En un mundo cada vez más complejo y con numerosos problemas y retos a los que enfrentarse, sobre todo al criminal terrorismo yihadista, no es lo más conveniente añadir tensiones y resucitar viejos fantasmas. Esto es lo que acaban de hacer Donald Trump y Vladímir Putin, cuyo liderazgo, respectivamente, en la gran potencia que es Estados Unidos y en una Rusia que añora volver a serlo y convertirse en un actor decisivo en el escenario internacional, no resulta precisamente tranquilizador. Sobre todo teniendo en cuenta el comportamiento y talante de Trump y Putin, cuyo mutuo lanzamiento de flores, da la impresión de que se apoya en la admiración que puede existir entre dos gallos de pelea que, por ahora, no se pelean.
En el encuentro anual del mandatario ruso con la cúpula del Ministerio de Defensa, no contento con realizar un canto entusiasta del poderío militar de su país, abogó por mantener y aumentar su arsenal atómico. Putin advirtió que no pueden relajarse ni un minuto, llamó a rebato e instó a que “el potencial de combate de las fuerzas nucleares estratégicas sea reforzado, sobre todo con equipos de misiles que superen al cien por cien los sistemas de defensa antimisiles existentes y los que pueda haber en el futuro”. A Donald Trump le faltó tiempo para colgar un tuit -es un forofo de Twitter-, donde proclamó que Estados Unidos debe “reforzar y expandir enormemente su capacidad nuclear hasta que el mundo entre en razón respecto a las armas nucleares”.
En este cruce, ha terciado China manifestando que defiende la prohibición y destrucción del armamento nuclear. Las proclamas de Trump y Putin son contrarias a la línea estipulada en el Tratado de No Proliferación Nuclear y parecen querer intensificar una desaforada carrera armamentística en una especie de nueva Guerra Fría que no tiene el menor sentido. A los muchos problemas que existen hoy, solo faltaba que se agregara una disputa entre Estados Unidos y Rusia por la supremacía nuclear y el poder que ello implica frente a todos.