Las pensiones han actuado de escenario de infinidad de novelas, particularmente en épocas de crisis, cuando disfrutar de una vivienda propia constituía un privilegio. Rosa Ribas (Barcelona, 1963) nos cuenta la historia de la Pensión Leonardo, situada en el Poble Sec, un modesto barrio de trabajadores de la Barcelona de la posguerra. La narradora es Eulalia, Lali, una niña de doce años que ignora casi todo sobre sus padres. Solo sabe que él perdió un ojo en la batalla del Ebro, pasó varios años en un penal de Ocaña y llegó a Barcelona en un Fiat 1100 verde y negro, con una maleta llena de dinero, lo cual le permitió comprar el inmueble y llamar a su antigua novia para casarse. Quiso llamar a la pensión Mona Lisa, pero las autoridades franquistas no toleraban extravagancias y recurrió al ingenio para conservar algo de su idea inicial. En su opinión, Carmen -su mujer- se parecía a la misteriosa dama del pintor renacentista. Los huéspedes de la pensión son clientes de Comidas Luciano, un local regentado por un cocinero sevillano y con un joven y espigado camarero de pelo ensortijado llamado Peret Cullell. Ambos son mutilados, pero sin la distinción de caballeros reservada por el régimen para sus caídos. Luciano no tiene pie derecho, Peret carece de mano izquierda. Las dos extremidades quizá yacen enterradas en Teruel, uno de los escenarios más trágicos de la contienda. Sus heridas psíquicas no son menos profundas. Al igual que el padre de Lali, sobrevivieron al campo de batalla y a las cárceles franquistas, pero son hombres incompletos, con el alma hecha jirones.
Lali crece entre alegrías y penas. Conoce la amistad, los desengaños, la crueldad. La muerte de Amado, uno de sus pequeños amigos, le revela que el mundo es un lugar frágil y rebosante de malicia, pero los acontecimientos desgraciados o mezquinos no pueden borrar la ternura, el cariño y la fraternidad. Algunos de los huéspedes de Pensión Leonardo perdurarán en su memoria como amigos muy queridos. Es el caso de Zunzunegui, marino mercante, o Eladio Nin, ingeniero de minas que intenta rehacer su vida, tras perder a su familia. La aparición de Daniel, un joven comunista que lucha contra la dictadura desde la clandestinidad, y el misterioso abuelo Bernardo marcarán el fin de la inocencia de la protagonista. Lali se enfrentará al mal en su expresión más perversa y aberrante. La historia del abuelo Bernardo contiene el espanto de las grandes tragedias griegas, donde los lazos familiares, lejos de ahuyentar las pasiones más destructivas, incrementan sus estragos. “Así eran la historias reales, feas”, concluye Lali tras averiguar algunos secretos particularmente dolorosos de sus seres queridos.
Pensión Leonardo es una novela entrañable, con una buena prosa y unos personajes bien construidos. La narración no pierde impulso en ningún momento y combina con precisión humor y drama. Rosa Ribas es una escritora solvente, elegante, sólida, que se mueve con aplomo en el género narrativo. Tal vez su mayor logro consista en mostrar la ambivalencia de los personajes. Los monstruos a veces son adorables y no hay ninguna vida tan ejemplar que no incluya alguna flaqueza. Quizás la mayor debilidad de la novela resida en una visión maniquea del pasado, que excluye zonas grises y penumbras. Es imposible salvar el franquismo, pese al revisionismo de algunos historiadores, pero constituye un error idealizar la Segunda República, desbordada por una marea revolucionaria que aplicó políticas de exterminio contra sus adversarios. La Guerra Civil no es un capital épico, sino la expresión de un fracaso colectivo. Los fascistas de bigotito repelente eran el espejo deformado de los anarquistas llenos de ira apocalíptica. Ambos aplicaron una limpieza ideológica que llenó las cunetas de cadáveres. Si alguien lo duda, le remito a El laberinto español (1943), de Gerald Brenan, caracterizado por su “asombrosa imparcialidad”, según Raymond Carr. Las historias reales son feas. Quizás por eso nadie se atreve contarlas.