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TRIBUNA

De Italia, el ejemplo

José Manuel Cuenca Toribio
sábado 05 de noviembre de 2016, 15:27h
Actualizado el: 11/05/2016 19:35h
Y por partida doble… En la postrer andadura del jubilar año cervantino de 2016 cualquier referencia –nada se diga de cualquier profundización- en las relaciones entre ambas penínsulas mediterráneas debe suscitar el aplauso más rendido de una opinión pública como la española sorprendentemente alejada de un mínimo conocimiento de la sociedad italiana hodierna. Ni el V centenario cervantino ni –por las trazas- el III del nacimiento de un rey tan italianizado como nuestro Carlos III (1759-88) provocaron un vigoroso despertar de la atención hispana por el pasado y presente del gran pueblo y aún más espléndida cultura italiana. Por desazonante que sea, así de incontrovertible se presenta el hecho. Las causas de tan anómalo fenómeno vienen, lógicamente, de lejos, y no pueden resumirse en el marco de un artículo periodístico, por tentadora que se ofrezca la tarea. “De España la natura, de Italia la ventura”, gustaba de repetir D. Miguel, haciéndose eco de un dicho muy extendido en la gran época imperial, prendado desde sus días castrenses por la verdadera cuna de la civilización europea.

Mas, con todo, lo que no pudieron lograr algunos de los espíritus más buidos de nuestro pasado reciente –Sánchez Mazas, Eugenio Montes, Dionisio Ridruejo…- ni el espectacular desarrollo de los intercambios científicos y culturales de las últimas décadas, semeja ser que lo consiguiera el deporte más popular y de mayor audiencia en una y otra península. El balompié nos desquitó o resarció de los hundimientos o manquedades de la inteligencia. La doble lección proporcionada por la selección italiana de fútbol y, sobre todo, el público asistente al último duelo internacional contra España acontecido en Turín, haría vibrar con fuerza la opinión pública de un país como el nuestro, inmerso a la fecha en una profunda hondonera anímica e identitaria.

El aplauso rendido, fervoroso de los espectadores italianos al escuchar el himno español, de una parte, y, de otra, el acento trémolo, vibrante, desbordado de los mismos integrantes de la squadra azurra cantando la letra del suyo impactaron con inusitada fuerza no solo a los españoles que acudieron al bello estadio turinés de San Siro, sino a todos los españoles arrellenados en los salones y mesas de bares, tabernas y hogares del solar hispano. Una doble lección de elegancia moral y límpido patriotismo, que no pudo por menor de impresionar a porción muy mayoritaria y representativa de una comunidad como la española, que presiente la inesquivable llegada de horas muy tensas y tristes para su permanencia y continuidad como uno de los pueblos que construyeron gran parte del mejor legado humanista registrado hasta ahora en los libros de Historia.
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