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Aznar: "España ha sido importante cuando su relación atlántica ha sido fuerte"

Agencias
jueves 23 de octubre de 2014, 19:09h
Actualizado el: 24/10/2014 09:08h
Aznar: 'España ha sido importante cuando su relación atlántica ha sido fuerte'
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Conferencia ‘España y el vínculo transatlántico’.
El expresidente del Gobierno y presidente de la Fundación FAES, José María Aznar, ha pronunciado hoy jueves la conferencia ‘España y el vínculo transatlántico’, invitado por la Asociación Atlántica Española.

Intervención íntegra de José María Aznar:

“A estas alturas, seguro que no se sorprenderán si les confieso que soy un atlantista convencido.

Y como atlantista convencido, un atlantista con razones. Razones fundadas y numerosas que quisiera exponer brevemente ante ustedes ordenadas a los efectos de esta intervención en cuatro tipos diferentes, aunque complementarios: razones personales; históricas; políticas y económicas.

En primer lugar tengo razones personales, para ser atlantista. Razones incluso biográficas y familiares, pero sobre todo razones como español y como europeo.

España es atlántica desde que esta categoría surge como realidad histórica y como concepto de política exterior. Y Europa también lo es, entre otras cosas porque Europa no se puede comprender sin España.

El Atlántico, desde que las naves portuguesas y españolas se aventuraran en sus aguas en el siglo XV, ha dejado una huella indeleble en lo que hoy somos los europeos en general, y los españoles en particular.

El Atlántico confiere profundidad a nuestra proyección exterior; singulariza nuestra posición en Europa y afirma la potencia cultural del español.

En el Atlántico encontramos oportunidades y forjamos compromisos estratégicos. España, en el mundo Atlántico, es algo más que una referencia. Es origen y destino, modelo e interlocutor fiable.

Hace exactamente una semana tuve el honor de entregar el premio FAES de la Libertad a Enrique Krauze. En su extraordinario discurso insistió en que los españoles no olvidáramos que lo que denominó “pacto de civilidad” que España hizo consigo misma, fue “el catalizador del cambio democrático en América Latina”.

Lo que España hace llega e influye al otro lado del Atlántico hasta el punto de inspirar transformaciones profundas, porque existe un camino abierto desde hace siglos por el que la vida española y americana fluye con naturalidad en ambos sentidos, en ambos hemisferios, en la feliz expresión de nuestra primera Constitución.

No sólo soy atlantista por una suerte de opción biográfica o de inclinación histórica. Lo soy también porque participo personalmente en una cultura política y cívica, liberal y democrática, que defiendo activamente y que no considero equivalente o intercambiable con cualquier otra.

Soy, como a veces se ha dicho, de los que creen que no hay culturas mejores que otras, pero también de los que creen que hay culturas peores que otras.

La nuestra, residencia en el ámbito atlántico una comunidad de principios que europeos y americanos compartimos como fondo común sobre el que proyectamos nuestra diversidad.

Sabemos de qué hablamos cuando hablamos de libertad personal y Estado de derecho, de economía de mercado, de democracia representativa, de sociedad civil, de igualdad entre hombre y mujer, de protección de la dignidad personal, de pluralismo político y social.

Mi convicción atlantista es el resultado de mi adhesión consciente, razonada, a un modelo de civilización; y es también, al mismo tiempo, y especialmente en momentos como los que vivimos, el producto de una posición anclada en el máximo realismo.

Un realismo que, una y otra vez, me lleva a la necesidad de preservar y reforzar los lazos entre el Nuevo y el Viejo Mundo, algo que, naturalmente ni excluye ni tiene que excluir lazos distintos.

En segundo lugar tengo razones históricas para el atlantismo. Y quisiera recordar algo que en ocasiones se olvida, algo que especialmente olvidamos los europeos.

Cuando se contempla la secuencia histórica de la última posguerra mundial en Europa se suele pasar por alto un hecho que a mi juicio es muy importante y muy revelador. Ese hecho es que la reconstrucción social, económica y política de los Estados europeos, y la fundación misma de la Unión Europea, fueron posibles al amparo de la seguridad que proporcionaron primero la presencia norteamericana y luego la Alianza Atlántica.

