Durante los más de tres siglos y medio de existencia de la Inquisición muchas fueron las batallas que libró en defensa de la fe verdadera. En sus inicios los herejes y los falsos judeoconversos estuvieron en el centro de sus actuaciones, pero según se sucedían los años y con los grandes avances científicos que trajo consigo el Renacimiento, en muchas ocasiones los prohombres que daban a conocer esos conocimientos casi siempre revolucionarios, tenían problemas, más o menos graves con el Santo Oficio. A todo esto cabe añadir que el hecho de ser mujer complicaba siempre las cosas, máxime cuando estas dedicaban su tiempo a labores entendidas como impropias en la época. Véase como hasta la gran Teresa de Jesús sufrió persecución del tribunal inquisitorial, aunque finalmente como diría en su lecho de muerte: “Por fin muero hija de la Iglesia”.
En el caso de la marquesa Juana de Alcántara, protagonista de esta novela, la Inquisición la persiguió con más espada que olivo con la finalidad de acabar con un comportamiento harto ilógico, pues a los ojos de los inquisidores no era compatible con una perfecta ortodoxia católica que una mujer pudiera tener por afición la astronomía y la física. Por este motivo se ve forzada a huir al Nuevo Mundo, pero poner un océano de por medio no era garantía de escapatoria definitiva, las garras de la Inquisición abarcaban todo el reino. Gracias a su androginia y revestida de unas vestimentas de fraile abandona su condición femenina y se convierte en un Pater más de los que viajaron a propagar la fe en América.
Pero si todo esto no es suficiente, su destino en estos nuevos territorios será San Sebastián de la Ciénaga, este imaginado lugar donde, como su nombre nos anuncia, se encuentra lo peor de las gentes que poblaban esas tierras, toda una serie de criminales, bandidos y personajes de la peor calaña que hacen de ese sitio el menos indicado para una dama, por lo que Juana deberá esforzarse en todo momento porque no se desvele su verdadera identidad, esfuerzo que tornará a volverse sobrehumano cuando se enamora perdidamente del capitán del destacamento de la ciudad, compleja situación de amor imposible, de antagonismo entre alcanzar la felicidad amorosa y acabar ante la justicia inquisitorial con una acumulación de cargos en contra que tendrían una condena capital asegurada.
Más aún, será Juana, bajo la capucha de Pater Penumbra, quien se encargue de dar solución a una serie de asesinatos. A la vista de todo lo anterior se puede ver la completa obra ante la que nos encontramos, sorprendente para ser la primera incursión literaria de Pablo Barrera, genio de los guiones televisivos, que ahora nos ofrece esta historia. No es una propiamente una novela histórica, no hay conexiones con la realidad histórica ni ficción sobre acontecimientos reales, pero hay trama, hay diálogos y hay personajes que componen una obra absolutamente deliciosa y que nos permite ver la figura de Catalina Erauso y Pérez Galarraga, la monja alférez, como fuente de inspiración.