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¿Monarquía o República?

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Actualizado el: 07/08/2015 09:32h
El sector más histriónico de la izquierda española es especialista en dar la batalla sólo cuando su adversario se muere o se retira. Cuando así sucede, intenta aprovechar el interregno en los relevos para desplegar toda la artillería que tuvo celosamente guardada durante las décadas anteriores. A moro muerto, gran lanzada. Y ahora, con la abdicación del Rey, se descuelga con la exigencia de un referéndum sobre el Régimen y amenaza con persecución judicial al Rey, como soñando con exiliarle. Ahora que lo ha dejado.

La izquierda nostálgica de glorias mitificadas de lo que fueron miserias reales se movilizó antes de la asunción de Juan Carlos I de la Jefatura del Estado. Iba a ser “el breve”, por supuesto. Y estaban justificadas las dudas, pero la historia se encargó de despejarlas. Después, el Rey ha durado cuarenta años, para alivio de esa misma izquierda que quiso derribarle en el comienzo, pues es bajo el Régimen impulsado (o escudado, o permitido, que tanto da) por el Rey donde la izquierda ha podido desempeñarse con total libertad. Y así lo reconocieron desde la misma izquierda comunista cuyos herederos se agitan con ímpetu adolescente. Lástima que Cayo Lara no pueda preguntar ahora a Carrillo o a La Pasionaria. Y se mantuvo durante los muchos aciertos del Rey, y también durante los errores.

Si libremente la izquierda española no ha querido hacer oposición al Régimen de Monarquía constitucional es, precisamente, porque se ha sentido muy cómoda en él (el PCE y no digamos el sector republicano del PSOE). Y si ahora vuelve a armar ruido no es porque no esté confortablemente instalada en el sistema, sino porque quiere más poder en él. Porque siente la amenaza de nuevas generaciones. Porque no puede reconocer que en la práctica, toda su ideología ha sido un fracaso.

Por eso vuelve a la bulla con el relevo en la Jefatura de la Casa Real. Porque entiende que el Rey abdicado es por eso escaso adversario, y el inminente Rey Felipe tampoco debería serlo (probable error de diagnóstico) al no haberse podido consolidar en su estatus real. De ahí que, tras cuarenta años de silencio, vuelva a sacar del armario la reivindicación republicana.

Con ella, la izquierda cree que tendrá la oportunidad de conquistar posiciones con la tesis del río revuelto. Porque se trata de eso, de agitar las aguas por si caen peces, no porque exista ningún diseño político sólido detrás de la nueva-vieja aspiración sentimental republicana.

Es clásico de la izquierda, y ahora de los nacionalistas, confundir entre la forma de estructurar el Estado con la forma de desempeñar su gobierno. La República, y tanto vale para la española como para la que ahora se reivindica como catalana, es un marco que puede gestionarse de muy diferentes maneras. Puede ser democrática o dictatorial, presidencialista o parlamentaria, federalista o autonomista o centralista. Contener un sistema económico comunista o de mercado. Producir mayorías socialistas o liberales. Representarse a través de leyes electorales mayoritarias o proporcionales o mixtas.

Y algo parecido vale para la Monarquía: puede ser absolutista o democrática. Puede albergar una dictadura comunista o un régimen feudal. Puede gestionar su función desde la arbitrariedad o la justicia, desde el paternalismo o la neutralidad, desde el sectarismo o la tecnocracia.

Pero todo esto exige un análisis racional, y la bandera republicana se presenta en España, simplemente, como un señuelo sentimental. Por lo que da la impresión de partir con ventaja ante un adversario, la Monarquía en su formato europeo, que carece de sentimentalidad en los tiempos modernos. Más bien es un producto racional basado en el interés y en la estabilidad, apoyado en la utilidad más que en la pasión.

Porque se han invertido los términos. Lo que fue un hallazgo político racionalista, la República, frente a la deificación del poder real, se ha convertido en un culto supersticioso al populismo. Un término, república, que se traduce de cien maneras, desde las zafias norcoreanas a las inteligentes americanas. Y aquí, en España, hay tantos modelos de República como republicanos, desde la extrema derecha a la extrema izquierda, desde los admiradores de Montesquieu hasta los hooligans de Lenin.

Lo que ha sucedido, sin embargo, es que las Monarquías modernas europeas, como la española, a sabiendas de que tenían una imposible perduración al basarse en las herencias familiares, reaccionaron. Y decidieron profesionalizarse. Es decir, construir desde su origen una cantera de profesionales preparados al servicio de los Estados. Personas tan cultas y neutrales como fuera posible. Embajadores políticos y relaciones públicas. Representantes comerciales y moderadores de conflictos internos. Y sólo bajo la legitimación constitucional, y nunca fuera de ella.