Las nuevas Constituciones de los Estados Europeos se elaboraron dentro de ese contexto. Su reconstrucción fue posible sólo dentro de ese contexto. Y, por supuesto, las Comunidades Europeas, primero en 1951 y luego en 1957, se crearon dentro de ese contexto y por el empuje político que nació en ese contexto.

Primero fue la seguridad. Más tarde la seguridad hizo posible la reconstrucción. Y, finalmente, la seguridad y la reconstrucción hicieron posible la cooperación y el progreso.

Creo que esta es una enseñanza histórica fundamental que debemos tener presente, porque las fechas importan mucho cuando se trata de situar las causas y los efectos de las decisiones políticas.

1957 es posterior a 1949; es decir, la Unión Europea sigue a la Alianza Atlántica, no al revés.

La Alianza permitió la supervivencia en Europa de los principios y de las instituciones que hacen posible la libertad. Principios e instituciones sobre los que se levantaron los Estados europeos después de la guerra, y que estaban todavía vivos porque alguien los mantuvo vivos. La Alianza fue quien lo hizo, con evidente protagonismo norteamericano. Y ella fue también la que hizo posible décadas después el derrumbe del Muro de Berlín.

Perder de vista la relación histórica entre nuestro atlantismo y nuestra libertad, entre nuestro atlantismo y nuestro bienestar, es un grave error de perspectiva que, creo, estamos pagando desde hace ya algunos años.

Porque, a mi juicio, existe una relación entre nuestros problemas como españoles y como europeos, y la debilidad que atraviesa la relación atlántica.

No creo exagerar si afirmo, también hoy, en 2014, que el vínculo atlántico ha sido, es y seguirá siendo el mejor instrumento para procurar la seguridad, la prosperidad y el éxito de nuestras sociedades. Y que es precisamente este vínculo lo que puede evitar los choques culturales que algunos vaticinan e impedir que se cumplan las peores profecías de inestabilidad global.

La alianza entre ambas orillas del Atlántico permitió derrotar al nazismo en 1945, así como debilitar, y en último término derrotar, a la Unión Soviética entre 1989 y 1991.

Pero la victoria de Occidente en la Guerra Fría abocó a un decenio unipolar estadounidense y de aparente “fin de la historia” que, sin embargo, los brutales atentados del 11 de septiembre de 2001 desmintieron.

Hoy, transcurridos más de trece años desde la destrucción de las Torres Gemelas y pese a los éxitos indudables en la lucha contra los inductores de aquella criminal acción, contra sus autores materiales y sus cómplices, el mundo sigue siendo inestable. Y da la impresión de que la multipolaridad se suma al desorden.

Esa combinación no es la que nos dio seguridad ni progreso. Al contrario.

La amenaza yihadista-salafista se ha visto reactivada dramáticamente en Siria y en Irak, lo que obliga a Occidente a dar una respuesta eficaz y contundente para atajarla, y en último término, neutralizarla. Y esa respuesta tiene que ser históricamente coherente con nuestros éxitos, y debe evitar reproducir nuestros errores.

España ha sido importante cuando su relación atlántica ha sido fuerte; y España, al igual que Europa, ha sido débil cuando esa relación ha sido débil.

La Historia nos está aconsejando el camino a seguir y, a mi juicio, atender las enseñanzas de la Historia es una decisión sabia y provechosa.

Por estas razones me parece necesario que los documentos y los análisis destinados a fijar la posición exterior de España aborden el atlantismo como una única pieza de la política exterior. Una pieza que no puede fragmentarse en zonas o en áreas geográficas sin que eso suponga una pérdida sensible.

Una descripción de los problemas de alcance atlántico conduce a una propuesta política de alcance atlántico. Una descomposición de los problemas atlánticos en áreas o zonas geográficas, llevará a respuestas incompletas y sin efectividad.

España necesita una política atlántica porque atlántica es la dimensión de nuestros problemas y sobre todo porque atlántica es la dimensión de las soluciones que reclaman. Atlántica es nuestra mejor historia y atlánticas son nuestras mejores oportunidades.

En tercer lugar quiero referirme a las razones políticas del atlantismo.

