
El mejor contexto para el alimento del drama en un club de fútbol con estatus es que juega un partido cada tres días. Y el peor escenario también es ese. Un triunfo o un pinchazo multiplican o matizan la metástasis de una crisis en el seno de la entidad con notable equidistancia en su efecto. Aplicando este axioma a la ribera del Manzanares, sobre la que ya pesaban los nubarrones evocados por sanción de la FIFA, la visita del Sporting en esta cuarta jornada al Calderón abriría o negaría una ventana de respiro ante el guadianesco arranque liguero de curso y la reciente bomba endógena que padeció el lecho colchonero: la reducción temporal del contrato del gurú. Si el entrenador busca motivación adoptando el modelo contractual a lo Guardiola o abona ya la naturalización de la despedida en un recinto íntimamente dependiente de su plegaria son posibilidades que excedían la coyuntura de este sábado. Pero la angustia que entraña quedaría condicionada por el resultado. Y los astures tampoco vendrían a hacer turismo. Su perspectiva aprehendida tras las apreturas de la temporada pretérita les obliga a no regalar puntos allá donde aterrizaran y la inercia no llamaba a escatimar ambición.
Diego Pablo Simeone leyó este duelo de resaca continental como un nuevo epígrafe de su campo de pruebas. En concreto, un test de peso para su variante nuclear: vaciar el mediocentro destructor y poblarlo de calidad. Koke y Saúl recobrarían la batuta distribuidora y la labor de ancla, con Gabi y Augusto observando desde la banca. Parecería que el 'Cholo', al fin, se decidía a abandonar amarres y Gaitán actuaría como enlace entre los interiores y la punta. La movilidad efervescente de Carrasco, Griezmann y Gameiro completaba una alineación en la que Vrsaljko (de novel aparición) sentaba a Juanfran como nota discordante de la tradicional retaguardia. Savic ganaba la pugna a Giménez y el Atlético volvería a experimentar el gateo en el ansiado proceso de transición. Ahora que los nombres propicios ocupaban el verde se trataría de probar a disponer de la pelota y el mando, con autoridad, sin exponerse. Una pretensión de transformación en el libreto ambiciosa pero no tan lejana. El técnico ya había virado en la 2015-16, excepción hecha de los peldaños elitistas de la Liga de Campeones. Se fiscalizaría, por tanto, la consistencia (si, en efecto, se buscaba aclimatarse a una paleta más colorida) o la coherencia (si el relato mostrara un nuevo ejercicio de achique y contra). La jurisprudencia del proyecto Simeone-Burgos ha enseñado que la gloria ha pasado cerca sin entrar en la casa rojiblanca por, entre otros factores, falta de jerarquía para arrodillar, con balón, a los colosos. La especulación llega (y no es poco) hasta donde llega. Y el cierre de partidos con el esférico como anestesia está por afianzarse.
Abelardo Fernández quizá marcó este enfrentamiento, tempranero y sin presión sobre los hombros, como un termómetro del punto de cocción de su proyecto, ya legitimado después de huir de Segunda y asentarse en Primera. A falta de un acople absoluto de las adquisiciones estivales, la identidad intensa y alegre no se antojaba debatible, aunque el bloque transitara por la necesidad de cerrar filas con mayor cohesión y determinación. Es por ello que el técnico de la casa, en pleno crecimiento, intercaló el dogma combinativo con remaches. Este último punto cobró realidad en la inclusión del ex barcelonista Douglas (debutante) en la medular y por el carril de Filipe y Carrasco. Pero el ajuste no cuesionaría el patroneo de Sergio Álvarez, Víctor Rodríguez y Nacho Cases. Más clase que físico para salir a flote ante la versión más ofensiva del oponente. Burgui ejercería como elemento desestabilizador exterior y el ex malaguista Duje Cop figuraría en punta para cuerpear con el granítico centro de la zaga local. Meré y Amorebieta abrigarían a Cuellar, con Lillo e Isma López obligados a medir sus incorporaciones y sumar. La unidad interlineal y el atino en la gestión de la posesión constituían los elementos fundamentales de la superviviencia gijonesa en la capital. Sin complejos (desde la parte alta de la tabla) y con la voluntad de demostrar la categoría de un vestuario con hambre, ansiaban indigestar el horario y la batalla al favorito. Aguantando la mirada a uno de los gallos.

El evento presentó, en su escueto prólogo, la trama pensada durante la semana por los entrenadores, que nunca se llevaría a cabo. Salieron ambos escuadrones ejecutando presiones elevadas y con las líneas muy adelantadas, planteando un desafío al prójimo que quedaría obsoleto ya en el primer minuto. Al tiempo que las piezas ocupaban sus quehaceres encomendados, la hiperactividad inicial colchonera asumió el monopolio de cada pulgada hasta establecerse en el gobierno total del partido. Isma López, lateral zurdo visitante, ganó una escaramuza a Gameiro pero, acuciado por la encerrona local, cedió de manera defectuosa hacia Meré. El delantero francés se rehizo, tan energético como el resto de su vestuario, anticipó el envío y patrocinó un mano a mano de Griezmann con Cuellar que el galo definió con una lucidez resplandeciente. Para desatar el grito precoz de la tribuna y explosionar el guión asturiano.
