El conspicuo
León Felipe llegó a México en 1923, mucho antes de la generosa acogida dispensada por México, país hermano siempre, tras la rabiosa Guerra Civil. El poeta exiliado contó con la desinteresada ayuda del siempre atento Alfonso Reyes, quien aún fatigaba la capital española, cifrada en sus maravillosos
Cartones de Madrid (1917). De tal modo, León Felipe pudo tomar contacto rápido con la intelectualidad mexicana. Entre otros, José Vasconcelos o Henríquez de Ureña, aquellos intelectuales que, pocos años atrás, habían dinamizado la cultura y sociedad de su país con el hito del Ateneo de México. Una monarquía desdeñosa condujo al escritor zamorano al exilio voluntario. Más tarde se fugó de una república sectaria y quedó sentenciado por Franco al destierro final. El vaivén de viajes le dejó dramáticamente embarrancado entre dos tierras. Ya solo emprendería rumbo a España a través de su poesía. Sin ser mexicano de nación, a la postre y con tristeza, lo fue de corazón.
Este “poeta de barro” tomó la esencia más humana de la rutina para conformar sus versos a modo de versículos con el anhelo de elevarlos hacia lo alto. Huyó de la retórica y abrazó la oralidad; optó por la forma del romance en la búsqueda de una “amétrica primitiva”. Sus poemas, que no siempre o difícilmente lo son, se avecinan hasta la confusión a otros géneros textuales y muchos de ellos conservan hoy un nada desdeñoso valor documental. Ese “pobre valor biográfico” (Carta a Jesús Silva Herzog), que él mismo atisbó, da la medida precisa de un tiempo ya lejano. Descuidado a ratos con las formas y apasionado de la pasión. Su vehemencia artística sufrió de constante los arrebatos de la ira: “¡Ah, si yo pudiese organizar mi llanto y el polvo disperso de mis sueños!”, dejó escrito en
Español del éxodo y del llanto (1939), tras el abandono definitivo de España, que se convirtió en tema moral recurrente de su poesía. Hoy como ayer, sigue resultando un poeta de antologías. A sabiendas, organizó su obra a través de selecciones, la última,
El poeta canta en el viento (1969). Menguante en su pervivir artístico, se fue escorando desde que la selecta
Antología de Gerardo Diego (segunda edición, 1934) incluyera al autor de los estupendos
Versos y oraciones de caminante (1920-1929).
Este
Castillo interior recoge en sus “Aposentos” textos de diversa índole, inéditos o perdidos en la hojarasca de publicaciones volanderas. En “Moradas” se agrupa una sugestiva colección de cartas que toman el pulso del escritor. Destaca, entre ellas, la relación epistolar con Juan Larrea (desde julio de 1941 a mayo de 1967). Diversa significación y valor tienen las misivas enviadas a Camilo José Cela, al que manifestó sincero agradecimiento. Y, conviene repetirlo, a través de su revista
Papeles de Son Armadans, Cela rescató del olvido y puso en circulación obra nueva y antigua de los mejores intelectuales del exilio. Es relevante también la correspondencia a la editorial Séneca a cuenta de su negativa a participar en la antología
Laurel (1941), preparada por Emilio Prados, Juan Gil-Albert, Xavier Villaurrutia y Octavio Paz.
En definitiva, esta producción miscelánea en su etapa mexicana pone de soslayo y de cara la profunda urdimbre moral de la España de aquel éxodo de ayer -para nuestra desgracia con similares efectos al éxodo de hoy, y de ahí la posible vigencia del escritor zamorano-. Solo hay, afirmaba con vehemencia el poeta, “dos clases de habitantes: hombres y gánsteres. No hay más partidos que estos dos. ¡Y hay que elegir!”. León Felipe fue un dolor con pálpito acelerado y escritura febril, que a ratos caía en la furia, buena muestra es el poema “Testamento”: “Todo para el fuego. Nada para el gusano / de la tierra… todas mis pertenencias para el fuego”. Siguiendo la máxima del abate Bremond, el aliento religioso impregnó la vitalidad de su obra que atendía sin remedio ni preámbulo (“Yo soy Rocinante”) las necesidades perentorias del día. Así su poema pasó a “no es más que oración, oración fervorosa”. La muerte de su mujer en 1959, tras la grave zancadilla del destierro, le provocó el derrumbe total. Diluido ya en la vejez, exclama como un viejo rey Lear: “¡Ay! Es el verso más antiguo que conocemos”. Y en la peregrinación de ese ¡ay!, poco a poco y tras sus huellas, se apagó.