Es cierto que existe un empuje que tiende a desplazar el centro de gravedad de la política mundial desde el Atlántico hacia el Pacífico. Pero frente a eso cabe decir dos cosas. Lo primero es que ni mucho menos se trata de un proceso inevitable. Lo segundo es que puesto que no nos conviene como españoles y como europeos, debemos hacer lo posible por evitarlo.

Y eso significa trabajar para fortalecer el vínculo atlántico.

La relación transatlántica, para ser nuevamente fecunda, debe ser replanteada y vigorizada. Durante demasiado tiempo nosotros, europeos y americanos, llevados por la autocomplacencia, permitimos que nuestro liderazgo a nivel global entrase en una crisis que es la vez de identidad y de debilitamiento. Y esto se está dejando notar.

La guerra civil siria, que dura ya casi cuatro años, ha propiciado la reactivación y crecimiento del terrorismo yihadista-salafista en la región de Oriente Medio. El autoproclamado como Estado Islámico se ha valido de los más despiadados procedimientos para conquistar vastos territorios tanto en el norte y en el este de Siria, como en el oeste y norte de Irak.

En Irak el yihadismo había sido vencido en 2008 merced a la determinación del pueblo iraquí, el incremento del contingente de tropas estadounidenses y el apoyo prestado por las tribus suníes, hartas de la violencia y crueldad de la entonces denominada Al-Qaeda en Irak.

Los errores e insuficiencias de la post intervención fueron corregidos con éxito. Tanto que cuando un nuevo presidente llegó a la Casa Blanca consideró que la situación era lo suficientemente estable como para anticipar la retirada de las tropas americanas de Irak.

Pero como ha afirmado Elliot “El pasado tiene un modo inquietante de regresar para trastornar el presente. Y cuando se echa a la historia a la fuerza por la borda se puede contar con que volverá”.

La revuelta contra la dictadura siria de Bashar al-Assad en 2011, derivada en conflicto civil, y la brutal respuesta de este régimen y de sus aliados ruso e iraní, han propiciado la entrada de miles de yihadistas en el país y la extensión del conflicto al vecino Irak.

La antigua Al-Qaeda en Irak, vencida, insisto, antes de la retirada de las tropas estadounidenses de ese país, aprovechó el caos en Siria para transformarse y regenerarse hasta convertirse en una amenaza para la estabilidad de toda la región.

El Estado Islámico es un enemigo que no cabe subestimar, una organización terrorista fanática, aguerrida y sanguinaria, que establece un dominio efectivo sobre el territorio que conquista y que posee fuentes de financiación y armamento pesado.

Sus tácticas, que se caracterizan por aunar la guerra asimétrica y los métodos propios de un ejército regular, son, no obstante, flexibles, como demuestra su adaptación a los ataques aéreos lanzados contra él por la coalición internacional liderada por Estados Unidos.

Como afirmó recientemente el presidente Obama, Siria se ha convertido en la “zona cero” de los yihadistas de todo el mundo.

El caos en Siria y la expansión del Estado Islámico prueban, en definitiva, que no sólo intervenir tiene costes. No intervenir también los tiene y a veces mucho más altos.

Por eso la colaboración en el ámbito militar es, obviamente, esencial. Pero en la coalición ad hoc contra el Estado Islámico se han puesto de relieve los problemas que afligen a la OTAN, clave de bóveda de la relación transatlántica, desde el final de la Guerra Fría.

Las carencias, muy graves, en lo tocante a las capacidades militares, han sido agravadas aún más por la reducción del gasto en defensa de muchos de los países europeos integrados en la Alianza. Pero lo que en mayor medida pone en peligro hoy la cohesión de la OTAN es la pérdida de una razón de ser compartida por todos sus miembros.

Me refiero a la ausencia de un compromiso político claro común a todos los miembros de la Alianza Atlántica, convertida, al menos hasta la agresión rusa a Ucrania, en una suerte de agencia para compartir recursos militares.

La regeneración de la OTAN requiere el compromiso explícito de todos sus Estados miembros con la defensa colectiva y con el crucial artículo 5 del Tratado de Washington. Idéntico nivel de compromiso exige la coalición contra el Estado Islámico.

