Es la historia de Caín
que sigue matando a Abel…
Jorge Luis Borges
No sé si en el correr de los años pretéritos hemos progresado en el campo de la ética, la educación y el bienestar común; los conflictos de todo tipo nos abruman constantemente. La información precipitada de lo que ocurrió en el planeta desde la víspera es una catarata sucesiva que nos asombra y apesadumbra. La tecnología nos ha instalado en un mundo donde todo sucede a los ojos de todos casi en un mismo instante. Es como si recorriéramos cada día la más reciente página de una incesante y fabulosa novela que nos inquieta y aterra, a la vez nos agobia. Conjugar de un modo armonioso la cordura y el conocimiento con las noticias que se difunden es un problema que por cierto aún no le hemos encontrado solución. Ante tamaño contrasentido hasta dudamos ahora si la sabiduría alguna vez fue de los hombres o si es una mera superstición de nuestra presente zozobra.
“Me dices que ves mal el mundo; te digo que ves el mundo”, se consolaba el abundante don Francisco de Quevedo. Es cierto, cada época ha tenido y tiene lo suyo, y es probable que la nuestra no sea peor ni mejor que la vivida por el poeta en su convulsionado Siglo de Oro. Lo arduo, sin embargo, resulta lo contemporáneo; es decir, lo que nos impone remontar el día a día. No nos caben dudas, eso sí, de que nuestra contemporaneidad, generosa en bienestar individual, confortablemente asistida por la tecnología, con más higiene y mejor calidad de vida en demasiados aspectos, sigue abrumándonos con su irracionalidad.
En La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Max Weber cita lo que en el siglo XVI Oliver Cromwell le advirtió al Parlamento Inglés después de la batalla de Dunbar: “Os ruego que evitéis los abusos y privilegios de todas las profesiones; pero, especialmente de la vuestra que fomenta horrores y hace a muchos pobres para que pocos se hagan ricos”. Se refería, obviamente, a la clase política. Poco cuesta comprobar que casi nada se ha hecho desde aquellos remotos días y que las palabras de Cromwell las podría pronunciar hoy cualquier hombre sensato.
La crisis global por la que atravesamos hace que los valores éticos se desvirtúen y que las economías, fundamentalmente establecidas sobre la especulación financiera, se alejen cada vez más de una producción al servicio de todos. Las burocracias, enquistadas en los Estados, se han convertido en un negocio con remuneraciones y prebendas fabulosas que superan varias veces los modestos sueldos de un maestro de escuela, un trabajador de la salud o de un jubilado. A eso se suman los conflictos de poderes y las espantosas guerras, convertidas en contiendas híbridas, con emigraciones forzadas y crecimientos de narcotráfico, con desencuentros limítrofes e inseguridad personal, con violencia de género y escandalosa corrupción. El hombre sigue siendo un lobo para el hombre (Homo homi lupus, proclamaba el comediógrafo Plauto hace casi 200 años antes de Cristo y, más cercanos a nuestros días, cobra vigencia el lúcido reto del escritor mexicano Juan José Arreola: “El hombre contra el hombre, ¿alguien quiere apostar…?”)
Es como si la política marchara hoy a remolque de esta mutación que llamamos “revolución digital y robótica”, que está modificando vertiginosamente y de manera temeraria todos los usos y costumbres. Parece, pues, que nos han puesto ante un enigma y nadie nos da respuestas válidas y, luego, cuando éstas abruman a nuestras sociedades, nos imponen emprender una confusa fuga hacia los extremos. Tal ha sido el escenario de Donald Trump en las elecciones de los Estados Unidos, de Marine Le Pen en Francia, del chavismo ibérico de Podemos en España y del brexit en el Reino Unido. La lista es, obviamente, más amplia y abarca casos tan extremos como los del cercano y medio oriente y se extiende hasta Rusia y Europa del Este, incluyendo a África y el continente hispanoamericano.
