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POESÍA


Rafael Guillén: El centro del silencio. Selección de poemas (1956-2013)

domingo 19 de octubre de 2014, 17:06h
Rafael Guillén: El centro del silencio. Selección de poemas (1956-2013)
Entorno Gráfico Ediciones. Granada, 2014. 145 páginas. 10 €

Por Inmaculada Lergo Martín


Rafael Guillén (Granada, 1933) acaba de ser galardonado con el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca, por una dedicación constante y plena, desde los años 50, a la literatura y a las letras, no sólo contribuyendo con su propia obra sino muy activamente en la dinamización de una vida cultural que había quedado prácticamente reducida a la nada en los años posteriores a la Guerra Civil. Fue director de la colección “Veleta del Sur”, formó parte del grupo “Versos al aire libre”, promovió durante años la creación de la Academia de Buenas Letras de Granada… y recientemente ha donado su biblioteca y su archivo personal a la Biblioteca de Andalucía. Entre las distinciones recibidas con anterioridad destacan: Premio Leopoldo Panero (1966), Premio Boscán (1968), Premio Ciudad de Barcelona (1969), Premio Nacional de Poesía (1994) por Los estados transparentes, Premio de la Crítica Andaluza (2003), Premio de las Letras Andaluzas “Elio Antonio de Nebrija” (2011).

La selección de poemas que el propio autor ha hecho de su amplísima obra poética (también cuenta con narración y ensayo) para este volumen, publicado en Granada por Entorno Gráfico Ediciones, es un magnífico recorrido que el lector puede hacer para sumarse al citado reconocimiento, y para degustar una de las voces poéticas más destacadas en la poesía española desde la mitad del siglo XX en adelante, que continúa trabajando y anuncia ya otro nuevo libro: Balada en tres tiempos: para saxofón y frases coloquiales, del que ofrece ya aquí diez poemas inéditos. Esta misma semana, además, ha presentado otra selección, esta vez temática, Esta pequeña eternidad (Valparaíso).

El centro del silencio tiene, según mi criterio, una virtud que es fundamental a la hora de acercarse a un poeta de tan larga trayectoria y tan diverso y rico aliento poético: la de seguir en su composición un estricto orden cronológico, de escritura, no de publicación. Acierto de quien, consciente de que “la juventud es impulsiva y preguntona”, de que “en la madurez, esas preguntas están pasadas ya por el tamiz del conocimiento adquirido”, y de que en la vejez “se difuminan numerosas inquietudes ante la cercanía del final” y “el discurso se amansa”, despliega todo ese devenir de una forma muy acertada: 61 poemas que discurren de forma continua, sin cortes, de igual manera que lo hace su línea vital. Línea en la que puede apreciarse igualmente su riqueza métrica y compositiva. Y en la cual también, por otro lado, es fácil detectar esa común sustancia que mantiene una voz reconocible y una potente unidad en su obra, donde “todo gira en torno a una única pregunta. Una que las resume todas: ¿Qué está pasando aquí?”. Resulta muy intenso, en efecto, en su obra, el clamor de la necesidad de escribir, de expresar sus emociones, de lanzar esas preguntas que no puede dejar de hacerse. Y lo que en sus primeros poemas es intuición se va afianzando para ser en los últimos una certitud, tanto más firme cuanto más leve y sutil la muestra. Y la emoción, más sujeta en los primeros, se desborda en los últimos.

Piensa Guillén que nada es sólido o nítido en este mundo, ni las cosas materiales ni el tiempo; y que la realidad que nos rodea es creada a cada paso por nuestro “gesto”, por nuestra intención, que es la que desencadena los acontecimientos. Nada es una realidad física, la realidad es la sutileza de la mirada, que crea esa realidad. Y no existe el tiempo ni el espacio. Lo que sucede en un momento sucede en todos los demás; la continuidad del tiempo es “fingida”, un gesto hecho aquí puede desencadenar acontecimientos al otro lado del mundo. Por eso para él nada está terminado, y las ruinas y objetos de anticuario no permanecen estáticas, sino que sutilmente se siguen transformando, “nada está terminado”, y cuando sus poemas se desarrollan en lugares tan diversos cono Roma, Jaipur, Sahara, la Alpujarra, Shangai, Cartago o Yaroslav, no singulariza cada lugar, porque todos son “estratos” del tiempo y del espacio. Y queda al fin una sensación de márgenes no definidos. Así, en uno de sus poemas, Miguel Ángel esculpe el Moisés, o la Piedad, cincelando no sólo la piedra, sino también “lo incorpóreo, el hueco / reflejo de las mismas formas”. Ahí está la realidad, y ese “museo de aire” es el que busca “sin las imperfecciones /de la materia, sólo el alma / intangible, el espíritu / de cada obra”.

Junto con el acierto de esta edición, nos felicitamos igualmente por el merecido reconocimiento que ha recibido.
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