Nuestros cuerpos como soporte publicitario
José María Zavala
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jmzavalagmxnet/8/8/12
viernes 05 de abril de 2013, 20:21h
De las muchas formas en las que el sistema capitalista nos utiliza, quizás una de las más ruines sea cuando se aprovecha directamente de nuestros propios cuerpos, de nuestros movimientos, acciones y energías.
No es ya el hecho de que portemos miles de objetos “marcados” con el sello de diferentes corporaciones. O que decoremos nuestras casas con anuncios antiguos de refrescos, o que sigamos en las redes sociales a algunos de los grandes nombres comerciales. Hemos llegado al punto de ser el soporte físico de estrategias de “marketing guerrilla” o los sujetos activos de diferentes formas de crowdsourcing comercial.
Una conocida marca de licor alemana irrumpe en medio de un pub, encarnada en cuatro muchachas y muchachos que se dedican a regalar chupitos mediante un complejo sistema de tubos de ensayo que sostienen con la boca al verterlos sobre los clientes, cual ave dando de comer a sus polluelos. Una marca de chocolate incita a los viajeros del metro a que colaboren con su dispositivo publicitario accediendo a ser grabados mientras parecen mucho más felices gracias a la multinacional de la alimentación. Un banco de la nueva generación pide amablemente a los viandantes que compartan con ellos cómo sería su banco ideal a cambio de una camiseta. En tranvías, autobuses y paradas, las cabezas de los viajeros se ven involuntariamente acompañadas de bocadillos que mediante un efecto óptico ponen falsos pensamientos en éstos.
La publicidad, no contenta con ocupar los espacios, decide secuestrar a las personas para sus propios fines, es decir, para aumentar los beneficios privados de la empresa a la que sirva. En ocasiones hay algún tipo de incentivo, en otras el engaño es total. Sin embargo, bajo el pretexto de la creatividad todo se acepta. La publicidad es un arte, reclaman los publicistas... El arte de la persuasión. Y si aspiramos a un mayor control social de la producción económica de cara al beneficio común (en términos de salud personal y social, respeto ecológico, dignidad laboral, etc.), es ridículo dejar que los productos que triunfen lo hagan gracias a la atribución subjetiva de cualidades.
Pasar de ser espectadores forzados de una publicidad ilegítima –aquella que inunda nuestras calles, plazas y servicios públicos fundamentales– a ser incluso protagonistas involuntarios de ésta, una suerte de marionetas espontáneas, atenta contra la libertad y la dignidad de la ciudadanía. El uso de cámaras para registrar estos momentos y utilizarlos en beneficio de unos pocos es un agravante añadido.
No contentos con la privatización de cada milímetro de nuestros espacios y nuestras vidas, tendremos que andar con cuidado de que nuestros pasos no sean también arrebatados y empleados para aumentar la notoriedad de alguna gran marca.