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Los sindicatos piden guerra

viernes 27 de julio de 2012, 20:25h
Coincidiendo con fecha tan notable en la historia de España como el 18 de Julio, el Delegado Nacional de Sindicatos del Régimen, camarada Méndez-Toxo, ha dirigido vibrantes alocuciones a las aguerridas bases sindicales y a todos los trabajadores, o sea productores, en general. También han elevado su voz briosa y totalitaria otras destacadas jerarquías sindicales, incluidos aquellos que perciben cientos de miles de euros por ocupar los puestos de mayor sacrificio y más dura entrega para, desde ellos, contribuir activamente a la ruina de esas trincheras del capitalismo que han sido siempre las cajas de ahorro.

Tanto el camarada Méndez-Toxo como los demás camaradas sindicalistas han proclamado, con el estilo directo y vehemente que les es propio, ideas a la altura de su nervio de verdaderos sindicalistas e insobornables enemigos de la libertad mal entendida. La de aquellos obstinados en pretender que sea algo más que seguir consignas sindicales. Siempre fieles a los principios fundamentales y permanentes del movimiento sindicalista, han tenido que recordar, por ejemplo, que la democracia política articulada por medio del sufragio libre y con garantías sólo es admisible si sus resultados coinciden con las preferencias de quienes, sin necesidad de sufragio alguno, hablan en nombre de todos y sobre todo por sí mismos, como el camarada Méndez-Toxo. Por eso, con la sindéresis que tan acreditada tiene, ha pedido un plebiscito, porque ya se sabe que en los pueblos verdaderamente libres ése es el método con el que se expresa la población, si se da el caso de que tenga que hacerlo, para ratificar lo que sus dirigentes, en sus desvelos, ya han decidido que le conviene más. Y por supuesto, el mandato de unas elecciones celebradas con todas las garantías pocos meses antes no es obstáculo ante el que vaya a flaquear la firme voluntad redentora de las masas sindicalizadas. Total, no son más que leyes y formalidades.

Avanzando resueltamente por esa senda, otro de los jerarcas sindicales ha conminado al gobierno, un gobierno que no se ha extralimitado en ninguna de sus facultades ni ha incurrido en abuso alguno, a que no haga lo que cree que debe hacer, porque de lo contrario “la calle”, es decir los más bullangueros de quienes se inflaman con las arengas sindicales, le echará, naturalmente sin esperar al engorroso trámite democrático de nuevas elecciones. Nada más lógico; para eso están movimientos así, para llegar por la fuerza y la coacción a donde con el respeto a la ley y a la defensa pacífica de intereses dudosamente llegarían. Si eso bordea el golpismo de terciopelo, qué se le va hacer, culpa de quienes no quieren dialogar, o sea doblegarse.

La suavidad del terciopelo no debe hacer olvidar, recuerdan con calor los jerarcas sindicales en sus arengas en torno al 18 de julio, que la guerra es la guerra, y no se les cae por ello la palabra de la boca: “estamos en guerra” ha dicho expressis verbis para que todo quede claro una de esas almas grandes al servicio de la causa sindical. Y las masas, con más entusiasmo que pericia en la rima pero con mucha convicción, no han dejado de corear eslóganes rematados en “guerra, guerra, guerra”. Frivolidades de generaciones que no saben qué es eso e irresponsabilidad de quienes lo alientan. Dirán, por supuesto, que son formas de hablar, metáforas, sin caer en la cuenta, es de esperar, que las palabras son parte de la realidad, que no sólo la describen sino que la determinan. Con el lenguaje épico de la retórica sindical, el camarada Méndez-Toxo ha venido a decir que lo que él y los suyos desaprueban es gasolina y que por eso arderán las calles, las mismas calles y carreteras en las que los incendiarios, nada metafóricos, campan a sus anchas.

Cuánto candor en el dictum ciceroniano de que la historia es maestra de la vida. Poco pueden haber aprendido de ella quienes oponen a las instituciones legítimas que desempeñan sus funciones de acuerdo con la ley y sin violentarla, la fuerza de las minorías organizadas; a la expresión de la voluntad mayoritaria manifestada con garantías, la decisión de anularla por los hechos; la de quienes creen que la alteración del orden ciudadano y la violencia es legítima si ellos lo deciden, y quienes, aunque sea como recurso verbal, introducen el concepto guerra en las discusiones políticas y sociales de una sociedad que se quiere libre. Desde el sumidero del túnel del tiempo en el que les esperan, el Gran Consejo Fascista y el Presidium del Soviet Supremo se habrán visto reconocidos en el camarada Méndez-Toxo y sus escuadristas sindicales. Pocos en esta Europa hablan ya con tanta fluidez el lenguaje totalitario del desprecio a los principios en que se asientan las instituciones de la democracia representativa, ni frivolizan tanto con la idea de que Clausewitz equivocó los términos pensando que la guerra era política por otros medios. Para ellos los medios son los mismos, porque la política no es medio para llegar a soluciones, sino lucha para destruir al contrario, y por tanto guerra, guerra, guerra.

Demetrio Castro

Catedrático de Historia del Pensamiento Político

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