José María Zavala
José María Zavala es sociólogo e investigador del Instituto Ortega y Gasset
Tribuna
Prohibido fumar
Acompañando a la imagen del fumador “social” que nos presentaran muchos actores de Hollywood, esa del cigarrillo que comunica y el encendedor que rompe barreras, surge en Europa la figura del “exiliado” helándose de frío en la calle mientras sus compañeros disfrutan bajo techo de una cerveza. Esta última nos recuerda que el tabaco no deja de ser una adicción, y en muchos casos trágica, aunque sin duda la visión más triste de esta droga no esté en los bares, sino en los hospitales.
A pesar de ser no fumador puedo hacer un esfuerzo e imaginar múltiples situaciones acompañadas de un cigarro: con un café, en el fútbol, en un pub, en una discoteca... Pero de la misma forma me gustaría que otros hicieran también un esfuerzo por imaginar dónde no procede esta costumbre, y es que hace poco tuve que soportar atónito la imagen de un señor que como guarnición para el filete eligió un desagradable puro. Más allá de su imperdonable gusto me pregunto si tan difícil es hacer del tabaco una cuestión de urbanidad y responsabilidad. Y ante la falta de estas formas y la incapacidad de llegar a un acuerdo a través de ellas surge la regulación oficial. Desde leyes poco útiles (como la española hasta cierto punto) hasta otras quizás demasiado restrictivas (como algunas apreciables en otros lugares de Europa). También asistimos a normativas que lamentablemente han de ser impuestas ante la falta de sentido común, como en Ontario (Canadá), donde han decidido multar a los padres que fumen en el coche si están acompañados de menores de 16 años.
He sido testigo presencial de los resultados ofrecidos por algunas de las variantes reguladoras más severas. Es bastante extraño ver pequeños grupos aguantando las bajas temperaturas a las puertas de un local sólo por calmar su adicción, al igual que lo es ver bares y cafés con espacios más reducidos dedicados a quienes fuman (los cuales no siempre son efectivos). Pero sobretodo he de decir que es una experiencia realmente gratificante estar en un local libre de humo, especialmente si vas a disfrutar de un plato de comida.
Más allá de la urbanidad y la educación a las que se pueda hacer referencia, quienes sí que necesitan una buena dosis de regulación son las empresas tabacaleras. Cuentan con un privilegio único, el de distribuir droga adulterada de forma inmune. Para empezar, de los 4000 componentes del humo del tabaco, sólo una cuarta parte han sido caracterizados. Así, un reducido grupo de personas logra enriquecerse a base de vender el resultado de un importante proceso de márketing e investigación destinados a asegurar la adicción. Un 75% de los fumadores reconoce su deseo no cumplido de desengancharse, y sólo un tercio de las mujeres abandona el tabaco durante la gestación. Estamos jugando con la libertad de las personas, por lo tanto no se trata de que la gente tenga derecho o no a dicho hábito, sino de que grandes consorcios hagan su fortuna de esta manera. El debate alrededor de este producto siempre se define en términos de salud. No en vano, está asociado a más de 25 enfermedades y es el responsable de 135 de cada mil muertes en España, por no hablar de todas las cuestiones relativas al tabaquismo pasivo. Pero es importante ir más allá y darse cuenta de que no se trata sólo de “poder hacer con la salud lo que uno quiera”, sino de que el tabaco supone uno de los negocios más sucios que existen, en todos sus aspectos.




