Vivimos una época en la que bigotes y barbas vuelven a estar de moda. El adorno capilar facial está viviendo un resurgir, llevándose, como ocurre en numerosas ocasiones, a extremos que rozan lo absurdo. A lo largo de la historia de la humanidad algunas de esas acumulaciones vellosas han sido tan famosas como su propietario. Uno de esos casos es el bigote únicamente nasal de Adolf Hitler, identificaríamos todos ese mostacho sin dudarlo, ¿pero qué ocurriría si al rostro de Hitler le quitamos ese bigote y le cambiamos el peinado? No estoy seguro de que pudiéramos identificar ese rostro con el de uno de los personajes más odiados de la historia. Quién sabe si aprovechando un cambio estético de ese tipo Adolf Hitler huyó del Führerbunker en compañía de su amante Eva Braun, antes de que las tropas soviéticas alcanzasen ese lugar en su toma de Berlín.
Eric Frattini, con una meticulosa base documental, aporta pruebas que ponen en una situación comprometida la versión oficial. Los cadáveres encontrados en el búnker no pudieron aportar en ningún momento pruebas irrefutables de que se tratasen del líder nazi y su amante. Muchos de los que vivieron aquella época, personajes de relevancia como el presidente estadounidense Eisenhower, mostraron sus dudas respecto a poder garantizar que el Führer había muerto.
Todos los apasionados por el tema de la Segunda Guerra Mundial tienen ante ellos un libro apasionante, pero los lectores que no tengan entre sus prioridades las historias de este periodo, van a quedar igualmente impresionados por el contenido. Y no solo por el relato que Frattini hace de la enmarañada historia llena de claroscuros sobre la muerte de Hitler, sino también por la documentación, las reproducciones de los documentos que han servido de base a su investigación y que introducen en la mente del lector la duda más que razonable de que España o Argentina fueran el lugar de huida de Hitler. No obtendremos la respuesta a la pregunta que tiene por título el libro, seremos cada uno de nosotros, los que al leer su última página decidamos si somos crédulos con lo que nos han ofrecido como verdad oficial, o si, por el contrario, pensamos que Hitler nunca optó por el suicidio sino por la salvación personal y de su amada, la supervivencia por encima de todo, más aún cuando muchos le seguían considerando un dios, incluso en su ocaso.