La imaginación es uno de los pilares del poder de cada persona humana, que soporta la solución de problemas, la creación literaria, el arte rozando ya lo sagrado y los mitos, todos los mitos, los cosmogónicos, los religiosos, los explicativos y los históricos, que la imaginación sacraliza, agranda y convierte en mágicos.
El poder imaginativo crea los emblemas, los símbolos y las alegorías. Después, con tales herramientas, crea cuentos maravillosos, narraciones fantásticas e historias creíbles. Por ejemplo, antiguamente, la alegoría de la Justicia era una señora, quizá una vestal pura, con los ojos vendados, símbolo de la imparcialidad, que sostenía con una mano una balanza, para significar ponderación y mesura y en la otra mano portaba una espada, resaltando su carácter punitivo, en la idea que sólo el castigo restablecía el equilibrio roto por el delito.
Hoy, habrá que deconstruir esta alegoría, porque se ha demostrado que el castigo, no sólo no es integrador, sino semillero de infracciones futuras. Esto pareciera que lo conocen incluso algunos señores diputados, que no se fían de que determinados tribunales manejen la espada, no vaya a ser que sus penalizaciones animen a reincidir a sus ajusticiados.
La balanza está trucada desde hace tiempo, porque los delitos pesan desigual, según sea su autor y su trascendencia.
En cuanto a la venda también hace tiempo que se la quitó, para no mancharse tanto la toga, digo, el peplo, con el polvo del camino. Y, al hacerlo, nos descubrió a una señora tuerta, cuyo ojo vidente, unas veces, sufre astigmatismo, otras es miope, o hipermétrope, según la diana.
Tal vez siempre haya sido así; pero, la imaginación, que es mágica, nos ha permitido tener otras creencias más halagüeñas y construir otras historias más bonitas.
Esto era sólo un ejemplo; quizá imaginario también.
Incluso el discurso lógico suele estar salpicado de elementos imaginarios como las metáforas. Y, si el discurso es doctrinario, propio de una ideología que pretende transformar el mundo, entonces utiliza fábulas y parábolas, para ilustrar el mensaje y hacerlo comprensible a las mentalidades más elementales y simples.
Los niños, hasta los 10 ó 12 años, se expresaban, preferentemente, de manera imaginaria y con medios imaginativos. Hoy, desde los cinco años, ya son adictos a los productos que suministran los media. Éstos no abandonan el lenguaje de la imaginación; pero, de entrada, convierten al consumidor en pasivo. Es lo peor. Antes, una vara cualquiera hacía de caballo; luego, se transformaba en escoba de la bruja piruja; a continuación, era una moto y poco después una espada vencedora. El objeto no se movía, ni apenas se desgastaba; sin embargo, el sujeto que lo manejaba estaba vivo y lo cambiaba de significado y utilidades, según las necesidades de su imaginación.
Los emblemas, símbolos y alegorías no son cosas, sino creaciones, tan entes de razón y tan absolutamente imaginables, como un buey volando, o un elefante reptil, al que le hayan salido callos en la tripa de tanto arrastrarse. Por eso pueden sufrir metamorfosis.
Desgraciadamente, hay niños que, desde su primera infancia, adolecen de tal pasividad que, ojalá, sólo fuera de imaginación. Son enteramente inertes, nunca inventan nada; desde antiguo, se dejan llevar de los caprichos y ocurrencias que han tenido otros guionistas. Quizás, por eso, han llegado a ser grandes conservadores, porque su imaginación está anclada en el pasado.
En todo caso, son niños espectadores, que consumen imágenes como el pavo granos de trigo, con cada picotazo. Las imágenes las reciben gratis y ellos juegan poco con ellas, dejando que sus neuronas se vuelvan comodonas e indolentes. Y así nos pasa, que no sabemos lo que nos pasa, de tanto pasar.
La ley de Lamarck dice que el órgano que no se ejercita se entumece, degenera, se atrofia y tiende a desaparecer. Conviene recordarla.
Un relato, pongamos la historia del Rey León, o la de los Tres Reyes Magos, que tampoco es una historia evangélica, sino apócrifa, es decir, imaginaria, cautiva la atención del niño, despierta sus emociones y, posiblemente, le enseña algo útil.
Lo que no es de recibo es la pasividad condicionada, o el condicionamiento de la pasividad. Éste es un proceso lento y sesudo de domesticación de la imaginación, que hace raro ser original y tener autonomía de pensamiento; en cambio, promulga que lo vulgar resulte ordinario, en un “déjà vu” sin final, ni retorno, sea en el terreno que sea, político, económico o cultural.
Si queremos tener un futuro cuajado de soluciones mágicas, fecundo, resolutivo y lúcido, es preciso cultivar la imaginación, que primero alumbra la inteligencia operativa, luego la verbal y literaria, entremedias, la lógica, la visual y artística y finalmente, la inteligencia social, la interpersonal. Si me apuran, hasta la intuición es un eco escindido de la imaginación, que también contribuye a la creatividad.
He escrito esta columna en Darmstadt, frente al Waldspirale de Hundertwasser, el arquitecto enemigo de la línea recta, que daba plena libertad a sus albañiles, porque confiaba plenamente en su imaginación, cuya magia era capaz de sacar obras de arte inconmensurables e inefables. ¡Quién pudiera instalarlo en La Moncloa!