Entretanto, en el territorio de la lucha política, se buscó la confrontación enconada y el sectarismo, la lucha por el poder y la exclusión del adversario. Y en no pocas ocasiones la banalización mediática de sus líderes, la mediocridad en sus cuadros. Y así llegamos en España al lugar que estamos. Donde una elección presidencial republicana llenaría de angustia a la ciudadanía. ¿A quién elegir entre los políticos españoles? ¿Quién puede dar garantía de neutralidad entre los partidos? Es decir, todavía permanecería la pregunta: ¿cuál de las dos Españas ganaría?

Si España empezara de cero, hoy mismo, yo diría sin duda alguna que el régimen político más racional sería el republicano, con una presidencia nacional electa por sistema mayoritario que garantizara la unidad nacional, con un Parlamento igualmente elegido por el mismo formato electoral con diputados por distritos uninominales, con separación (y confrontación) rigurosa de poderes, con libertades expresas y leyes radicales a favor de la transparencia y contra la corrupción.

Como España no empieza de cero, y los agentes políticos que por aquí se mueven son conocidos, por lo que hacen y por lo que se sabe que harán, por lo que piensan y por lo que desean, muy probablemente mi nivel teórico de exigencia debería tocar con los pies en la tierra. Porque no sabría cuántos antiguos corruptos mandarían en la nueva República. Cuántos sectarios caducos querrían imponer sus obsesiones. Cuántos fanáticos querrían liquidar a los adversarios. Cuántos querrían poner fronteras y cuántos campos de concentración.

La opción más razonable para la Jefatura del Estado está ahora en un Rey profesionalizado y neutral, separado de las tareas de Gobierno. Hoy por hoy, Felipe de Borbón. Y, si mañana no lo es, o no lo es cualquier heredero, fácil será entonces abordar un cambio de Régimen. Porque si hay alguien en España que hace oposiciones a su puesto todos los días de su vida es el Rey. Pero si es preciso un cambio, hágase con racionalidad, no por pasión. Hágase por utilidad para España, no por aventura o capricho, por ensoñación utópica o por ambición ideológica.

De la misma forma, el sistema de Gobierno debería ser el que hay, democrático (no fascista, ni comunista, ni bolivariano ni islámico). La ley electoral es mejorable, pero entiendo que aunque yo prefiero el sistema mayoritario, hay otros que quieren el proporcional. Me quedo, por tanto, por el momento, con el proporcional corregido que tenemos. Y también es claramente mejorable la separación de poderes, pero eso no requiere una revolución, precisamente, sino simplemente una cierta capacidad de renuncia de los partidos, lo que no es pedir milagros sino instarles a resolver su propia supervivencia. Porque sin ese gesto se irán al garete.

Y, por supuesto, hace falta un cambio constitucional. Para empezar, porque es obligado para la abolición de la Ley Sálica. Pero también para rellenar los huecos dejados en el proceso constituyente, que son menos de los que se dicen, pero que obviamente no podían ser previsto antes de Internet y antes de las traiciones separatistas. Un cambio que tiene que sustanciarse en un referéndum, por lo que todo el mundo podrá ejercer el derecho a decidir, que parece que es el único derecho que ahora interesa a algunos políticos.

En suma, hay elementos regeneradores imprescindibles, porque sin ellos, ni la forma de Estado ni la posibilidad de Gobierno estable sobrevivirían. Y hay también asuntos territoriales que resolver, porque si no se hace, lo que no sobrevive es España. Y eso no es cuestión de Régimen político, sino de sentido común. Cada cosa por sus pasos.

Pero lo fundamental es que el debate Monarquía-República es falso. Porque ni la Monarquía es lo que fue en la Historia, ni la República es lo que se quiere vender. Porque lo primero que ocultan los nuevos republicanos es qué República quieren. O, por mejor decir, qué República quieren imponer.

En todo caso, me parece que este debate es enriquecedor, aunque bien es verdad que bastante alejado de la mayoría social. Porque me da la impresión de que lo que ésta quiere es estabilidad y progreso. Y también quiere regeneración y transparencia. Y me juego lo que quieran a que en este territorio se está viendo ya la imagen del futuro Rey con más ventajas que inconvenientes. Anticipo que lo dirán muy en breve las encuestas.

Tampoco es tan difícil elegir entre el Rey Felipe y Cayo Lara, por cierto. Pero eso también lo sabe éste. Si saca ahora la patita comunista es porque le están comiendo el terreno los indignados, cada vez menos indignados, por cierto, ahora que empiezan a tocar pelo.

Y los que ahora tampoco tocan pelo, los socialistas, también se han puesto un poco nerviosos, probablemente al ver en los periódicos el nombre de Pablo Iglesias, su fundador. Pero eso va a durar poquito, porque la lideresa Susana Díaz ya les ha puesto en su sitio.

Eso sí, lo que no tiene pase es la extrema derecha, dispuesta a hundir un país con tal de demostrar que tenía razón al decir que el país se estaba hundiendo.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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