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La nueva Guerra Fría entre EEUU y Rusia, en el conflicto sirio

sábado 03 de octubre de 2015, 00:11h
Actualizado el: 07 de octubre de 2015, 19:09h
La nueva Guerra Fría entre EEUU y Rusia, en el conflicto sirio

La tensión entre Washington y Moscú a raíz del conflicto sirio empieza a recordar a algunos de los episodios más delicados de la Guerra Fría. Mientras la Casa Blanca aboga por la estrategia multilateral en torno a la coalición que patrocina, el Kremlin ha empezado a lanzar ataques de manera unilateral y contra objetivos tanto de Estado Islámico como de la oposición suní, que cuenta con el respaldo tácito de EEUU y de los aliados.

Si hay una región poliédrica en el mundo en estos momentos esa es Oriente Próximo. La intrincada madeja de alianzas, enemistades y recelos llega a provocar, no sólo que varios bandos se encuentren inmersos en un delicado juego de poderes, sino que uno pueda ser amigo y enemigo al mismo tiempo en función del devenir de los acontecimientos y la latitud de las hostilidades.

En los últimos días, Estados Unidos y Rusia, la Casa Blanca y el Kremlin, Barack Obama y Vladimir Putin, han convertido Siria en su particular tablero de ajedrez en el que dirimir sus diferencias y entrelazar puños en un pulso geopolítico de considerables implicaciones y con reminiscencias de épocas pasadas.

Los cuatro actores principales

La irrupción de Estado Islámico hace ya algo más de un año acabó por desestabilizar un país que ya se encontraba en estado de ebullición tras los envites de la conocida como Primavera Árabe. Aquel movimiento transnacional que derrocó los regímenes de Muamar Gadafi en Libia, Ali Abdullah Saleh en Yemen o Hosni Mubarak en Egipto no logró hacer lo propio con el de Baschar Al Assad en Siria, que ha pasado de ser el enemigo número uno de Occidente a situarse como una de las posibles soluciones a la espiral de violencia y caos en la región.

En los albores de la mencionada Primavera Árabe, un pujante movimiento opositor sirio sin arraigadas aspiraciones religiosas plantó cara a las fuerzas oficialistas, que reprimieron con extrema dureza las revueltas. En este contexto de guerra civil de facto cuyos muertos se cuentan por decenas de miles, el Frente Al Nusra, la sucursal de Al Qaeda en el país, irrumpió con fuerza para encabezar las hostilidades contra Al Assad.

Su objetivo estaba claro: derrocar el régimen, de confesión alauí, facción muy minoritaria en Siria, e imponer un Gobierno islamista próximo a sus tesis. Sin embargo, algunos grupúsculos quisieron ir más allá y es aquí donde surgió en junio del año pasado Estado Islámico (ISIS o Daesh) como principal fuerza militar en la región.

El grupo liderado por Abu Bakr Al Baghdadi, que renegó de Al Nusra, organización en la que medró hasta ser un líder de peso considerable, logró imponerse en numerosas y significativas batallas a las fuerzas de Al Assad en Siria y al Ejército del vecino Iraq para hacerse con un vasto territorio donde ahora rige la versión más radical del islam, la sharia.

Así, cuatro son los actores primarios en el conflicto sirio. Por un lado está Al Assad, que ha logrado sobrevivir a las presiones internacionales y a la violencia opositora, ya sea laica o islamista, y presentarse a día de hoy como un mal menor ante el avance de Estado Islámico, pues su presencia en el poder asegura una arquitectura de estado.

ISIS es la segunda gran arista de esta figura que es Siria, pues ha destronado a Al Qaeda como principal amenaza terrorista en Oriente Medio y ha logrado asentarse como una estructura política y civil solvente bajo la que viven millones de personas que se han plegado a sus designios a fuerza de someterse o morir.

El tercer actor es el Frente Al Nusra, que ha cedido terreno frente a Estado Islámico pero sigue contando con un importante contingente de milicianos en territorio sirio, donde controla enclaves estratégicos.

