Si contempláramos la escritura como una comunicación diferida, entenderíamos con rapidez que toda interpretación literaria consiste a su vez en un diálogo entre el pasado y el presente. El filósofo alemán Gadamer ya insistió en el sentido histórico de cualquier interpretación, su objetivo pretende empatizar con la situación psicológica, social, cultural… que propicia la escritura del autor. Por decir de otro modo, ganar su perspectiva. Así ocurre en la escritura y, quizá de modo encendido, en las epístolas donde los matices adquieren sostenidos más intensos si cabe por lo palpable de esa distancia que media entre remite y remitente.
Alguien como tú toca tangencialmente los temas citados. Gina tiene la necesidad de conocer un secreto familiar: el amor imposible de su madre Paulina, que dejará notas de amor en libros de mariposa por librerías famosas del mundo, con un galerista de arte francés, Jean Pierre. El azaroso desencadenante es una tarjeta encontrada en el libro El coleccionista, de John Fowles (el lector memorioso recordará que el protagonista de aquella novela colecciona mariposas, pero coincidirá con este columnista que del novelista inglés quizá sea de mayor calado la novela El mago). La presente es una historia incompleta a rellenar con el vaporoso recuerdo del pasado de sus testigos y desmenuzada en unas pocas cartas.Por desgracia, no encontramos en esta novela ni en sus cartas ese vocabulario de los amantes, esa profundidad narrativa o esa radiografía de las miserias sociales que convierten a Tristana de Galdós en novela paradigmática de la relación epistolar.
Como buen periodista, Xavier Bosch sabe introducir la información pertinente en los momentos adecuados. Como cuando aporta el dato de la profesión de Manuel Castro, padre de Gaby, justo para admitir que no resolvería un caso familiar (una discusión con su hija). Por otro lado, un personaje traspone ideas fácilmente atribuibles a la trastienda del autor: “Abrir un libro es, me parece a mí, descubrir mundo, vivir otras vidas, dar sentido a la nuestra. […] Forjar historias […] Un periódico es siempre lo mismo […]. Nunca pasa nada Y cuando pasa algo importante, tampoco te lo cuenta”. Y no solo en tal detalle, otros usos periodísticos y menciones directas salpimientan con gracia el texto: “En casa de los Castro-Homs, las noticias nunca propiciaban grandes titulares”. Sin embargo, Xavier Bosch no toca el peso de los prejuicios y las presiones sociales, o el espacio que ocupa la memoria del pasado, cuando puede incluso cerrar o emborronar los ojos en ese mirar atrás. Aquí va todo dispuesto en pos de una narración sumamente ligera sin capacidad de ahondar. Además, hay alguna falta de precisión que desluce el uso de metáforas y rompe así su posible efecto estético.
Valga el ejemplo de la metáfora musical para exponer una escena de cama. Allí se afirma que “bastaron los primeros arpegios del Concierto de Aranjuez para sorprender” a Gina, cuando el célebre concierto no arranca con arpegios, sino con una progresión de acordes. La considerable diferencia entre arpegio y acorde expresa cosas bien distintas trasladadas en metáfora al juego erótico. La literatura, como todo arte, es cuestión de exactitud. Más grave resulta que, a la postre, las vivencias sean anotadas pero no vividas, los sentimientos quizá enunciados pero no transmitidos, las emociones descoloridas en huecas palabras. La pretendida mimesis realista es aquí añeja, pálida y pobre. Incluso con algún momento cursi. En otras ocasiones, los golpes efectistas de final de capítulo recuerdan más a las novelas por entregas, esos folletines del siglo XIX, que a una novela escrita en el tercer milenio.