No obstante, tan solo tres minutos más tarde se acortaría el camino atlético hacia el paroxismo. Gameiro hurtó el balón al lateral opuesto, Lillo, en otra emboscada con superioridad sobre la cal, tejida por el propio ex sevillista, Filipe y Carrasco. La conlusión de la exhibición de ardor ofreció al punta una diagonal que dibujó hacia el palo largo. Golazo. El ancestral mecanismo de ruptura rápida de la competitividad ajena practicada por los de Simeone había erosionado la acción, uniformada con la convicción de imponer la calidad en circulaciones corales, y el resultado se antojó incontestable. Con 2-0 en cinco minutos de juego había remarcado la definición versátil que busca para su plantilla. El problema para el irreverente contrincante, reducido a extra con celeridad, presa de su caida por imprecisión, es que no se despegaría del rol monopolístico hasta el intermedio. Con Saúl como boya y Koke sumándose al frente ofensivo (engrasado en tal jurisdicción), Filipe y Vrsaljko se incorporaban con asiduidad y la posesión madrileña brillaba, exponiendo las oquedades del sistema de Abelardo. La espalda de Cases y Álvarez, muy adelantados, suponia una mina. El pentagrama fluía en ambos lados de la cancha, ya que en fase defensiva siempre se imponía un dos contra uno como marcaje zonal sobre los creativos asturianos.
Avanzó, así, el minutaje con una tormenta de ocasiones antes del 15 de duelo que pudo sentenciar el sonrojo antes de lo previsto. Gaitán, irregular y impreciso, probó suerte desde el pico del área y Carrasco -cuyo magnetismo condiciona sistemas defensivos- remató con timidez tras hipnotizar a dos zagueros. Tan sólo una contra dirigida por Víctor Rodríguez y culminada por Cop con un disparo cruzado que lamió el poste -minuto 8- inquietó a Oblak. Ésta era la primera combinación digna del Sporting, que no amainaba la presión en territorio rival a pesar de la comodidad de un Atlético que nunca jugaba en largo. La posición de Gameiro como fijador, la apertura del campo con la dupla Filipe-Carrasco y el retraso de Griezmann a la mediapunta había cimentado un poso venenoso perpetuo a la ofensiva atlética que el conjunto astur no supo interpretar. Cases yacía tan descontextualizado como Douglas -de actuación tenebrosa como extremo- y la pelota volaba en el centro del campo sin participación gijonesa.
Quemado el minuto 20 se permitió un respiro en el dictado un Atlético que pasó a gestionar su colchón desde el repliegue, acomodándose en el modelo controlador de robo y salida. Así, con la cesión de metros local creció el combinado gijonés, que subió sus ratios de posesión sobre el criterio de Cases, Víctor Rodríguez y Sergio Álvarez, aunque nunca conseguiría concretar sus acertadas asociaciones. La soga atlética se había recluido y se centraba, entonces, en imposibilitar la entrada entre líneas. Sin embargo, este tramo, más replegado, no excluyó el paréntesis de exquisitez en el cortejo del cuero. Un distinguido ejercicio combinativo que desembarcó en la frontal para gestar un fino balón al espacio de Griezmann a Filipe que Gameiro autografió hacia la red ocurrió cuando el club local desdeñó la posesión. Todo ello anulado por fuera de juego, por cierto. Acto y seguido, en el 30, una imprecisión asturiana afianzó la argucia de robo y contra en la volátil llamarada que inscribió el 3-0. La deflagración en transición fue ideada, ejecutada y finalizada por Griezmann. Cañonazo al ángulo y mordisco desde cualquier faceta del juego. El mandato colchonero no admitía rebate.
Burgui encontró, al fin, un mano a mano en banda con Vrsaljko, le superó en diagonal y chutó raso para que Oblak se desperezase -minuto 37- justo cuando el Atético aplicaba la novedosa anestesia con pelota. Contemporizaba y se defendía pasando el esférico el sistema del Cholo. Y hubo espacio antes del descanso para la reclamación de protagonismo atacante de Carrasco. El belga pintó una finta deliciosa en medio de una sucesión fluida de pases, amagando que iba a por el balón y frenándose. Su defensor picó y, en el área, avanzó hasta localizar el perfil adecuado y encañonar al palo corto para saborear el estruendo de la madera -minuto 40-. En el 43 fue lanzado por Filipe en la parcela central, superó líneas con el esférico y cedió para el disparo, fuera de diana, de Gameiro que clausuró el primer acto. La ocupación de los espacios en fase defensiva (que neutralizó el vértigo visitante y maquilló la ausencia de mediocentros destructores) y la lucidez distributiva condecoraba un despliegue soberbio que en un pestañeo sanaba el espíritu de la entidad capitalina.