En los últimos meses, se han confirmado contactos entre la coalición internacional liderada por Estados Unidos y Al Nusra a fin de reconvertir a la organización en una opción opositora viable que represente una versión más ‘light’ y digerible del yihadismo psicópata de Al Baghdadi.

Por último, el Ejército Libre de Siria (ELS) o lo que es lo mismo, la oposición civil de confesión suní en la que hay una importante presencia de ex militares. Su radio de acción y efectividad ha estado en todo momento muy limitado, pues se compone de una infinidad de grupos locales que en muchas ocasiones actúan sin atender a una estrategia conjunta.

Estos cuatro actores principales esconden tras de sí a más de una veintena de secundarios entre los que destacan dos por encima del resto: Estados Unidos y Rusia.

Una nueva Guerra fría

Washington y Moscú han incrementado la tensión existente entre ambos en los últimos meses en una escalada por apuntalar su hegemonía geoestratégica. En el último año, al patrocinio del Kremlin de la escisión de Donetsk y Lugansk de territorio ucraniano, donde financia a los rebeldes secesionistas, le siguió la normalización de las relaciones diplomáticas entre EEUU y Cuba.

Ahora es Siria donde ambas potencias se han encontrado con dos posturas contrapuestas. Estados Unidos aboga por dotar de financiación y logística a la oposición suní en aras de una transición lo más pacífica posible que acabe con el régimen de Al Assad.

Esto pasa por debilitar al Gobierno sirio y, si es necesario, valerse de yihadistas moderados para hacer frente común. Washington descarta por completo una intervención terrestre y quiere dejar hacer a sus socios en la región para que lideren las operaciones con su control en la sombra.

Por su parte, Rusia defiende contra viento y marea la legitimidad del Gobierno de Al Assad, aliado suyo desde hace décadas y rechaza de pleno su derrocamiento. De este modo, Putin es partidario de reforzar al Ejército sirio, equipado casi en su totalidad con tecnología rusa, y que sea éste el que lidere las hostilidades contra los yihadistas, un saco en el que el Kremlin mete por igual a la oposición suní, a Al Nusra y a Estado Islámico.

Para Rusia, Siria es la piedra angular de su estrategia en Oriente Próximo. La última visita de Putin a Egipto evidenció que el Gobierno ruso quiere redoblar su influencia en la zona en torno al eje Teherán-Damasco-El Cairo. Precisamente uno de los elementos clave en este triángulo es la base naval rusa en Siria, la única que posee el Kremlin en el Mediterráneo y que, tras la anexión de Crimea, apuntala la hegemonía naval de Putin en estas aguas.

Hasta el momento, la estrategia del Kremlin en Siria se limitaba a bloquear cualquier plan o iniciativa que emanase del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y apoyar públicamente a Al Alssad. Esta semana, las autoridades rusas han ido más allá en la que defienden como la única intervención “legal” en el país.

Putin dio luz verde hace unos días a sus Fuerzas Aéreas, acuarteladas en posiciones estratégicas del oeste de Siria, para atacar en principio posiciones de ISIS. Sin embargo, numerosas fuentes, entre las que se cuenta el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, acusan al Kremlin de estar atacando enclaves del Ejército Libre de Siria para debilitar a las facciones contrarias a Al Assad y allanarle el camino.

Estos ataques selectivos y unilaterales han sido duramente criticados por la Casa Blanca que, por medio de su secretario de Defensa, Ashton Carter, ha señalado que “sólo echan más gasolina al fuego” en vez de buscar una solución consensuada. Es más, hasta el propio régimen de Al Assad, a través de su ministro de Exteriores, Walid Mualem ha señalado que los bombardeos rusos “no sirven de nada” si no se coordinan con los de su Ejército.