No obstante, a diferencia de las grandes crisis políticas y económicas de entreguerras que sucedieron durante los años 20 y 30 del siglo pasado, no necesariamente ganarán los nuevos líderes contestatarios. Al contrario, hasta pueden perder, pero la sacudida de esta emergencia inesperada del estilo extremista, que cabalga sobre la pérdida de empleos, el resentimiento y el bloqueo de la movilidad social, señala la hondura de los problemas que tenemos por delante. Es así como en nuestra contemporaneidad el peso del pasado gravita sobre nuestra circunstancia. Y lo hace a través de una intensa movilización social, de la acción corporativa de empresarios y sindicalistas y de la intervención cada vez más notoria del factor clerical. Esta última forma de influencia de la Iglesia Católica en nuestra política se ha intensificado con el liderazgo del papa Francisco, frecuente mediador con resultados dispares en los conflictos mundiales y latinoamericanos, tales como Cuba y Venezuela, por citar dos ejemplos.
En este confuso contexto de decadencia se hace difícil encontrar un sistema político eficaz puesto al servicio de una convivencia justa. Nos encontramos con que las formalidades democráticas y sus postulados de buenos propósitos no son suficientes y se han convertido en aquello que estremecía en el siglo XIX al escéptico Thomas Carlyle, que definió a la democracia como “un otro fraude provisto de urnas electorales”. Sentimos entonces que nuestras sociedades se distancian cada vez más de un eje racional, que todo se vulgariza y que las nivelaciones, carentes de todo equilibrio cultural, se referencian hacia abajo, y que esos conflictos suman pobres y marginales donde desigualdad y violencia ganan terreno. Ese vértigo nos arrasa y nos amolda a decisiones absurdas que terminan cediendo sus derechos a las grupos políticos de turno, los cuales, en su ambición de poder y en convivencia con las desviaciones imperantes, dejan de lado palabras como “decencia”, “solidaridad” o “fraternidad”, y aceptan decisiones que parecen dictadas por una tiranía. Todo este colectivo aterrador parece escapado de una fábula de Kafka, donde el hombre, que va de ningún lado hacia ninguna parte, sigue siendo el inocente culpable.
He mencionado la palabra decadencia, pero acaso este término describe muy aproximadamente la situación de nuestro tiempo. ¿A qué decadencia nos referimos cuando juzgamos a nuestros dirigentes; a la de Verlaine o William Morris, a la de Góngora o Luis XV, a la del Imperio Romano, que nos describe Gibbon o a la caída del capitalismo profetizada por Marx? Si nos limitamos a comparar la de los Estados Unidos o la de España con la venezolana y la Argentina, nos encontramos con grandes diferencias. Las nuestras, tienen sellos populistas con reminiscencias casi surrealistas, en ocasiones de un grotesco inadmisible (pensemos en el pajarito de Maduro donde ha encarnado Chávez o en la señora Kirchner advirtiéndonos que su marido nos vigila desde el satélite Arsat, que la Argentina puso en el espacio hace dos años). Con tales ejemplos podemos entender cómo dos países productores de alimentos tienen índices de pobreza que casi alcanzan el 40 por ciento. ¿En qué decadencia entonces ubicaremos a estos países?
Nos desvelamos por leer, o siquiera aproximarnos a los nuevos vientos de la historia y por tratar de cabalgar, cada uno con nuestra montura, hacia un centrismo heterodoxo que se transforme en un reflejo positivo de los tiempos que nos tocan vivir. Acaso el asunto ya no es la añeja disyuntiva de derecha o izquierda, sino todo lo contrario. Y de nuevo nos preguntamos: ¿Qué nos sucede a los hombres? ¿Hacia dónde queremos ir? ¿Cómo hacer para modificar estos tiempos?
No hay duda de que el Universo es complejo e ilegible y ante ese misterio, sin certeza alguna, seguimos perplejos. De tal manera que hacer comprender a los otros lo que uno mismo no comprende es, en cierto modo, un imposible. Pero, lo esencial, acaso es ser más humanos para mejorar nuestra convivencia y no seguirnos perjudicándonos los unos a los otros. Apenas un poco de racionalidad sería suficiente. Desgraciadamente el sistema democrático sigue siendo un bien social difícil de practicar porque los hombres en nuestra ambición lo hacemos casi un imposible.