Todo aquel que esté interesado en el estudio de las ideas políticas deberá consultar obligatoriamente esta obra, El gran debate. Edmund Burke, Thomas Paine y el nacimiento de la derecha y de la izquierda, que hará las delicias no solo de politólogos o historiadores, sino también de quienes escrutan diariamente el discurrir del gobierno y de la oposición.
Yuval Levin se sumerge en las razones por las que hoy en día podemos hablar de una “derecha” y una “izquierda” y lo hace a través del análisis de las tesis de Burke y Paine, cuyos trabajos disecciona con magisterio a lo largo del ensayo. Asimismo, nos ofrece el intercambio epistolar, no siempre amistoso, que entre ambos se produjo con motivo de acontecimientos del calibre de la Revolución Francesa.
Reforma, cambio político o revolución resultan conceptos abstractos que suelen manejarse con excesiva gratuidad, envueltos en ocasiones de sectarismo y relativismo. Burke y Paine, cuando se refieren a ellos, lo hacen con argumentos que parten de un minucioso examen de aspectos interrelacionados tales como la naturaleza humana, la historia o la sociedad.
Con todo ello, “tradición” (Burke) vs “revolución” (Paine) podría considerarse la gran dialéctica que enfrentó a ambos. Sin embargo, como advierte Levin, las cosas no son tan simples, de tal manera que ni a Burke se le puede considerar un defensor a ultranza del statu quo (de hecho, sería un error estigmatizarlo así), ni a Paine del cambio por el cambio.
En efecto, a los dos autores han apelado políticos tan diferentes como Ronald Reagan y Barack Obama para avalar sus programas, siendo lo curioso (como sinónimo de paradójico) que el presidente republicano recurrió a Paine y el demócrata reivindicó la figura de Burke. No obstante, con mayor frecuencia han sido los partidos conservadores quienes han invocado como propio el legado de Burke para refrendar sus puntos de vista (por ejemplo, para cuestionar que la finalidad principal del gobierno sea promover la igualdad a cualquier coste, acentuar la importancia de la caridad privada como herramienta destinada a paliar la pobreza o subrayar el nexo entre capitalismo y estabilidad social).
Así, las diferencias entre Burke y Paine abundan más que sus semejanzas, no tanto en los fines como en los medios y la Revolución Francesa las expuso definitivamente. De hecho, tal acontecimiento sirvió para que Burke refrendara su desconfianza hacia el poder absoluto de la razón reivindicando frente a ella el gradualismo. Bajo su punto de vista, el cambio debe efectuarse de forma ordenada y siempre atendiendo a la experiencia que brinda el pasado. Al respecto, Inglaterra suponía el gran ejemplo: “Miramos con respeto a los reyes, con afecto a los parlamentos, con un sentido del deber a los magistrados, con reverencia a los sacerdotes, y con respeto a la nobleza. ¿Por qué? […] porque cualesquiera otros sentimientos son falsos y espurios y tienden a corromper nuestras mentes, a viciar nuestra moral básica y a incapacitarnos para una libertad racional” (pág. 109).
Paine no compartía este credo y se mostraba partidario de acciones más radicales, otorgando a la revolución la capacidad de construir un nuevo orden. Pese a su buena fe a la hora de contemplar las supuestas bondades de los procesos revolucionarios, la historia posterior ha mostrado que de los mismos se derivan nuevas injusticias, mayores y más flagrantes que aquellas que pretendían eliminar.
Este aspecto lo advirtió Burke cuando se refirió a la Revolución Francesa como “una guerra entre los partidarios del orden antiguo, civil, moral y político de Europa contra una secta de ateos fanáticos y ambiciosos que pretenden cambiarlos a todos. Francia no está expandiendo un imperio extranjero sobre otras naciones: es una secta la que apunta al imperio universal, y comienza con la conquista de Francia”(pág. 283).
En definitiva, dos autores cuyas repercusión e influencia a posteriori resultan innegables. Aun a riesgo de simplificar en exceso, Burke podría ser considerado un fomentador del binomio pragmatismo/reflexión como eje sobre el que cimentar la acción política, mientras que Paine, aunque no fuera su intención última o real, podría convertirse en el referente de quienes apuestan por la voladura total del pasado (inmediato y lejano) y ofrecen pseudo-soluciones parciales, amparadas en interpretaciones sesgadas y partidistas que difunden a través de la algarada sistemática.