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BIOGRAFÍA

Rafael Argullol: Mi Gaudí espectral

Rafael Argullol: Mi Gaudí espectral

Acantilado. Barcelona, 2015. 80 páginas. 9 €

Por Francisco Estévez

La pasmosa dificultad genérica en que parece embarrancar sin solución de continuidad la narrativa de principios de siglo XXI posee bellos arrebatamientos, singulares lirismos y criaturas de híbrida belleza. Representante paradigmático puede ser la escritura tránsfuga y saltarina de Rafael Argullol. La exploración de fronteras, la posibilidad quizá de fusión es intrínseca en este catedrático de Estética a pesar de practicar con asiduidad la narración, el ensayo, incluso la poesía. Dicha tendencia a la fusión, quizá para llegar a una forma abarcadora del todo escritural, es denominada por su autor como “escritura transversal”, de la que ofrece títulos nada desdeñables desde El cazador de instantes (1996).

Mi Gaudí espectral. Una narración es un híbrido entre la biografía intelectual, la crónica urbanita de Barcelona y, entre líneas, la evolución autobiográfica de Argullol. En puridad, la biografía como género, por más empeño que la academia ponga, no consigue una teoría abarcadora con satisfacción del género, solo una práctica continua, de la que el subgénero de la autobiografía tiene hoy pasmosa hipertrofia en sus distintas modalidades (diario, memorias, etc., por no mencionar la múltiple oferta que se amalgama en los pantanosos terrenos digitales…). Pareciera que la sacralización exacerbada del autor anuncia un punto álgido de no retorno y el inicio de su derrumbe. Algo pronosticaba Roland Barthes en La muerte del autor (1968), matizado el año siguiente por Foucault en ¿Qué es un autor? Hoy día urgen nuevos asideros intelectuales para este siglo digital de profundo cambio artístico en el que nos hallamos.

Mientras tanto, Rafael Argullol traza aquí una breve autobiografía enmascarada tras la biografía intelectual y anímica de Gaudí. Sabemos que en este género la veracidad y exactitud de los datos no es en extremo urgente. Galdós acertó de pleno en el título de sus Memorias de un desmemoriado, con el que prevenía a lectores inteligentes. Sí resulta fundamental la verosimilitud de lo recreado, para transmutar los hechos acaecidos y dotarlos de una segunda vida: en suma, el objetivo final de toda obra de arte. El problema no es la cantidad de datos y hechos narrados, todo descansa en la selección. Con atinada y rigurosísima selección Argullol arroja nueva luz sobre el fabuloso personaje. No extraña que Mi Gaudí espectral empiece a la salida de una sesión doble de cine. Cuánta exactitud tuvo aquella rotunda frase de Rafael Alberti: “Nacimos con el cine”, que en siguientes generaciones pudiera transmutarse en “Los que crecieron con el cine”. Baste recordar lo embebida de Séptimo Arte que está la obra de Juan Marsé o la poesía de Luis Alberto de Cuenca. Así en Rafael Argullol. Y es, precisamente de mirada, del punto de vista, de imagen, lo que resulta de mayor valor en la presente narración.

Esta suerte de monólogo dirigido al espectro de Gaudí arranca con el desgraciado accidente que sufrió el artista y narra su extraño y complejo paso de dandi a pobre desgraciado. Gaudí, el santo, el loco (por su delirio arquitectónico de la Sagrada Familia que derrochaba el dinero de otros). El místico y el científico, el extravagante e iluminado, el tenaz y el frágil, el católico, el “Arquitecto de Dios”, como con cierta sorna lo llamaban en la época. El arquitecto genial de portentosa imaginación, de obra incomprendida en su tiempo y manoseada por tópicos en los nuestros. Argullol aporta buenos motivos para la incomprensión de época: “La Casa Batlló, con su dragón en el techo, era una excentricidad; el Park Güell, ahora tan abandonado y con las columnas rotas, podía pasar como entretenimiento. Pero La Pedrera acabó con la paciencia de todos”.

La valoración de los sueños de piedra del arquitecto se ha bamboleado desde los extremos del sumo aprecio a la indiferencia y de allí a lo detestable, para mucho más tarde volver a la estima del insigne catalán. Este “amor difuso” del pueblo catalán respecto a su arquitecto más famoso es vivido en propia carne y aquí narrado desde la propia biografía de Rafael Argullol. Ahí su truco pero también su notable acierto. Para el buen catedrático de estética La Pedrera resulta “una Madre primigenia y telúrica que tutelará la ciudad y anonadará su tibieza moral”, la fachada del Nacimiento de la Sagrada Familia escenificaría la conversión de “una epifanía en un juicio moral”, una suerte de aquelarre de subyugante belleza.

De especial valor se muestran las páginas en la cripta del famoso templo donde, sorbido por la propia bóveda, el narrador recrea un bello ambiente espectral entreverado por atinadas reflexiones sobre la figura del artista y la evolución de la ciudad catalana, de espaldas a las ideas de Gaudí: “Tú mismo fuiste esculpiéndote como asceta al mismo ritmo frenético con que esculpías tus edificios”. Una Barcelona herida por anarquistas o por la lucha entre franquistas y republicanos, donde la sombra de la “catedral de los pobres” sobrevivió frente a la luz de la pira en que murieron otras iglesias.

El lector sensible gozará con esta crónica sui generis de una ciudad y la narración personal del crecimiento intelectual de Argullol frente a la obra de Gaudí. Y es que si “determinadas obras desnudan a las ciudades que las han visto crecer”, a nivel personal toda gran obra de arte verdadera conmina a la evolución del ser. Nunca sabremos si, como con retórica se pregunta el escritor, un muerto puede sentir el amor de la gente tras su muerte. Seguro es que, allá donde more, el espectro de Gaudí esboza una sonrisa de satisfacción con esta emotiva e inteligente reconstrucción.

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