Desprovisto de la tensión competitiva propia de un duelo equilibrado, la reanudación dibujó un trazo grueso de centrocampismo. Lo explícito del marcador sugirió un desempeño más sosegado a los futbolistas en concurso y con un ritmo congelado evolucionó el evento hasta encallar en un intercambio de circulaciones horizontales que excluían el papel de las porterías. Augusto había sustituído a Carrasco e Isma López también se había quedado en la caseta por Viguera, lo que retrasaba la posición de un Douglas grisáceo y sólo Griezmann parecía hambriento. Él protagonizó los dos únicos acercamientos dotados de conclusión antes del ecuador de segundo tiempo. El primero, al cazar una llegada de Vrsaljko con un intento desviado -minuto 52- y el segundo, antes de recibir el descanso y la ovación del día, al desmarcarse en vuelo, enlazar con el pecho un balón al espacio de Correa y asestar una volea que se enredó en el lateral de la red.
La inmaculada densidad por la que navegaba el encuentro activó las rotaciones. Simeone descabezó a su punta de lanza y Gameiro -confirma que su posición y actitud mejora al goleador estrella de su vestuario- y Griezmann encontraron recambios en Correa y Fernando Torres. Abelardo, por su parte, introdujo en la fórmula del reparto de esfuerzos a Afif y Castro por Víctor Rodríguez -apagado- y Cop -amaestrado por Godín y Savic-. Sin más cambios por realizar se abandonó el decidido envite hacia su crepúsculo. Se había cultivado el terreno para que los suplentes habituales gritaran por una oportunidad y Correa, situado en el rol de Carrasco, desde la izquierda y a pierna cambiada, se destacaría en este encuadre. Así, en el 72, aceleró para desbordar al galope de una contra, llegar hasta línea de fondo y centrar al primer palo. Torres, astuto y propulsado por la fidelidad de la grada, se adelantó al meta para alzar el cuarto gol de la catárquica tarde rojiblanca. Y, de imediato, volvería el argentino a asomar, esta vez con un lanzamiento desatinado desde la frontal.
La recta final se disparó con la única asociación asturiana en tres cuartos de cancha que escapó de la imprecisión sistémica. Cases se descolgó con un par de paredes efervescentes para engañar a Savic y rematar, en soledad, al lateral de la meta de Oblak. Afif y Castro amanecían como faros postreros en un intervalo de cansancio y distensión global, cosa no extrapolable a Gaitán, todavía desacompasado táctica y futbolísticamente. Saúl, eficaz como boya en la medular -y poco exigido- ganó metros bajo el resguardo de Augusto y se adjuntó al papel de interior que nunca soltó Koke. Y Lillo se despediría como comenzó, con otro error grosero. Derribó a Gaitán en su área cuando el argentino se esquinaba y Torres selló la manita al engañar a Cuellar en el penalti -minuto 90-. No cabrían más matices en el cierre templado. El Sporting se hundió antes de asentar los conceptos pretendidos ("No salimos como habíamos hablado y sus tres primeros goles fueron fallos directos nuestros", confesó el Pitu) y el Atlético rubricó una reacción sobresaliente que vuelve a encauzarles en la trayectoria pretendida. Los fantasmas provenientes del banquillo quedaron, de esta rotunda manera, sepultados. Con teatralizacón técnico-afición incluida.
Ficha técnica:
5 - Atlético de Madrid: Oblak; Vrsaljko, Savic, Godín, Filipe; Gaitán, Saúl, Koke, Carrasco (Augusto, m. 46); Gameiro (Correa, m. 60) y Griezmann (Fernando Torres, m. 68).
0 - Sporting de Gijón: Cuéllar; Lillo, Jorge Meré, Amorebieta, Isma López (Viguera, m. 46); Douglas, Sergio Álvarez, Nacho Cases, Víctor Rodríguez (Afif, m. 61); Burgui y Duje Cop.
Goles: 1-0, m. 1: Griezmann supera a Cuéllar en el uno contra uno. 2-0, m. 5: Gameiro con un derechazo en parábola a la escuadra. 3-0, m. 30: Griezmann, de tiro desde fuera del área. 4-0, m. 71: Fernando Torres culmina un pase de Correa. 5-0, m. 90: Fernando Torres, de penalti.
Árbitro: Ocon Arraiz (C. Riojano). Amonestó al visitante Amorebieta (m. 15).
Incidencias: partido correspondiente a la cuarta jornada de LaLiga Santander disputado en el estadio Vicente Calderón ante unos 54.000 espectadores.