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ENSAYO

Fernando Aramburu: Las letras entornadas

domingo 08 de febrero de 2015, 12:56h
Actualizado el: 08 de febrero de 2015, 16:30h
Fernando Aramburu: Las letras entornadas
Tusquets. Barcelona, 2015. 287 páginas. 18 €. Libro electrónico: 10,99 €

A través de un imaginario diálogo del propio Aramburu con un enigmático Viejo, el cada día más consagrado autor vasco nos ofrece sugerentes reflexiones sobre sus preferencias lectoras, en una forma diferente de ejercer la crítica.

Por Rafael Narbona

Las letras entornadas es un diálogo imaginario entre Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) y un enigmático Viejo cuya verdadera identidad no se revela hasta las páginas finales. Aramburu explota este recurso con habilidad, creando una atmósfera que recuerda las charlas de Andrés Hurtado con su tío Iturrioz en El árbol de la ciencia (1911). Eso sí, lo que predomina en este caso no es la disputa filosófica y la angustia existencial, sino la visión tranquila de un escritor en plena madurez, que ha recorrido un largo camino desde unos orígenes humildes hasta un justo reconocimiento por una obra prolífica, donde las novelas conviven con los cuentos, la poesía y la literatura infantil. No está de más señalar sus traducciones del alemán, que han acercado al lector español las obras completas de Wolfgang Borchert, un desdichado e insólito autor escasamente conocido en nuestro país. Desde la lejanía, Las letras entornadas muestra cierto parentesco con Juventud, egolatría (1917), pero solo hace falta adentrase unas páginas en el texto de Aramburu para comprobar notables diferencias, particularmente en la interpretación del mundo y la naturaleza humana. Aramburu coincide Baroja en el escepticismo religioso: “La realidad se extiende más allá de nuestros horizontes personales. No estábamos y ella ya estaba. Estamos y nos desborda por todos los flancos. No estaremos y seguirá en su sitio, húmedo y giratoria o acaso polvorienta y deshabitada”. Esa perspectiva “sabe a poco” y por eso el hombre ha inventado las religiones.

Es una afirmación discutible, pero Aramburu no pretende imponer su punto de vista. De hecho, odia el dogmatismo, pues lo ha conocido en su propia tierra. La librería Lagun acogió en su escaparate su primera novela. Los jóvenes y no tan jóvenes energúmenos del entorno de ETA emplearon las más abyectas formas de violencia para acabar con ese espacio de tolerancia, cultura y amistad. Aramburu recuerda con nostalgia las largas charlas con Ignacio Latierro, su mujer Rosa, y María Teresa Castells, propietaria de la librería y compañera de Ramón Recalde, que sobrevivió a un cobarde atentado. Aramburu expresa libremente su percepción de lo real, con humor, cercanía y grandes dosis de humanidad. Habla con la espontaneidad y la sinceridad de Baroja, pero no es Baroja. Acepta la finitud y la imperfección del hombre, pero no lo condena. Su mirada está llena de ternura. No lanza imprecaciones contra el género humano ni flirtea con el pesimismo. Su prosa -limpia, precisa y sin alardes retóricos- es un canto a la vida y a la literatura, donde hay espacio para los afectos, pero no para los vituperios. Las páginas dedicadas a su infancia son especialmente conmovedoras. Desde que empieza a despuntar su conciencia, experimenta fascinación por el mar, pues -al margen de su innegable belleza- aprecia que es una invitación a la libertad, un camino sin fronteras hacia tierras lejanas. La pluma de Aramburu muestra su profundidad y delicadeza al hablar de sus padres, dos personas sencillas que le inculcaron valores esenciales: compasión, humildad, amor al trabajo, prudencia, tenacidad. Lejos de cortar sus alas, alimentaron su vocación literaria, incitándole a leer y estudiar. No es sorprendente que años más tarde el incipiente escritor se identificara con el Albert Camus de El hombre rebelde (1951), un alegato contra las ideologías que justifican los medios para alcanzar determinados fines. “Quien acumula víctimas encarna el mal -escribe Aramburu-. […] Ningún verso, ningún renglón, saldría de mí sin haber atravesado un filtro ético. Intentaría ser libre sin causar daño”. Ese propósito se reflejara años más tarde en su interés por la obra de Wolfgang Borchert, autor de Fuera, delante de la puerta (1947), un drama en cinco escenas compuesto en “ocho días de trabajo febril”, que inauguró en Alemania “la literatura del trauma y las ruinas”.

Es imposible abordar todos los aspectos de Las letras entornadas en esta nota, pero puedo asegurar que Aramburu nunca defrauda. Escribe sobre Thomas Mann, Ramiro Pinilla, Félix Francisco Casanova -el poeta canario que solo vivió 20 deslumbrantes años-, Celaya, Rulfo, Reich-Ranicki, Viktor Klemperer, Mercè Rodorera, Aleixandre, Blas de Otero, Ignacio Aldecoa, Cervantes, Dostoievski o Cortázar, con la perspicacia del lector apasionado, que maltrata los libros a conciencia, anotando y subrayando con fervor adolescente. Aramburu no es “el hombre malo de Itzea”, que espanta a los niños, sino un hombre bueno, que no desperdicia la ocasión de manifestar su ternura hacia sus dos hijas y elogiar a sus amigos más entrañables (José Manuel Díaz de Guereñu y Francisco Javier Irazoki). Las letras entornadas es un libro delicioso, profundo y simpático, que debería leerse con una copa de buen vino y con un viejo amigo dispuesto a escuchar nuestras impresiones. Es palabra impresa, pero proporciona el placer de una buena conversación modulada por un grado razonable de embriaguez.

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