La solidaridad entre los aliados se vería favorecida si existiera una voluntad pedagógica en sus respectivos Gobiernos. Hablo de concienciar a la población sobre la magnitud de la amenaza a la que nos enfrentamos y la necesidad de un esfuerzo continuado en el tiempo. Esto es un trabajo político de primer orden.

Hablo de incidir en la brutalidad de unos individuos que decapitan y crucifican a los que consideran infieles. Hablo de subrayar el origen occidental de algunos de los miembros del Estado Islámico y de prevenir sobre el riesgo real de que éstos cometan atentados en sus países de origen, como acabamos de ver en Canadá.

Nuestra seguridad y nuestra estabilidad no tienen mejor garantía que la dimensión atlántica. Sin embargo, estamos dejando crecer problemas políticos que tienen su origen en la debilidad de esa dimensión.

El mundo presenta hoy muchas y muy serias amenazas. Amenazas que lo son especialmente para Europa cuando Estados Unidos ha decidido dar un paso atrás y ejercer un liderazgo de baja intensidad en cuestiones candentes que comprometen gravemente nuestra seguridad.

Un nuevo escenario estratégico que ha encontrado a Europa sin claridad de ideas, sin liderazgos propios y sin capacidades suficientes. La realidad está reclamando muy poderosamente nuestra atención, y sin embargo insistimos en darle la espalda, confiados en que alguien se encargará de hacerle frente en nuestro nombre.

Pues bien, eso no va a ocurrir. Y vistas las decisiones estratégicas esenciales adoptadas por la Administración norteamericana en los últimos años y los efectos que están teniendo sobre los problemas afectados por ellas, los europeos deberíamos reaccionar con urgencia. Y entender que nadie va a defender nuestros intereses por nosotros, que nadie va a poner sobre el terreno las capacidades que nosotros no pongamos y que una cosa es tener aliados y otra muy distinta que alguien vaya a tomarse nuestra seguridad más en serio que nosotros mismos.

Esto exige un cambio de naturaleza política que sólo podrá producirse con la intensidad y con la rapidez indispensable en el seno de la comunidad atlántica renovada, ampliada y fortalecida. Una comunidad atlántica, no del Atlántico norte, sino de todo el Atlántico.

La OTAN padece una crisis que sólo puede superarse mediante un proyecto político compartido, que a su vez necesita redefinir los objetivos asociados a la seguridad y al bienestar, a la defensa de nuestros valores y de nuestras instituciones, que afortunadamente son ya mucho más que europeas o norteamericanas.

Y precisamente por ello y sin comprometer nunca la unidad de base, debe ser un proyecto servido por estructuras flexibles, modulables en función de la amplitud y de la profundidad de los compromisos que los distintos aliados estén en disposición de asumir en cada ocasión. Una estructura que facilite la reflexión permanentemente, pero que facilite también la acción cuando sea necesaria.

Una estructura que permita corregir el desequilibrio entre quienes hacen posible la seguridad y quienes la disfrutan.

Los europeos tenemos que percibir como real la posibilidad de que un día busquemos la presencia americana y esa presencia no esté. Y tenemos que percibir la gravedad de tener un paraguas de seguridad propio sin capacidades suficientes ni siquiera para ser un aliado atractivo.

Para Europa es imposible e indeseable continuar con los actuales niveles de capacidad militar. Por razones de influencia; porque ya no está en condiciones de solucionar pequeños problemas en sus fronteras por sí misma; y porque la redefinición estratégica norteamericana la obliga a hacer más si no quiere ponerse en riesgo.

La forma de abordar este cambio indispensable no es desafiando el vínculo atlántico. No es sustituyendo las alianzas fiables, probadas en el campo de batalla y selladas con la sangre de quienes la ofrecieron por nuestra libertad, por otras sin sentido estratégico y sin garantía alguna.

Pocas veces el método de ensayo y error ha generado resultados políticos prácticos tan concluyentes como en este caso. No hay alternativa viable a la alianza estratégica de Europa con Estados Unidos. Y el futuro de esa alianza implica cambios profundos en muchos sentidos.

