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TRIBUNA

Los nacionalismos y la inteligencia

sábado 24 de diciembre de 2016, 17:43h

“Cuando el hombre deja sin acción sus facultades, es un instrumento al que le faltan cuerdas”, El Criterio, Jaime Balmes.

El nacionalismo, primero es una actitud psicológica, de origen romántico y vuelos alrededor del campanario; y, a continuación, se transforma en fenómeno social, generalmente de masas y, por tanto, visceral.

Como actitud tiene una componente cognitiva: las creencias sobre los rasgos de identidad. Y, claro, cada persona elige aquellas creencias en las que creer, sin necesidad de que alguien le demuestre que sean verdaderas, o falsas. Toda creencia es una cuestión de fe y, por tanto, dogmática, fundamental e inamovible. ¿Aunque sea falsa? Por supuesto, la falsedad no le resta fuerza, ni tampoco su inconsistencia.

La otra componente de toda actitud es emocional. Lo meramente cognitivo es inane si no es capaz de levantar sentimientos. Sin emoción, incluso las ideas pasan a mejor vida. Sin embargo, tratándose de creencias, éstas siempre enervan sentimientos, con tanta más virulencia cuanta mayor sea su apariencia de verosimilitud.

Y, en el campo de las apariencias, entra el fenómeno de masas: si mucha gente (así, anónima y gregaria) parece creer lo mismo que yo, no es posible que todos estemos equivocados. Consecuentemente, cuantos más creyentes congreguemos mayor fuerza acumularemos. Es un círculo viciado que deriva en proselitismo; hay que hacer adeptos, no importa con qué medios, ni con qué mentiras, ni con qué verdades.

El problema catalán, que arrastramos desde el reinado de Felipe IV, Ortega y Gasset, en mayo de 1932, lo equiparaba a encontrar la cuadratura del círculo, y dijo que era un problema sin solución, que los españoles tenían que “conllevar”, y en paridad, pedía a los catalanes que hicieran el esfuerzo de “conllevarse” con los demás españoles.

Ni la Monarquía absoluta, ni la República, ni otra vez la Monarquía, por muy parlamentaria que se presente, pueden resolver un problema de actitud. Menos, cuando la política centrípeta procura taponar la fuga, dejando sueltas y que funcionen a su libre albedrío las fuerzas centrífugas, dotadas de todas las herramientas útiles para acrecentar el proselitismo y abrir más brechas de escape.

Ahora, el señor Rajoy, atrincherado él tras las leyes, como si éstas fueran pura ontología, ha olvidado el verano de 1934. Sin duda. Luego, ha enviado a la señora Sáenz de Santamaría, en plan Juana de Arco, a trabajar al personal de la otra orilla del Ebro. En el mejor de los casos, la señora podrá ser eficaz y limará la actitud de diez, de veinte, de cien personas, porque el cargo no otorga poder de convicción, y menos aún, si cometiera la torpeza de amedrentar.

El diálogo es un instrumento excelente para templar acuerdos y consensos en el plano cognitivo: entre la tesis y la antítesis, cabe la síntesis, cuando “se quiere” encontrar. Es decir, que la emoción que delata ese “querer” está presente también en la dialéctica, aunque estemos hablando de algo abstruso, como la ecuación inecuación de Heisenberg.

Junto a cualquier pensamiento, surge el sentimiento parejo, como el cuerpo y su sombra, distintos e inseparables. Igual que el problema que tienen los vecinos de Villavieja de Arriba con los de Villavieja de Abajo, que se necesitan mutuamente, hasta para generar el problema.

En la base del nacionalismo, por muy romántico, rural y reaccionario que éste sea, hay un proceso de interacción, de proselitismo de una actitud, por demás, trufada de creencias, que necesita crecer para poder sostenerse. Por tanto, el diálogo ha de mantenerse con enfoque generalista, integrador de todo el complejo humano. Incluso cuando intervengan especialistas en política, han de hacerse entender por el “payés”.

La señora Santamaría hace muy bien yéndose a trabajar a la frontera, allí donde cohabitan los dilemas y las contradicciones. A continuación, ha de promover una interacción inteligente, al menos tan sagaz como la proselitista. Ella sola no puede, por muy lista que sea y elevado su rango político.

Los pueblos tienen una inteligencia colectiva, una cultura, una idiosincrasia, una historia, un espíritu colectivo. Ahí, habrá que establecer las alianzas, múltiples, diversas y heterogéneas, porque todas son necesarias, si movilizan competencias, las más rigurosas, y obedecen a un liderazgo extenso, el más carismático, porque la componente emocional del proceso, así lo demanda.

Ni Prim, ni Balmes, ni Granados, ni D´Ors, ni Plá, ni Samaranch están dispuestos a dejar de ser españoles, por muy catalanes que fueron; ni Pi i Margall, ni Cambó, ni Prat de la Riba están dispuestos a dejar de ser catalanistas, por mucho que sirvieran a instituciones españolas. Hasta Gaudí, cuyo pensamiento se nutría de la revelación divina, que le llegaba expresada en catalán, acudió solícito a enseñarle sus obras a Alfonso XIII. Le habló en catalán, por supuesto; su elegancia no era de este mundo.

Volviendo a la modernidad, hoy vivimos bajo la égida de la “redarquía”, que ha sido eficaz para llevar a un personaje como Trump, hasta la Casa Blanca. Es una herramienta, imprescindible, para suscitar una deliberación social.

Además, están los sistemas clásicos: symposia, con pretensiones y posterior edición de libro, para iniciados; debates, más divulgadores, desde foros prestigiosos, sobre economía, antropología, historia y cultura; artículos de opinión, sencillos, pero escritos en catalán; la alta inspección del Estado en las escuelas; cine y televisión, etc.

No obstante, el mayor poder catalizador está en el proyecto de futuro. Cuando un líder, extramuros de la Moncloa, fija objetivos interesantes, a la vez, despierta entusiasmo, afán de superación y motivación. El logro a conseguir, si viene a reforzar la identidad colectiva, se constituye en empresa común, que da cohesión y hace que todos arrimemos el hombro, con el mejor ánimo.

Una actitud tarda en cambiar cinco años. Cambiar, he dicho. No volverse de al revés. No vamos a engañarnos, ni a despertar ilusiones falsas. El nacionalismo es una cuestión de fe, que sólo podrá disolverse cuando alcancemos la línea del horizonte, que está tanto más lejos cuanto más nos acercamos a ella…

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