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NOVELA

Colum McCann: Transatlántico

domingo 19 de octubre de 2014, 17:24h
Colum McCann: Transatlántico

Traducción de Marta Alcaraz. Seix Barral. Barcelona, 2014. 368 páginas. 20 €. Libro electrónico: 12,99 €

Por Alejandro San Francisco

El reconocido escritor de origen irlandés Colum McCann (Dublín, 1965) presenta una obra compuesta por siete relatos que, en principio, aparecen como autónomos y con su propia dinámica cada uno, en sus temas y también en su cronología. El primero es de 1919, con el famoso viaje en avión realizado por Alcock y Brown, que sería el primer viaje transatlántico desde el continente de América del Norte a Irlanda. Luego en 1845, a través del viaje del esclavo norteamericano Frederick Douglass, un hombre negro que se había fugado y que ahora era líder de la causa de la emancipación, fue recibido como héroe en suelo irlandés. El tercero se sitúa en 1998, y se refiere a las gestiones del senador norteamericano George Mitchell en Irlanda, para lograr la paz en la nación azotada por la violencia y el terror. La segunda parte se inicia con una narración ubicada en los Estados Unidos entre 1863 y 1889, que registra la llegada a Norteamérica de Lily, una criada irlandesa, que ve morir a su hijo en la guerra civil, que tenía el tema de la esclavitud como uno de sus asuntos centrales. Después la historia se sitúa en 1929, diez años después del viaje histórico, mientras Emily y su hija Lottie, periodista y fotógrafa, se reúnen para entrevistar a Brown, uno de los aviadores. En 1978 transcurre el capítulo que ilustra la difícil situación de Irlanda, manifestado en el asesinato de Tomas, hijo de Lottie. La obra concluye con un texto situado el 2011, que se presenta a manera de recuerdo que da sentido a la historia en su conjunto, que aparece narrado por Hannah, la última de una larga dinastía femenina.

Porque resulta que las historias no eran del todo independientes: como expresa el autor, citando a Wendell Berry, “esto no es la historia de una vida. Es la historia de vidas entretejidas, traslapadas, una detrás de la otra, que vuelven a ponerse en pie tumba tras tumba”. Lily (Duggan en Irlanda, Ehrlich en USA) y que conoció a Douglass cuando él visitó su país en 1845, su hija Emily, la nieta Lottie y finalmente Hannah, van uniendo lo disperso y dando continuidad a las narraciones.

Es interesante apreciar las integraciones y divisiones de las vidas representadas en la novela, así como los pueblos que le dan forma. Por una parte, aparecen los continuos viajes desde Irlanda a los Estados Unidos o al revés, en barco o en avión según la época, traslado que puede ser ocasional o bien para toda la vida. Por otra, en cada caso se aprecian las contradicciones y dolores de las respectivas sociedades. En el caso de Estados Unidos, la esclavitud y los abusos contra los negros, así como la tremenda y sangrienta guerra civil que se vivió en tiempos de Lincoln. En relación a Irlanda, la hambruna terrible y la miseria generalizada que parecía ser lo único floreciente a mediados del siglo XIX, así como la violencia y el terror en el siglo XX, en ambos casos marcados por la muerte que se repartía por todas partes.

Douglass observó esta contradicción que unía su propia vida de esclavo con una sociedad donde se podían gozar las libertades pero en medio de otros problemas inmensos. Comprobó como muchos que lo observaban pasar en su gira europea sufrían el hambre visible en sus rostros, cuerpos, ánimos y en la muerte que acechaba. Sufrió e incluso no pudo conciliar el sueño con algunos de los casos más graves que le tocó presenciar, pero finalmente recordó que tenía una sola causa, la abolición de la esclavitud, que lo llevaba a reflexionar (aunque con cuestionamientos internos): “Lo intolerable era ver a hombres y mujeres convertidos en una propiedad. Los irlandeses eran pobres, sí, pero no esclavos”. Por eso escribía en una carta a su mujer, emocionado, que “la propiedad se hace hombre”, tras sus días de libertad.

La contrapartida es el viaje de Lily a Estados Unidos, precisamente porque había más oportunidades en la creciente y contradictoria sociedad del norte, que las que le ofrecían su pobreza y ser criada en Irlanda. Si bien vio morir a su hijo en una guerra -en Irlanda muchas madres veían morir a sus criaturas en sus propias manos, por hambre-, pudo ejercer como enfermera, luego formó su familia con Jon y tuvieron seis hijos. Su marido y dos de los pequeños murieron en un accidente, pero rápidamente ella reorganizó su vida con el apoyo de los cuatro hijos, uno de los cuales incluso logró estudiar en la Universidad de Chicago. Todo un símbolo.

Finalmente, conviene registrar una nota sobre la lectura y la escritura. En el caso del esclavo Douglass, “infringiendo todas las normas, había aprendido a leer y escribir”. Después de fugarse, incluso se convirtió en hombre de letras, gran orador y autor de un libro que se convirtió en superventas en su gira libertaria a Irlanda, donde lo firmó por cientos. En el caso de Lily, ella llegó a los Estados Unidos sin saber leer, con casi veinte años. A la muerte de su marido no solo tomó el negocio, sino que procuró aprender a leer y superar sus limitaciones en el mundo de los negocios. De esta manera, cuando le consultaron si sabía escribir, podía contestar, ufana: “Pues claro que sé escribir. ¿Por quién me toma?” Su hija Emily sería también una gran lectora, gastaba horas leyendo a Shakespeare o Emerson, entre otros autores, y más tarde llegaría a ser periodista y escritora. Toda una historia de superación.

La obra de McCann, atractiva, bien escrita, muestra las uniones y divisiones de la vida y de la historia. No es una novela histórica, pero sitúa muy bien cada episodio, con un telón de fondo de sucesos y formas de existencia que han acompañado a Irlanda, a Estados Unidos y a los habitantes de ambos pueblos, durante los dos últimos siglos.

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