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RELATOS

Rafael Narbona: El sueño de Ares

Rafael Narbona: El sueño de Ares

Minobitia. Prólogo de Jaime González Galilea. Madrid, 2015. 300 páginas. 17 €. Libro electrónico: 6 €

Por Carmen R. Santos

No es precisamente alentadora la visión que del mundo y del hombre transmite esta colección de quince relatos. Sin embargo, su lectura resulta tan necesaria como recomendable. Solamente mirando de frente el horror y el oscuro trasfondo que anida en el corazón humano es posible luchar contra su siniestro poderío. Y, sin duda, el escritor, profesor y crítico literario Rafael Narbona sabe abordarlo de esa manera, pues no rehúye los problemas ni las cuestiones espinosas. Ya dio cuenta cabal de ello en Miedo de ser dos (Minobitia, 2013), un valiente, sincero y conmovedor testimonio sobre el trastorno bipolar que el propio Narbona padeció durante años.

En El sueño de Ares ya su mismo título nos sitúa en lo que nos encontraremos al adentrarnos en sus páginas. Recordemos que en la mitología griega Ares -después Marte en la romana- es el dios de la guerra, la personificación de la violencia. Una violencia que al desatarse no conoce límites, que muchas veces se ensaña con especial crueldad y que ha estado muy presente a lo largo de toda la historia de la Humanidad. De ahí que con tino Narbona encuadre sus relatos en diferentes escenarios, lugares y épocas, en el viejo y en el nuevo continente. El libro lo abre el prefacio “Una nota desde la eternidad”, donde en primera persona -así también están escritos buena parte de los relatos-, nos habla un Jack el Destripador de resonancias nietzscheanas, vanagloriándose de sus bestiales asesinatos y de su impunidad y arrogándose una siniestra posición pionera: “Mis imitadores son los discípulos que anhela cualquier precursor. No importan su torpeza ni sus motivaciones. Yo di el primer paso, sembrando dudas sobre la obligación moral de respetar la vida humana. Las guerras que acontecieron en el siglo posterior son el eco de mis crímenes. Sigo vivo porque un hombre vive mientras hablan de su obra […]. Creo que he derrotado al Dios crucificado […]. La moral es una prisión y yo he derribado sus muros”.

En efecto, en la violencia y la falta de empatía con los demás que marcan las historias que componen el volumen reverbera tan funesto personaje que se enseñorea especialmente cuando los conflictos bélicos siembran la destrucción y permiten que afloren los peores instintos del hombre, que pueden camuflarse pero no eliminarse: “Eso que llamamos mal solo es el deseo de quitarnos de encima cinco mil años de civilización. Hacer el bien es lo excepcional”, dirá uno de los forenses que aparece en el epílogo, enlazando con el prefacio a través de los crímenes del brutal asesino de prostitutas, cuyas atrocidades quedaron impunes. Así, la Segunda Guerra Mundial o nuestra contienda fratricida de 1936 son el marco de algunos de los relatos, como “Stalingrado”, “Abril en Berlín” o “Muerte de un partisano” en el primer caso, y “Brigada Abraham Lincoln” o “Llanto por un poeta –estremecedora recreación del fusilamiento de Federico García Lorca-, en el segundo.

Desgraciadamente, sin embargo, no solo en la guerra asienta sus reales la barbarie. “Vivimos para machacar a nuestros rivales […]. Nada puede compararse a la sensación de vencer y humillar al adversario” confiesa con brutal sinceridad un hooligan, voz narradora de uno de los cuentos. O encaramarse a lo más alto, a cualquier precio y por cualquier medio, es lo que se propone Salvatore en “Llega un gánster a Nueva York”, que aterriza en la Gran Manzana con la navaja y el consejo de su abuelo: “Ser vengativo no es malo”. Y un niño negro de Baltimore, hijo de una prostituta yonqui, estará destinado a convertirse en delincuente en “Omar Litte reinventa el mito de Sísifo”, original relectura de este mito, con su punto de ironía.

“He bajado a la turbia penumbra donde claudica la razón” nos dice Edgar Allan Poe al tomar la palabra en el relato sobre el escritor norteamericano. Con acierto narrativo y estilístico, sin despeñarse por truculencias innecesarias, y una profundidad a la que no resulta ajena su condición de profesor de filosofía, Rafael Narbona explora y nos sumerge en esa penumbra, en ese inquietante territorio.

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