Es imperativo actuar para que el vínculo atlántico, debidamente reformado y ampliado, vuelva a ser en toda su potencia el anclaje efectivo de la estabilidad mundial.

Finalmente, en cuarto lugar, quiero referirme a las razones económicas. Estas son las que más parecen pesar en la tesis del desplazamiento del centro de gravedad mundial hacia el Pacífico.

Sin embargo, y como anteriormente mencionaba, no está claro que sea una afirmación que se pueda sostener como evidente.

Por supuesto, si quienes pertenecemos a la cuenca atlántica del norte y del sur no hacemos nada, no cambiamos nada, no reformamos nada, entonces el centro de gravedad del mundo acabará en cualquier parte, y puede que sea en el Pacífico.

La cuestión es si tenemos intención de no hacer nada o si más bien tenemos intención de hacer mucho. Porque la cuenca atlántica es el área del planeta en la que más se puede hacer y con mejores perspectivas en todos los terrenos y especialmente en lo que a la economía se refiere.

Permítanme recordar sólo algunos datos. La zona atlántica es el espacio comercial más importante del mundo. Estados Unidos y la Unión Europea representan el 50 por ciento del PIB total del mundo, y el 30 por ciento de las transacciones comerciales.

En la zona atlántica el intercambio de bienes y servicios alcanza los 2.000 millones de euros al día.

Además, América Latina y África están experimentando índices de crecimiento elevados. Sus consumidores demandan cada vez más y mejores productos, nuevos servicios, formación universitaria, y en los próximos años ambas regiones pueden convertirse en motores de la economía mundial.

La cuenca del Atlántico representa más de un tercio de la producción de petróleo y gas mundial. Alberga casi el 60 por ciento de las reservas de gas de esquisto técnicamente recuperables; el 12 por ciento de las reservas de gas convencionales; el 40 por ciento de las reservas de petróleo.

La Agencia Internacional de la Energía prevé que Estados unidos supere a Rusia en 2015 como principal productor de gas natural. También superará a Arabia Saudí en 2017 como primer productor de petróleo del mundo.

Otros países también están participando de forma activa en estos cambios en la producción energética. Brasil, Ghana, Namibia, Marruecos o Argentina, por ejemplo.

Algo parecido puede decirse de las reservas de agua o de minerales.

Y, por supuesto, de la demografía.

Los países del Atlántico estamos más conectados que nunca, y la negociación del nuevo acuerdo comercial entre Estados Unidos y la Unión Europea, al que la fundación que presido ha realizado una importante contribución con un documento profundo y extenso, está dando a ese vínculo comercial un nuevo impulso. Tecnología, infraestructuras, inversión, cooperación policial, etc. Todo muestra una integración cada vez mayor.

Y las posibilidades son todavía enormes. Las razones económicas del atlantismo son sencillamente abrumadoras.

Creo que este es el diagnóstico realista del atlantismo, una pieza esencial del futuro de nuestro modo de vida.

He expuesto razones y problemas del atlantismo. También he mencionado las que a mi juicio han de ser las vías de su regeneración.

No se trata de volver a 1949. Se trata de entender que redefinir la política atlántica es indispensable para Europa por razones de seguridad, de debilidad demográfica, culturales y económicas.

Es deseable para Estados Unidos porque necesita aliados, asimilar las nuevas realidades demográficas que experimenta, y ejercer un liderazgo eficaz.

Y es conveniente y una oportunidad histórica para Latinoamérica y para buena parte de África. La oportunidad de fortalecer sus instituciones, de dar un salto en su desarrollo, de estar donde se toman las decisiones importantes y no al margen de ellas.

Hay que reafirmar los valores que compartimos.

Hay que flexibilizar las estructuras, recuperar capacidades y dinamizar los procedimientos. La OTAN debe recobrar su sentido histórico, que en este momento significa, en primer lugar, recuperar su papel contra la amenaza terrorista en una lucha que se libra en Oriente Medio, pero que tiene ya un alcance global.

Sabemos que tenemos dificultades importantes que superar. Europa debe superar las dificultades que encuentran los mecanismos institucionales de una UE que se mueve a golpe de crisis.

