Las memorias son el género más entrañable de la literatura, incluso cuando incluyen confesiones desgarradoras o implacables exámenes de conciencia. Rosa Regàs (Barcelona, 1933) ya había relatado su infancia en Entre el sentido común y el desvarío (2014). Ahora nos cuenta su adolescencia en un libro emotivo y sincero, que recrea la Barcelona de la posguerra, una época de miedos y silencios. Aunque los sectores más conservadores de la burguesía catalana saludaron con fervor a las tropas del general Franco, el clima de intolerancia y represión apagó enseguida su euforia. Al regresar a Barcelona, Rosa sólo tiene seis años. Sus padres están separados y en el exilio. Es hija de “rojos y ateos”, y sólo habla francés. Las calles han cambiado de nombre. La Diagonal ha pasado a llamarse Avenida del Generalísimo y su hermano Xavier se ha convertido en Javier. Ambos han estudiado en la escuela abierta en Saint Paul de Vence por los pedagogos Célestin y Elise Freinet. Se trata de un centro laico que promueve la autonomía, la creatividad y el amor a la naturaleza. Esa experiencia será truncada por los colegios religiosos, que completarán su formación con las enseñanzas del nacionalcatolicismo.
Rosa no es una adolescente particularmente rebelde. A pesar de las penalidades causadas por la guerra y la posterior dictadura, se muestra benevolente con las personas de su entorno familiar y social que simpatizan con el régimen. La descripción de su abuelo es particularmente conmovedora. Es un hombre gruñón y cascarrabias, que conduce sin respetar las normas de tráfico y nunca se muerde la lengua, pero que se muestra afectuoso y protector con su nieta. La prometida de su tío Miguel, que murió en la batalla del Ebro, escribe con tinta verde, pues considera que ese color expresa una inquebrantable lealtad a la causa monárquica. Es una mujer simpática y disparatada, a la que es imposible no apreciar.
No quiero dejar de mencionar el retrato de la madre. El Tribunal Tutelar de Menores se ocupa de Rosa y sus hermanos, pues estima que una pareja rota de exiliados antifranquistas no puede disfrutar de su custodia legal. Cuando años más tarde madre e hija se reencuentran, se produce una extraña paradoja. Para Rosa, su madre es un mito, casi un ser irreal, y le cuesta trabajo adaptarse a una relación normal, hasta que un día cae enferma y necesita cuidados. Madre e hija se desorientan, pues nunca han pasado por una situación semejante. Entre ellas, lo ordinario es una rareza, algo insólito.
Ya casada, Rosa cuida a su hijo Eduard, afectado por una meningitis. Combate su angustia fumando un cigarrillo tras otro y expulsando volutas de humo que hacen sonreír al niño. Con la perspectiva actual, la escena parece casi monstruosa, pero la cruzada contra el tabaco aún no había comenzado y hasta los médicos se paseaban por los pasillos de los hospitales, sosteniendo un cigarrillo. La filosofía vital de Rosa no es la de su padre, que repite constantemente: “Yo he venido al mundo a pasar el verano”. Culto y refinado, su hedonismo no le eximirá de una temporada en el campo de concentración de Argelès. Aficionada a la literatura y descontenta con el papel “penitencial” de la mujer en la España franquista, decidirá matricularse en Filosofía y Letras para satisfacer su afán de conocimiento. Su fe religiosa se extingue al tiempo que se forja una nueva visión del mundo.
Rosa Regàs finaliza esta nueva entrega de sus memorias, evocando los sentimientos que experimentó en la cola de la universidad. Estaba “muerta de miedo”, pero se sentía “completamente adulta por primera vez”. Una larga adolescencia se lee sin esfuerzo, pues la prosa es clara, sencilla, elegante, sin afectación. Esa forma de escribir, libre de retórica, resulta abrumadoramente eficaz para un texto autobiográfico, pues refleja honesto ejercicio de introspección. La obra se hace breve. Breve como la parada de un tren con un largo trayecto por delante. Es inevitable esperar con impaciencia la próxima estación, con Carlos Barral, Juan Benet, Javier Marías, Manuel Vázquez Montalbán y Álvaro Pombo en el turbulento andén de un franquismo terminal.