda razón y con toda inteligencia. No se podían esperar que otros ahora les reclamaran como salvadores de la Patria. ¿Tan menor de edad es la sociedad española, que necesita un padrecito?
Probablemente, somos afortunados al tener un perfil de máxima sensatez en la Jefatura del Estado, porque cualquier persona iluminada sentiría sus oídos regalados al escuchar que se le reclama su acción frente a la inestabilidad política.

Felipe VI parece de ese talante. Pero, si se le olvidara, no estaría de más que recordara que a su bisabuelo Alfonso también le instaron a intervenir en una crisis política. Y se le ocurrió una salida con Primo de Rivera que terminó como terminó. Con la Monarquía destruida, primero, y con la frustrante República secuestrada por el radicalismo después.

Parece como si la política española hubiera entrado en un colapso freudiano, entre la idea de matar al padre (un Rey) y la del complejo de Edipo (con otro Rey). Es para analizar en el diván del psicoanalista. Porque hace tiempo que en España no se dirime la política, sino las pasiones, las ambiciones, las supersticiones y los mitos. Probablemente porque algunos nos están queriendo llevar a la Edad Media y al Estado feudal, mientras otros empiezan a soñar con el Absolutismo real como solución.

Realmente. ya no estamos en una crisis económica. Ni siquiera política. Estamos en un ataque de nervios. Estamos para encerrar. Al menos durante el tiempo preciso para recuperar la sensatez colectiva, que tampoco es un imposible. Creo.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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