Es, sin duda, un factor de debilidad que se hace patente en un momento crítico para la Unión. Cuando además, nacionalismos y populismos, presentan un preocupante potencial para erosionar los sistemas políticos y desestabilizar el marco institucional de los Estados.

Y al otro lado, América Latina tiene que superar, entre otros, problemas como los que representan países que están fracasando porque se han alejado del modelo político que defendemos.

América Latina goza hoy de más democracia y de una mejor institucionalidad, sus economías se han liberalizado notablemente, y la región cuenta con unas clases medias emergentes de una anchura y vigor sin precedentes.

Asimismo, ha surgido un proceso de integración regional que reúne a algunas de las repúblicas que mejor están haciendo las cosas en términos políticos y económicos. Me refiero a la Alianza del Pacífico y a sus cuatro miembros fundadores: México, Perú, Colombia y Chile.

Aquellos que nos preciamos de ser atlantistas debemos celebrar la constitución de una iniciativa como esta, que, a diferencia de la mayoría de los procesos de integración iniciados en América Latina en los últimos años se fundamenta en los mismos principios que informan Occidente y el vínculo transatlántico: democracia liberal, economía libre de mercado e imperio de la ley.

Pero en algunas de sus repúblicas un populismo de corte marxista inspirado en los peores ejemplos ha degradado las instituciones democráticas.

Y aun así, dicho lo anterior, hay muchas más luces que sombras.

Comenzaba esta intervención exponiendo las razones de mi atlantismo. Quiero terminarla con una referencia, aunque sea sucinta, a la gran importancia que el vínculo atlántico tiene para España en la actualidad.

Cuando España asumió la modernidad política e hizo suyos esos principios que podríamos denominar atlánticos, pusimos las condiciones para convertirnos en lo que hoy somos: una de las grandes democracias del mundo.

Una democracia que, como toda obra humana, es perfectible y reformable. La regeneración es, de hecho, una de las tareas inherentes a la gobernación de un Estado.

Sin embargo, -y me reafirmo en lo que dije hace unos días-, nuestro proyecto de convivencia ni merece ni necesita enmiendas a la totalidad, que nunca, repito, nunca, han traído los efectos regeneradores que se les suponían.

Salir del aislamiento y la marginalidad, ingresar en Europa y al mismo tiempo acercarse a los Estados Unidos fue para España el principio de la mejor etapa de su historia. Una etapa que brindaba a nuestro país la posibilidad de desempeñar, por primera vez en más de dos siglos, un papel preeminente en el escenario internacional.

Fue esa España democrática la que se situó en el grupo de cabeza de Europa y se convirtió en miembro fundador del euro. Esa misma España trabó una relación estrecha y mutuamente beneficiosa con los Estados Unidos de América.

Ahora que nuestro país vuelve a ser miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, un éxito diplomático, España está obligada a estar a la altura sin rehuir sus responsabilidades, sino sabiendo que asumirlas es la mejor manera de ser importante en circunstancias desafiantes y exigentes.

Porque actuar con responsabilidad exige esfuerzo y sacrificio, es cierto. Pero la responsabilidad, que es virtuosa en sí misma, siempre arroja buenos resultados.

España, a pesar de las dificultades económicas y de la cuota de populismo que sufre, sigue siendo un país extraordinario.

Un país plenamente atlántico, que se halla en condiciones de contribuir decisivamente a la renovación y consolidación del vínculo transatlántico. Ayer en el Congreso se dio un importante paso en esa dirección.

Ninguna otra nación europea o americana reúne todas estas condiciones. Ninguna está mejor situada para ejercer de puente entre el Viejo Mundo y el Nuevo. Y ninguna tiene más interés en que el vínculo atlántico –un vínculo que España fue la primera en fundar hace ya 500 años- sea reforzado y renovado.

Tenemos una crisis económica que superar. Tenemos una dependencia energética que mitigar. Tenemos una amenaza terrorista que vencer. Y tenemos una gran nación a la que devolver la confianza en sí misma, en sus logros pasados y en sus posibilidades futuras.

No desaprovechemos la oportunidad que nos ofrece el Atlántico. Lideremos esta causa. Y asumamos nuestra responsabilidad.”
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