A estas críticas también se han sumado las de otros países como Francia, Alemania, Reino Unido, Turquía, Arabia Saudí y Catar, que piden mediante un documento conjunto que Rusia ceda en sus ataques y se sume a la estrategia de la coalición

Sin embargo, ni siquiera entre los propios miembros de la coalición occidental existe una postura común. Washington no quiere ser el que ponga la cara a la misma para no ensuciar más su imagen tras la salida de sus tropas de Iraq, mientras que la Unión Europea adolece de unos mecanismos solventes para abordar este tipo de crisis y delega en cada estado miembro su grado de implicación.

Mucho más complejas, si cabe, son las posturas de los países islámicos, que en algunos casos defienden estrategias más dinámicas y operativas que las puestas en marcha hasta el momento.

Todos contra ninguno

Una vez se comprobó que la Primavera Árabe no pondría fin al régimen de Al Assad y que Estado Islámico tomaba las riendas del yihadismo en Oriente Próximo, la comunidad internacional empezó a plantearse otras vías para poner orden en la región.

La primera fue la de conformar una coalición multinacional de carácter militar que atacase posiciones de ISIS con el fin de limitar sus actividades y su imparable expansión. La intervención se limitaría a bombardeos aéreos sobre objetivos seleccionados, lo que los analistas del Pentágono calificaron de “insuficiente” para que la campaña fuera realmente efectiva, descartando una presencia terrestre para evitar más bajas después de Iraq y Afganistán.

Desde Washington se decidió que esta coalición fuera abanderada sobre todo por países árabes para no dar la sensación de una nueva injerencia de los estados occidentales en cuestiones islámicas, por lo que al frente de la misma se pusieron Arabia Saudí y los países del Golfo.

Este liderazgo ya trajo mucha controversia desde un inicio, pues se ha acusado muchas veces a la monarquía wahabí y las emiratíes de patrocinar a islamistas próximos a Al Baghdadi, unas acusaciones que ya se vertieron en el pasado por los nexos con Osama bin Laden, con el único fin de desestabilizar a Iraq, con un Gobierno chiita; a Siria, bajo el poder de una minoría alauita desde la década de los 70; y a Irán, principal aliado de los dos anteriores y enfrentado con Riad por la hegemonía del mundo islámico.

De este modo, además de la guerra civil en Siria para intentar derrocar a Al Assad, en el conflicto subyace un delicado juego de poderes panislámicos en el que todos los países de la región tienen algo que decir. Arabia Saudí, aliado de Estados Unidos, quiere fortalecer su imagen de líder regional liderando la coalición ‘anti Estado Islámico’, pero al mismo tiempo le favorece un ISIS fuerte que ponga en apuros al régimen sirio y desestabilice la frontera Irán-Iraq.

Por su parte, Teherán, tras el pacto nuclear, ha visto cómo su voz ha salido reforzada y se presenta como un cortafuegos para los yihadistas radicales, al tiempo que es el principal valedor del Al Assad junto con la milicia libanesa de Hizbolá, un contingente armado con miles de milicianos y un importante equipamiento militar.

Turquía, otro importante amigo de Washington, ha perdido credibilidad, toda vez que su frontera ha sido durante meses un coladero por el que han entrado millares de milicianos para enrolarse en el ISIS.

Ankara anhela una Siria débil, pero sobre todo quiere que el PKK, el brazo armado del Partido Kurdo y otro de los actores inmersos en este maremágnum bélico, que controla importantes regiones de su frontera oriental, concentre sus fuerzas en defenderse de Estado Islámico, con el que ha mantenido encarnizados combates.

Con este complejo panorama, y con las dos grandes potencias implicadas en posiciones enfrentadas, la solución a corto y medio plazo se antoja difícil. Rusia ya ha confirmado que sus operaciones en cielo sirio se intensificarán a lo largo de los próximos meses, lo que levantará ampollas entre otros actores inmersos en el conflicto, mientras la diáspora de refugiados, que ya alcanza los cuatro millones de personas, y el número de víctimas civiles va en aumento día a día.

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