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ENSAYO

Carlo Gambescia: Liberalismo triste

Carlo Gambescia: Liberalismo triste

Traducción y prólogo de Jerónimo Molina Cano. Encuentro. Madrid, 2015. 205 páginas. 15 €

Por Alfredo Crespo Alcázar

Hablar de liberalismo bien como concepto, bien como ideología implica adentrarnos en un terreno caracterizado por la polisemia y por la complejidad a la hora de lograr consenso. En efecto, difícilmente habrá acuerdo para establecer una definición única del mismo y mucho menos si el objetivo consiste en elaborar un listado exhaustivo y único de sus representantes. Consciente, o a pesar, de esta dificultad de partida, Carlo Gambescia se adentra en la tarea de definir el liberalismo y hacer una tipología de sus diferentes corrientes con nombres y apellidos.

Podemos anticipar que el resultado final es sobresaliente. De hecho, Jerónimo Molina, prologuista de Liberalismo triste. Un recorrido de Burke a Berlin, no tiene reparos en afirmar que es el libro que a él le hubiera gustado escribir. En verdad, Gambescia demuestra un conocimiento abrumador del objeto de estudio, de ahí el desfile de nombres propios que emerge a lo largo de más de 200 páginas.

No obstante, en íntima relación con esta idea, debemos matizar que el libro en ningún caso supone una compilación de tesis o ideas. Por el contrario, nos hallamos ante un relato bien construido en el cual el autor hilvana, acepta, critica o refuta ideas de los referentes del liberalismo. Al respecto, abundan las notas a pie de página que matizan, aún más si cabe, lo explicado en el texto.

Otra virtud sobresaliente de la obra es que Gambescia penetra en terrenos políticamente incorrectos, por ejemplo cuando explica los motivos por los que el liberalismo no goza de alta reputación entre los intelectuales. Para tal fin, conecta dos argumentos complementarios. Por un lado, la tradicional (y a su juicio errónea) equiparación, a modo de sinónimos, entre liberalismo y capitalismo, sofisma abanderado por Karl Marx y que se traduce en que (el liberalismo) estaría al servicio de una burguesía ávida de riquezas. Como se aprecia, tal mantra goza de plena actualidad. Por otro lado, ofrece una razón más contundente: “¿Por qué los intelectuales, ciertos intelectuales, no aman el liberalismo? Porque, para decirlo con crudeza son unos perezosos mentales que, al mismo tiempo, aspiran al reconocimiento social, distinción que en el mercado de las ideas está al alcance de quienes propugnan una idea falsa, pero útil” (pág. 71).

Tras defender al liberalismo de sus críticos y adversarios, Gambescia nos brinda una clasificación del mismo (pág. 98) organizada alrededor de una serie variables como el rol asignado al Estado, la concepción de la sociedad y de la propia libertad o la forma en que debe ser ejercido el poder político.

Como podrá comprobarse, muchos de los autores a los que alude Gambescia traspasaron el terreno de la reflexión teórica, de tal manera que las ideas que defendieron fueron implementadas por algunos gobiernos. Así, cabe destacar la influencia de Friedrich Hayek sobre Margaret Thatcher y Ronald Reagan o la ejercida por el liberalismo macro-árquico, representado por Jeremy Bentham, John Stuart Mill y John Maynard Keynes (con quien, en opinión del autor, esta corriente triunfa definitivamente) en los postulados de la socialdemocracia redistributiva.

Esta última corriente es la que más se aleja de la ortodoxia liberal por la importancia que concede al Estado a la hora de favorecer iguales condiciones de partida para todos los ciudadanos y construir de esta manera una sociedad más justa y pluralista. Sin embargo, a partir de este noble fin, la tendencia natural del Estado, advierte Gambescia, es sobredimensionarse, haciéndose cada vez más invasivo.

En definitiva, una obra valiente, escrita desde una escrupulosa observancia del método científico, característica que combina con el dinamismo narrativo, haciéndola accesible y necesaria para quienes cultiven disciplinas como el derecho, la economía o la ciencia política.

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