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Van Gaal, l'enfant terrible que domestica a sus jefes para construir la gloria

jueves 24 de julio de 2014, 19:29h
Actualizado el: 25/07/2014 17:54h

En busca del indispensable liderazgo, ya ha arrodillado a Rooney y al presidente del United. Por Diego García


No puedo hacer predicciones, porque nunca se sabe, pero si ves mi carrera compruebas lo que he ganado, es lo único que puedo decir”, remarcó Louis Van Gaal en su presentación como nuevo técnico del Manchester United hace seis días. Una declaración de intenciones del que está llamado a recoger el testigo del tótem Ferguson tras el mal sueño de la pasada temporada protagonizada por el resbalón de David Moyes y su concepción en escorzo de la creación del juego en el centro del campo. A unas semanas de ser congratulado por su sexagésimo tercer aniversario vital, no cabe un perfil psicológico y de trabajo más asimilable al de Sir Alex para reencontrar la coherencia entre el apartado financiero y el césped en la entidad británica.

 

Sin embargo, la transición podría resultar indigesta para más de un integrante del vestuario y el entorno de los Red Devils. La relajación de los que mueven el destino del United en la hierba de Old Trafford, acompañada de una nefasta elección del encargado de mitigar la depresión por la retirada a las trincheras de la tribuna de Fergie tras más de dos décadas de rutinas estructurales, provocó el cierre de uno de los ejercicios menos aristocráticos de este gigante continental, que se vio contaminado por el desprestigio arrastrado desde los salones de té hasta el pub de la esquina que supone quedar fuera de toda competición europea desde 1990, en plena gestación precoz de la camada que Ryan Giggs y Paul Scholes elevaron a la categoría de leyenda dentro del balompié inglés.

 

Una de las piezas capitales y baluarte ofensivo, técnico y anímico del equipo, Wayne Rooney, ha ejercido de sujeto pasivo de una de las primeras escaramuzas que ha desplegado Van Gaal en la institución que cobija el Teatro de los Sueños. Porque el técnico holandés, que gobierna sus vestuarios estableciendo una jerarquía rígida que linda la meritocracia con lo dictatorial de su afamada libreta táctica, es sabedor de que acceder al mando general de un club de la dimensión del United representa una de las empresas de mayor desafío de su exitosa y volcánica trayectoria en los banquillos del Viejo Continente. Y, para abordar esa ganancia de legitimidad que se extienda a todos los estamentos de la multinacional futbolística británica por excelencia, se ha mostrado decidido a implementar una guerra de guerrillas que ocasione derrotas de riesgo controlado a sus compañeros de oficina y remarquen su liderazgo preponderante.

 

Así, el otrora Wonder Boy inglés, que la pasada campaña amenazó con abandonar el club o incurrir en una suerte de huelga indefinida si no se le permitía abandonar el nido o, en su defecto, asegurarse la titularidad -pagando el coste de verse relegado al rol de cerebro creador alejado del área por enajenación de Moyes- ha recibido su primer correctivo público. En plena práctica de pretemporada, donde lo físico prima por encima de la concentración con la pelota, el tercer máximo goleador de la historia del Manchester United fue rebajando sus galones, entre tragos de agua, a medida que Louis “El Terrible” le enseñaba cómo disparar a portería. “¡Rooney! Antes de disparar tienes que mirar al portero; y el chut no necesita ser muy fuerte, sino que debe ir dirigido hacia los ángulos”, espetó Van Gaal ante su cabizbajo punta. “Debes mirar lo que el portero está haciendo y si está orientado hacia una dirección o la otra; y luego chutas. Mantenlo en la mente”, aleccionó a su mayor peso pesado en una lección didáctica que firmaría la escuela de alevines del club, pero que, en pos de mostrar quien es el que manda, dedica a su estrella ante la mirada atenta de cámaras y compañeros. Toda una demostración de fuerza.

 


La escalada hacia el liderazgo que quedó huérfano y al que amenaza la alargada sombra de Ferguson tomó forma en el segundo capítulo del aterrizaje del ex seleccionador neerlandés. El segundo fogonazo que clama autoridad en menos de una semana. En este caso, durante una rueda de prensa en territorio estadounidense concedida el pasado miércoles, Van Gaal apuntó su clara y áspera dialéctica hacia el trono presidencial: “Viajamos mucho, hay demasiados vuelos y los jugadores se tienen que adaptar a los horarios de cada país. No es ideal para prepararnos de la mejor manera porque muchos vuelos incluyen jet lag y tener cuatro partidos en cuatro ciudades diferentes no era propicio para una buena pretemporada”. Pragmatismo estrictamente futbolístico que obligó al vicepresidente ejecutivo, Ed Woodward, a subrayar que para el United, entidad alimentada con dólares estadounidenses de la familia Glazer, el viaje a los States es capital porque es un “mercado prioritario”. Un torpedo a la concepción del fútbol de sus jefes, que cerraron un acuerdo con Adidas a razón de 90 millones por temporada durante una década, triplicando las ganancias por el patrocinio de Nike.

 

De este modo ha arrancado el prólogo del proyecto de Van Gaal en el coloso caído más rico del balompié internacional. La lucha descarnada por adquirir el rol de jefe plenipotenciario con un primer acto a cuyo desenlace todavía restan acontecimientos y declaraciones que, todo apunta, contribuirán a construir en torno a la figura del holandés un misticismo propio de todo aquel que triunfa en las Islas Británicas. Y no resulta atrevido interpretar que este puntiagudo rebelde sea el adecuado para relanzar el fútbol del United, anestesiado por el ilustre apartado financiero. Porque, quién mejor para desarrollar una transición de tan maño calibro que un técnico que venga de deshacer la máxima del juego ofensivo en la tradición de Holanda para regresar a las semis del Mundial con tres centrales y una apuesta por la juventud inexperta que brinda la Eredivise; un estratega capaz de adoctrinar con verticalidad combinativa y orden a la exquisita escuela del Ajax, convencer a Rijkaard para volver a su patria abandonada y levantar la Liga de Campeones en el 95 con otro buen puñado de precocidad en sus filas -Clarence Seedorf, Patrick Kluivert, Edgard Davids, o Marc Overmars, todos titulares, no contaban con 23 años en aquella final ante el todopoderoso Milan-; una suerte de visionario práctico que hizo debutar en un escenario de complicada confianza, en pleno vendaval blaugrana, a Xavi Hernández y Carles Puyol. En definitiva, un constructor de gloria que repescó el gen ganador del Bayern para que, posteriormente, arribara a tres finales de Copa de Europa en cuatro años y que cuenta con el título liguero de Holanda, Alemania y España, con el cetro europeo descrito con anterioridad y una UEFA en su segunda temporada al frente del Ajax, allá por mayo del 92. Una apuesta por el orden, el compromiso colectivo y el estricto rigor táctico para relanzar a un United que circulará a la contra sobre la clase de Ander Herrera y la calidad de Juan Mata, dos lanzadores al estilo de Kevin Strootman y Wesley Sneijder.        

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